Cuidados Intensivos

Una vez en la clínica intentaba estar a su lado. Del mismo modo que dentro de la ambulancia, me indagaba y por momentos cruzábamos nuestras miradas con intensidad. Podía sentir que estaba sufriendo por dentro, que quería expresarse, y a la vez parecía que iniciaba un proceso donde terminaría entregando su vida. Yo le decía una y otra vez cosas como “viejito estoy acá, e intentá estar sereno”. 

Luego de que le realizaran los estudios de rutina lo llevaron a la Unidad de Cuidados Intensivos. Por un lado nos daba una tranquilidad muy especial saber que habría médicos y enfermeros controlándolo las veinticuatro horas, pero que él estuviera allí significaba que el desenlace estaba cada vez más próximo, y para hacerlo más triste, que tan sólo podríamos verlo media hora al mediodía y media hora por la noche. 

En eso se transformó nuestra rutina. Desayunábamos en algún cafecito del centro de Adrogué, y luego nos trasladábamos a la Clínica Espora (donde yo naciera) para estar a su lado. A la noche, antes de cenar, una vez más iríamos a estar a su lado por media hora. Cualquiera fuera el turno de visita le tomaba de la mano, le besaba la frente, rezaba en silencio y me acercaba al oído para decirle que estuviera sereno, que nosotros íbamos y veníamos todo el tiempo, y que le estaban cuidando sus colegas. Había dejado el Rosario de Međugorje colgado al costado de su cama, que esa era la misión que le había encomendado: que cuidara de mi padre mientras su vida terminaba. 

Su mirada aún se encontraba con luz y vida. Podíamos estar hablándole varios minutos mientras parecía escucharnos con sus ojos tiernos. Porque en su grado de indefensión nos miraba como podría haber mirado a su madre alguna vez que haya estado enfermo. 

Cada despedida del turno era muy difícil porque podía ser la última vez de verlo con vida. Uno convivía con un llanto interno que no cesaba, y que algunas veces esas lágrimas que recorrían nuestras mejillas nos confirmaban la realidad.

Fragmento de ARTESANO DE LA VIDA


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