Era mitad del año, invierno en Buenos Ayres. Mis colaboraciones a los medios eran ya muy escasas y por ello muy duro pagar el boleto de tren que uniera mis Tierras de Adrogué con la Reina del Plata. Pero más duro era percibir la realidad del deterioro en los rostros de las personas que viajaban en la misma dirección por compartir el vagón y el sentirnos sin rumbo.
Había descendido en el andén de Plaza Constitución y me encaminaba al café señalado que se encontraba cerca de allí. Recibí una llamada con la voz del mismo muchacho que me interceptara a la salida del recital poético aquella vez. Era para decirme que se había cambiado el lugar, por uno más céntrico y que allí me esperarían. A medida que me acercaba al punto de encuentro, no crecía mi descreimiento, por el contrario, barajaba la posibilidad de sentirme parte de, tal vez, algo serio y verdadero.
El café era de los muy antiguos, bien tanguero, en una esquina muy transitada y no muy lejos del emblemático obelisco. En la puerta estaba quien me había convocado. Yo lo recordaba flaco, pero lo estaba aún más. Yo lo hacía uno o dos años más chico que yo. Fumaba nerviosamente y si lo que quería era discreción, cualquiera podría suponer que estaba a punto de dar un golpe a un banco…
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