De la poética

La poesía es lágrima, consuelo, exaltación y alegría. Con ella pueden expresarse los sentimientos más profundos del alma, exteriorizándolos como quien pretende redimirse de un dolor insoportable para poder observarlo abstraído del mismo. El significado oculto de cada composición se encuentra una vez escrita en el papel. De esa forma nos habla nuestro inconsciente, dialogando con nosotros mismos para llegar a conocernos en profundidad. Hallamos así las respuestas más violentas a las verdaderas ansias que acosan al espíritu. Entonces la poesía nos permite indagarnos, y sin disfraz ni refugio, darnos a conocer con lo esencialmente nuestro.

Cuando la poesía habla, no miente. Puede sí mentir el poeta tergiversando lo que en realidad ha querido decir, por temor a encontrar desnuda el alma desprotegida entremezclándose con la superficialidad. Ella no es palabra en el viento sino grito de un corazón hacia otro corazón. Entonces un verdadero poeta tiene que poseer la belleza de verse reflejada, cada una de las imágenes y sentimientos que declama, en la mirada de él… 

Fragmento de Reino de Albanta

23 Puertos. Joaquín Sabina; Christian Masello

Ya que venimos mencionando tanto esto de que las etiquetas sean negras, no quise faltar a la cita de leer el libro, y expresar mi opinión luego, sin que tuviera por momentos en la mesa, y por momentos en mi boca, algún contenido vestido de la tal mencionada manera. 

Por escritor, por obsesivo, o porque me gusta la fascinación, le cuesta a uno leer un trabajo tan bien realizado sin preguntarse durante la travesía literaria de cómo lo habrá hecho y de cuánta satisfacción tendrá el autor al ver expuesta una muestra tan preciosa de su creación. Porque este es un libro que lo puede disfrutar cualquiera que no tenga ninguna idea de quién es Joaquín, ni del porqué de tanta molestia de hablar de un tal Sabina. El texto en sí vale la pena -y sin esfuerzo- disfrutarlo como trabajo de letras, y para que también sigamos queriendo al andaluz quienes sí sabemos de quién se trata.

A Christian lo conozco desde la publicación de mi primer libro, Reino de Albanta, y que tras las actuaciones de Luis Eduardo Aute -quien escribiera el prólogo- en Buenos Aires, intentaba vender entre quienes habían ido a ver a ese maestro (también algo de padre) de nosotros dos. No fue porque tuvimos la ocasión de charlar allí mismo en la Avenida Corrientes, sino porque generoso, como lo es él, luego escribiera un artículo sobre aquella pequeña querida obra que yo hiciera. Y así, porque uno siempre desea que sus amigos sean de ese modo, llenos de empatía y con ese bendito don de gente, comenzamos a escribirnos y a acercarnos. Me cuesta ahora recordar el orden de los hechos, o la agenda de mis viajes, pero otra vez coincidimos, también en la puerta de un teatro, tras haber asistido ambos a disfrutar de la voz -y otras bondades- de Adriana Varela, por otra avenida porteña que seguramente él, que documenta mejor yo, pueda recordar. Así, en mis vueltas por aquí y mis huidas por allá, intentaba coincidir para volver a darle un abrazo a quien tal vez, y quizá lo sea, fuera uno de los primeros periodistas -escritor y poeta- que realizara una nota sobre aquel primero librito mío (librito por lo de una cómplice mirada paternal). Como él sabía que me encontraba de a ratos por Madrid, me invitó a la presentación de su libro Tras las huellas del Capitán Sabina, en el café “Libertad 8” de esa ciudad. Harto ya de no coincidir, tal como también ahora se me hace eterno, volé de Croacia a España tan sólo para estar allí, para poder darle ese abrazo. Disfrutar, como siempre lo hago, cuando caigo nuevamente por mis bares de los mandriles y que, casualmente, ¿cosa rara?, han sido por el mismísimo barrio que tanto quiere Joaquín, era una deliciosa excusa. Recuerdo entonces especialmente, y esto no lo creo cosa extraña, la felicidad especial de su padre viéndole presentar el libro a Christian, sin saber demasiado yo, y quizá nada, de lo que sucedía con su enfermedad. Me complace, amigo, haber estado allí en ese momento tan especial, porque también yo, huérfano de padre idílico, sé de tu dolor. 

