Rivero no hablaba demasiado. Parecía no necesitarlo. Pero cuando lo hacía, su voz era firme, algo áspera, pero armoniosa. Como si todas las cosas que dijera hubieran sido ensayadas, aunque sea una vez, antes de decirlas. El mismo Gervasio le preguntó si era verdad que nunca había estado embarcado. No por el hecho de finalmente desenvolverse correspondientemente, sino porque parecía haber heredado de la tradición marina aquello de hacer una pausa, si fuera con una pitada de tabaco mejor, antes de dar una opinión y mucho más una orden para evitar torpezas de primera mano. Por eso mismo, una noche, Gervasio lo invitó a pasar al camarote del capitán, al suyo.
Rivero – Aquí estoy...
Tin Bojanic
Descubre más desde Reino de Albanta Ediciones
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario