Debo tranquilizarme, de nada sirve que le permita al pánico se apodere de mis decisiones. Sugiero que sea la calma quien me acompañe en estos momentos. No intento engañarme cuando reconozco bien la situación de mi ánima. Sé que debo contestar de alguna manera los tantos interrogantes que despiertan la conciencia. La verdad puede ocultarse por un tiempo, el cual no entiendo, o sepultarse para no verla jamás, que entiendo menos. ¡Y qué contradictorio resulta todo esto cuando son los demás los que aseguran que el que escapa de la realidad soy yo! Eso significaría que son ellos los que viven en la verdadera realidad y jamás les he escuchado cuestionarse, pobres víctimas de un engaño psíquico que los protege de verse envueltos en este lío en el que yo me hallo. Si a la verdad se llega siguiendo caminos de averiguación cómo pueden sentirse dentro de ella cuando nomás han nacido en esa estructura que moldea sus vidas. No han optado, tan sólo han aceptado aquello que les ha tocado. Algunos porque creo que nunca han siquiera sospechado que hay otras formas, y muchos otros por una terca resignación donde ya no creen que pueda haber otra cosa. Mientras ellos siguen, yo me detengo. Podría retrasarme, aunque tampoco tengo interés de adelantarme para llegar a algo que no me convence. Quizá al cambiar mi rumbo, e iniciarlo de nuevo, luego sí llegue a algún lugar certero que yo elija.
Diariamente debo enfrentarme a dos impostoras, la impotencia en la tristeza y la sonrisa en la felicidad, ¿o será que ambas me ocultan la verdad? Así va mi vida, en una inmensa mentira donde sólo confirmo aquello que me cuestiono y es esto de estar vivo. Estar muerto es no reaccionar y el sentido de cada vida es encontrar ese verdadero y particular motivo que alimenta y satisface al corazón. No es aquella visión que nos inculcan como si estuviésemos esperando que nos digan qué hacer. ¿Acaso no somos todos iguales y el pensamiento es una bendición que nos abraza sin excepción? Porque pareciera que son muchos los que sólo esperan que unos pocos les digan qué hacer. Y yo, aquí, me pregunto qué hacer con todo esto…
¿Quién soy? Tin, o bien podría haberme llamado de muchas maneras. Me llamo de ese modo porque el azar o porque un capricho materno. Igual me gusta, como cuando algo es mío y no se ve. Nadie puede adivinar cuál es mi nombre e incluso puedo confundirlos diciéndoles cualquier otro. Algo así como cuando uno contesta qué le pasa o se cuestiona como yo quién verdaderamente es. Se puede perseguir a la verdad o engañarse a uno mismo con una mentira que parece verdad. Aunque sabemos que dentro de cada uno habita el verdadero juez, de la satisfacción o de la depresión, que no se calla para gritarnos su parecer. Cuando muchos simulan estar bien, lo están, bien sordos a los gritos de ese corazón que nos conoce no sólo la razón sino también nuestra pasión.
Habiendo comprendido que no se puede vivir en la huida de nuestro verdadero deseo de ser como debemos ser, emprendí el regreso a lo más profundo de mí. Y nada pudo haberme ayudado mejor que la poesía de Luis Eduardo Aute. Ella ha sido la más profunda incitadora a ver las cosas de otra manera cuando sus destellos de belleza me señalaron el verdadero camino para salir de la caverna de las mentiras, y ver la verdadera luz de aquello que sí tiene sentido.
Ello me condujo a encontrarme con Luis Eduardo. Habían transcurrido seis años desde aquella primera vez que leyera una de sus poesías. Pasaron muchas situaciones, buenas y malas, que fueron depurando las cosas que despiertan interés en mí. Albanta se mantuvo intacta en el derrumbe de conceptos pasajeros o propios de la adolescencia. Su frescura y sueño, a mis veinte y dos años, son idénticos a los de entonces. La filosofía de Aute había forjado la propia y tenía por necesidad corroborar si él perseguía el mismo deseo y si aquello que yo soñaba era lo que el poeta había soñado también. La identificación que sentía por él sería verdadera cuando el autor de la obra me enseñara que entre él y sus escritos existe sin tacha la coherencia. Porque si al momento de encontrarme con él me decepcionara su persona, no concordando con la predicación, todo podría haber perdido el sentido.
Tenía miedo al engaño de esos impostores que suelen decir cosas bonitas o interesantes, pero cuando uno los conoce, descubre que sólo ha sido un regalo de inspiración sofista y no una profunda reflexión comprometida.
Me arriesgaba a mucho. Porque si llegaba a desilusionarme, todas mis certezas y deseos de vivir en poesía podrían haberse destruido y herir mis sueños mortalmente. De todas maneras no podía dejar de hacerlo; sería no intentar conocer la verdad en su plenitud y haberme conformado en una instancia previa al puro conocimiento. No me serviría de nada engañarme con un mundo incierto de ideas. Aunque el dolor no me permitiese reanudar la confianza no entiendo jamás desconocer a la verdad. Y si confirmase, como yo esperaba, que Albanta existe y Luis Eduardo también, la vida toda se transformaría en poesía y ya no temería sentirme solo en la percepción diferente.
Que no me ha decepcionado es lo que pretendo atestiguar en esta reconstrucción de los diálogos poéticos que mantuve con él. Homenajeándolo de este modo, a él, quien ha conseguido despertarme a la vida.
MM
Tierras de Adrogué
Tin Bojanic
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Un texto profundamente introspectivo y filosófico, que reflexiona sobre la identidad, la verdad y el sentido de la existencia. El narrador cuestiona las estructuras impuestas por la sociedad y busca una autenticidad que lo acerque a su verdadero ser. La figura de aparece como guía espiritual y artística, capaz de despertar en él una mirada más sensible y libre hacia la vida. La obra transmite la necesidad de vivir con coherencia, sensibilidad y fidelidad a los propios sueños, aun en medio de las dudas y el miedo al engaño.
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Yo no lo hubiera dicho mejor; muchas gracias.
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