A Sabina lo conocí en boca de Luis Eduardo Aute, cuando cantara esa bellísima canción que le rinde amistad, Pongamos que hablo de Joaquín. No resultó una rareza que también, además del poeta filipino, quedara encantado con los versos del nacido en Úbeda. Porque yo, que no soy canta-autor (más allá que Luis Eduardo lo insistiera), siempre los he sentido a ellos, y a varios de los trovadores de Madrid, unos señores que primariamente son poetas. Recomendaría a todos que leyeran las canciones de Sabina como poesías y que, luego, disfruten también, gentileza de un gran artista, que el mismo creador de esos versos nos los recite otra vez pero ahora en forma de canción, ¡qué ofrenda y qué maravilla! Lavapiés, La Latina, ¿han visto cómo se mueven los suelos de Tirso de Molina? Claudio, el mejor cocinero de Madrid y compañero de esos tiempos, sabe que yo sé que él lo sabe. Espero aquí, en este escrito, aprovechar y pedirle perdón a Joaquín por si alguna vez alguien creyó haberme osado intentar jugar con mi pluma, y con mi acento porteño, a usurpar la sonrisa de alguna de esas mujeres -de todo tipo las hay- que habitan los escondites de ese universo donde el Capitán Sabina me tuviera como polizón. Pues no ha sido tan sólo una vez, ni tampoco juré que no regresaría…

Se me ocurre, y me gustaría arengar en incentivo, agradecerle a Christian el trabajo que hace. Porque él escribe, con ese amor humilde, sobre aquellos que considera sus maestros. Pero yo creo, ¿será que él no lo sepa?, que se encuentra en el mismo taller literario manchado en tinta que él admira. Porque, quiero decir, que él, siendo poeta de los buenos, dedica su esfuerzo para acercarnos detalles necesarios de la vida de otros poetas, y correspondería que, y todo llega, se devuelva tanta dedicación desinteresada rindiéndole un homenaje semejante también a Masello: ¡pero qué difícil será si no es Christian quien lo haga!

Tin Bojanic

Costa Dálmata MMXXI

Reino de Albanta (itinerante)

‪Hoy hace 20 años Luis Eduardo Aute me nombraba Príncipe de Albanta tras haber escrito el libro sobre aquella eterna canción. Se extrañan sus palabras…‬

De príncipes y reyes

Gracias al queridísimo escritor Christian Masello he recuperado estas dos entrevistas que él me hiciera, las cuales sirvieron de excusa para crear una amistad. Y qué tesoro es descubrir el haber despertado interés en un hombre de letras que uno admira.

Ensueño del surrealismo

A Luis Eduardo Aute

La Poética cansada por no ser comprendida

dejó el ámbito ideal altivo y lejano

para transformarse en el hombre más cercano

al concepto preciso con el que soñaba largas noches afligida. 

Ahora pinta con su propia mano a la imaginación

atreviéndose en el ocaso a vislumbrar el sol

cortejando los deseos de locura que hasta hoy

yacían débiles sin la obra de su inspiración.

Ahora escribe ella misma los ausentes versos

que sin su luz no habría quien los viera

liberando a la poesía de la prisión y la ceguera

devolviéndole al mundo el romanticismo de los besos.

Ahora canta la pasión por la belleza

la voz del hombre que ha sido elegido

para conmover al corazón que se ha rendido

a continuar la lucha por más cruel que se parezca.

La Poética bien puede regresar a su resguardo

porque lo ideal ya no dista de lo terrenal

debido a la obra de un hombre o deidad

¡me refiero al artista Luis Eduardo!

Príncipe de Albanta

Prólogo de Luis Eduardo Aute

Qué arriesgada y difícil tarea la de escribir unas palabras, aunque sean pocas, sobre un trabajo literario que le tiene y contiene a uno mismo como texto y pretexto.

         Por pudor y consciente del riesgo, sólo me siento capaz de agradecer muy hondamente a Agustín Elías, Príncipe de Albanta, el bellísimo regalo que con tanta benevolencia y generosidad me dedica a través de esta entrevista imaginaria tan mágica como hiperrealista, entendiendo el realismo radical como un maravilloso espejo, como una reflexión evidente de lo fantástico.

         Asediado el Príncipe por las dudas hamletianas que lo sitúan entre “la impotencia en la tristeza y la sonrisa en la felicidad” decide recorrer, recorriéndome, otros laberintos que pudieran transportarle a los umbrales de la dudosa luz de “la verdad”.

         Qué carga de responsabilidad la que me echa encima al ser utilizado (en el mejor sentido de la palabra) como referente y guía en esa tan terrible como apasionante andadura que es la experiencia y el milagro de vivir. Qué puedo decir sino manifestar el tremendo vértigo que se siente en estos casos cuando uno tiene la clara consciencia de que sólo puede arrojar más oscuridad, si cabe, a la ausencia de luz.

         Así es, mi muy querido Agustín, y además es la pura verdad. ¿No la andabas buscando? pues ahí la tienes: está claro que donde no hay luz, hay oscuridad… ¿Verdad? ¿O será al revés?

         Aunque también, Príncipe amigo, existen los sueños como sabes. Y son tan verdad como la mentira misma; sólo que en los sueños, fíjate bien, nunca nadie miente, todos siempre hablan de verdad y en verdad. Como sucede en Albanta, allí donde tú y yo decimos…

         Gracias, Agustín, por despertarme de la realidad para hacerme caer en el sueño más real: el de la imagiNación, en ese Reino real sin realeza de nobleza sin nobles, en esa Matria de los sin-Patria que es nuestra Albanta.

         Un fuerte abrazo albantés de tu rey “NO”,

Madrid 2002 

         Luis Eduardo Aute