A mi hijo Mateo Andrés

Un domingo en misa, mi hijo muy pequeño quiso ir al altar para recibir la bendición tras haberme acompañado a comulgar anteriormente, aunque yo esta vez le dije que no podía hacerlo; sin discutir, se unió a la fila, y con sus manos en oración, caminó como quien sabe de su destino. Su gesto me hizo sentir que él me estaba enseñando a mí. Desde ese día prometí que, especialmente los domingos, intentaría estar preparado para comulgar y acompañarlo. Haberlo dejado caminar solo y con sus convicciones le daba una lección de vida, y él, sin mirar hacia atrás, me recordó que mi tarea tal vez no sea estar detrás ni delante pero siempre a su lado. Los hijos nos dan las lecciones más importantes sobre el significado de la vida. Aquel día, mi hijo, con solo cinco años, cambió mi forma de vivir la fe. Prometí no dejarlo solo en su camino.
Tin Bojanic
Descubre más desde Reino de Albanta Ediciones
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario