Noches de invierno

Siempre he presenciado cómo la vida y la muerte se entrelazaban tal cual pareja de tango. Algunas veces la muerte era el hombre y otras veces la mujer. Pero así como en la danza, siempre hay alguien que pareciera estar devorando al otro. Cuando nació mi hijo Mateo Andrés, con un nombre que honra al último varón de mi sangre nacido en la Isla de Hvar y a mi hermano difunto, me preguntaba si esta vida vendría a compensar alguna partida. No me refiero a esto como si sucediera matemáticamente, pero en toda familia, por naturaleza y generacionalmente, habrá quiénes vienen y habrá quiénes se van.

El primer cumpleaños de mi hijo sucedía a la distancia, y aún más, sucedía mientras mi padre a lo lejos estaba apagándose. La felicidad de poder celebrarle el primer año de vida de mi hijito contrastaba con estar muy cerca de enterrar a mi padre. Y vaya las casualidad que el rostro de mi hijo se le asemejara tanto al de su abuelo.

Inmediatamente después del cumpleaños de Mateo llegó la Navidad. Una vez más aquellos contrastes de emociones. Porque aunque algunos tenían mayores esperanzas que yo, para mí, a no ser que mediara algo extraordinario, no veía que esa vida de la que hablan estas palabras se extendería demasiado.

Día a día iba preparándome a la idea de su desaparición. Uno se prepara para muchas cosas, pero en este caso sería la primera vez que perdería a mi padre.  Curiosamente resultaba egoísta poder disfrutar de estas despedidas y que no haya sido una muerte repentina. Pero a la vez que esperaba todo terminase cuanto antes si tal como se diagnosticaba el final sería doloroso e innecesario.

Mi padre médico y religioso, mi padre científico y leído, podría estar entendiendo perfectamente aquellos sentimientos de culpa, de dolor, de deseo y de superación que interpelaba a cada instante. Aquellas noches de invierno en mi bar de la Costa Dálmata ejercía un sinnúmero de fantasmagóricas introspecciones, charlas y despedidas imaginarias.

Tin Bojanic

ARTESANO DE LA VIDA


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