Caminé por las calles de Porteña. Así le llamo a esta ciudad que la siento mujer. Encendí un habano, y como quien experimenta por primera vez la libertad, disfruté no tener rumbo enamorándome de cualquier esquina. Observaba a la gente apresurada y decidida a cumplir una tarea que pareciera impostergable.
Pensaba en que pronto me iría y extrañaría. Quizá las calles por las que anduve acompañado, los tantos cafés donde he escrito poesía, las plazas, mi gente.
Charlé de esto con mi habano, aunque no sea argentino es también latinoamericano, y de nostalgias los cubanos saben bastante. Cuando mi compañero decidió que ya no tenía fuerzas para mantener la conversación, lo dejé descansar e ingresé en un café. Elegí una de las mesas, me senté, y volví a observar a la gente. ¿Qué estarían pensando?
Yo siempre estoy cuestionándome las cosas, esquivando lo sencillo. ¿Acaso ellos padecen esta misma inquietud? Es algo que temo nunca poder responder. La gente parece desenvolver sus vidas con una superación inmensa en cuanto a los profundos planteos de la vida y la muerte. Pueden ocuparse enteramente de la planificación de sus actividades como si su existencia fuese infinita. Cuando conozco a alguien y le pregunto qué hace con su vida, lo primero que responde es de qué trabaja o qué estudia con fines a obtener un mejor empleo. Nunca pregunto de qué manera consiguen el dinero o aspiran obtenerlo, y sin embargo responden siempre describiéndome la actividad con la cual han conseguido mantenerse en el Sistema. Yo hablo acerca de vivir, y me responden sobre existir. Si no hubiese Sistema alguno y el hombre no tuviese necesidades básicas que satisfacer, ¿qué harían de sus vidas? Han resuelto los accidentes sin saber qué es la esencia. En cambio yo me he ocupado siempre de la esencia, pero me cuesta existir porque nunca le presté importancia a los accidentes.
En el café empecé a sentir unos gemidos muy particulares que no hace mucho tiempo he detectado provienen del corazón. Siento que éste, mediante una comunicación sensorial muy particular, me impulsa a escribir para que luego yo pueda leer lo que él ha querido decirme. De esa forma y como tantas otras veces, en una servilleta de café, escribí unos versos.
No es extraño que le escribiera a mi Porteña si hemos de despedirnos. Aunque tengo una sensación espantosa por sentir que la abandono. Con los tantos males que ella sufre, yo la dejo. Pero volveré, y ambos lo sabemos.
Entonces pensé una vez más acerca de nuestra separación y entendí que es necesaria porque aprenderemos con la distancia. Sé que Buenos Ayeres resistirá y ella no quiere que yo deje de soñar.
Buenos Ayres, Buenos Ayres
¡Qué han hecho contigo mujer
cómo está de maltratado tu vestido
siendo dama refinada
tanto acoso te ha prostituido!
Sé de tu nostálgica angustia
de recuerdo de ilusiones
en cada sombra
de rincones.
Sé del abandono de tus calles
donde han asesinado a la inocencia
y convertido tus cimientos
en cuevas de insolencia.
¡Mujer que has gritado libertad
y que has visto el sufrimiento de tus hijos
cómo soportas este premeditado edipo
que viola a tus carnes con crueldad!
Buenos Ayres, Buenos Ayres
no consientas más tantas mentiras
que tu pasión tanguera y el alma mía
perseguirán al acecho la profunda poesía.
En cada beso enamorado que presencian árboles reunidos,
en cada palabra confesada en los altares de un café,
en cada huella que absorbe con historicismo tus veredas,
en cada mirada que regresa después de ausente,
a tu Río de la Plata
naufragando en el perdón,
¡sentirás Buenos Ayres tu esplendor
con la maternidad de siempre!
Tin Bojanic
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