«Hacía frío pero no importaba ya que pronto el sol haría sentirles a todos la primavera. Igualmente llevaba su poncho y algunas otras ropas, cual trapos, atadas para montarlas todas al hombro. Porque no podría irse con su caballo, porque en el barco tendría donde guarecerse.
Llevaba su sombrero chato gastado, negro o ennegrecido, que yo no lo recordaba. Sus primeras barbas despertando en el rostro. La mirada anunciándose, aunque sombría y en continua tristeza por la partida de su padre. La camisa blanca, que nunca entendió porqué se usaba colores que se ensuciaban tanto, que nunca más nadie supo lavarlas como lo hacía su madre. Un pañuelo rojo que se acomodaba constantemente, como si de la posición del mismo surgiera la disposición de estar bien presentable. Pero no, si esas cosas no le importaban, pero tenía la costumbre de acariciarlo, algo así como alargarlo, algo así como sentirse gaucho en eso. El cinturón de cuero blanco, fino y con una cruz que hacía de cierre. Teniendo la cruz allí, siempre decía, evitaría que algún traidor intentara apuñalar su hombría. Las bombachas negras, no muy abiertas, que si no le molestaban para caminar, y unas alpargatas también negras, con la suela tan cocida como descosida. Pero en esta ocasión, entre el bulto que llevaba, tenía envueltas una botas del padre, que él había usado en Buenos Ayres tiempo atrás y cuando el frío. Le vendrían bien y lo sabía«…
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