Los pibes del fútbol

No recuerdo quién dijo que, si uno se interioriza en la causa de Malvinas, termina enamorándose de ella; y yo siempre le agregué que no es requisito ser argentino. Sin embargo, la campaña de desmalvinización —es decir, la pretensión de rendir para siempre nuestra bandera ante un acto de piratería— trastocó el entendimiento de propios y ajenos. Pero las causas justas nunca mueren, ni tampoco se vence a un pueblo que no rinde su voluntad de lucha. Era cuestión de tiempo para que la historia purgara lo que es verdaderamente importante para una nación nutrida de tantas contradicciones como la Argentina.

Pocos países gozan del privilegio de tener una bandera indiscutida como emblema y una causa común que no deja a nadie indiferente. La Argentina tiene una sola bandera, tal vez la más hermosa del mundo, y tiene una causa común: Malvinas, que representa la soberanía, el anticolonialismo, el antiimperialismo, el «no robarás» y, luego de la sangrienta batalla de 1982, el heroísmo argentino en su plenitud, palpable, del que todavía correrán años de tinta para relatar la cantidad de historias que perviven de aquella gesta.

Cuando el fútbol incorporó la frase «los pibes de Malvinas», no me gustó, aunque sonaba mejor que «los chicos de la guerra», porque «los pibes» pueden no ser tan chicos en el lenguaje coloquial o entre amigos. Sin embargo, observé que el mensaje de recordar a nuestros héroes estaba ahí, y que eso era algo positivo. Luego cambió la canción y la frase pasó a ser «por Malvinas», lo que me gustó aún más. Pero lo verdaderamente importante fue que ya no parecía posible resaltar nuestra argentinidad ante el mundo sin mencionar nuestra causa inclaudicable; “legítima e imprescriptible” como reza nuestra carta magna.

Cuando al director técnico de la Argentina, Lionel Scaloni, le preguntaron acerca de la semifinal contra Inglaterra, respondió sin querer generar escándalo ni hablar de más: «Es un partido de fútbol». Eso era verdad, pero muchas otras verdades quedaban ocultas para todos. Era verdad para los jugadores ingleses, que pensaban en ganar un partido y nada más; porque no sé cuánto saben de su historia ni cuántos de ellos son verdaderamente ingleses. Pero para los nuestros cabía una responsabilidad. Y, en este caso, excedía lo deportivo e, incluso, tal vez, el propio resultado del encuentro. Entonces imaginaba qué podrían hacer «los pibes del fútbol» aprovechando una vidriera mediática insuperable como la de un Mundial. Ya que tanto cantan la canción…

Durante los días previos, todos fueron desengañándose de que era solo fútbol, porque cuando uno está en guerra hay mucho más. Y le recuerdo al lector despistado que las tropas británicas siguen ocupando nuestro territorio; quiero decir: no estamos en paz.

Soñé distintas situaciones. Que Lío Messi hiciera un gol y, al celebrarlo, debajo de la camiseta aparecieran las Malvinas pintadas con nuestra bandera. Que el estadio cantara la Marcha de Malvinas durante los noventa minutos. Y, sin embargo, ocurrió algo todavía más espontáneo.

Por suerte se ganó el partido, y se ganó con altura, a pesar de que nuestros «indios», como dijo simpáticamente el DT, parecen más bajitos: ¡ay cuando el corazón —y otras cosas que no digo delante de las damas— es, evidentemente, más grande! Y si bien es cierto que la bandera les cayó del cielo a los muchachos, no dudaron en desplegarla ante el mundo, con rabia y con desenfado. 

Así zanjaban definitivamente el debate sobre si solo era un partido más, y ninguno se mostró extrañado. Minutos más tarde confirmarían su amor por la bandera y por la causa en diferentes declaraciones. 

La naturalidad con la que transcurrió todo mostró al mundo el grado de convicción de una nación en la que, hasta a los pibes del fútbol, les exigimos que honren a los hombres que fueron soldados en 1982. Y no es mezclar las cosas, es que Malvinas está en todo lo que es nuestro. 

Tin Bojanic


Descubre más desde Reino de Albanta Ediciones

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Crea una web o blog en WordPress.com

Subir ↑