¿Cómo es la vida?

A Daniel Negro Buela

Hoy y a la distancia percibo el llanto del alma de mi pueblo, de mis Tierras de Adrogué. Porque hoy se nos fue, porque hasta aquí nos acompañó el Negro. A mi pueblo le faltará por siempre una parte de la magia elaborada en preciso elixir de aquello que es lo que te hace querer, de lo bello que uno cuida al recordar, y de esa otra cosa inefable que duele al extrañar cuando nos lo permitimos. 

Tengo ganas y necesidad de llorarte, pero en complicidad con la alegría de haberte tenido, y parece que el hacerlo será el más pequeño de los homenajes que deberíamos hacer en tu nombre. Dejarme hoy extrañar a mi pueblo y ejercitar lo que será extrañarte Negro. 

Cuando pibe, con el rugby y en Pucará, escuchaba sus consejos y me divertía con la inagotable fuente de anécdotas que nos contaba como entrenador, cuál padre, y también porque disfrutaba saberse ese amigo cómplice que todos querían sentar a la mesa. El amor y respeto por el universo de la ovalada hubiera sido otro sin él. También, y sé que le gustaría saberlo, nos dejó a todos, creo yo, un verdadero amor por el Uruguay. 

Es que salir a darse una vuelta por Adrogué era una oportunidad, un precioso tal vez, de cruzárselo al Negro en algún café, o agasajándose en algún restaurante. Siempre te hacía sentir, al verte, que para él era un momento especial y que desde ese instante estaba abierta su mesa y su corazón. Daba la sensación que estaba por si vos aparecías. Le gustaba hablar y dar su opinión, pero también te dejaba decirle lo que quisieras, aunque se quedara masticando si no le dabas la razón. Valoraba los pensamientos simples y los detalles más concretos que la vida ofrece. Tenía por obligación recordártelo cuando intuía que había que levantarte el ánimo. Ha sido un gran entrenador de la vida.  

Ese mismo personaje, con el tiempo, tuvo un sitio aún mayor en mi corazón cuando su hijo, el Catu, se convirtió en uno de mis hermanos. Qué privilegio ha sido tener a un padre y a un hijo por amigos. El destino habrá querido, ahora lo sé, que podamos en el futuro abrazarnos para recordar juntos a ese amigo y padre que se nos fue, pero que estará siempre que nos volvamos a ver.

Todos iremos recordando anécdotas que él, estoy seguro, oirá fascinado a la distancia. Por eso, me animo a comenzar la ronda frente al fogón del recuerdo de alguno de los asados que nos cocinó con la misma dedicación que un profesor organiza la clase que ha de impartir, porque luego llegaría su voz.

Una vez, al cruzarnos por la calle me arrojó un “¿cómo estás?” y en acto reflejo me defendí con un “todo bien” y se enojó conmigo. Me dijo que esa no era respuesta de un poeta y que también debería saber preguntar mejor. Me dejó decepcionado por haberle decepcionado, y me preparé para la próxima vez. Cuando esto sucedió, yo le pregunté “¿cómo es la vida?”; se me quedó mirando y me invitó a tomar un café diciendo que “la pregunta era muy grande y que ameritaba que lo pensáramos juntos”. Desde ese día quizá ya no me vio como el pibe de los botines embarrados y yo sentí que había superado una prueba ordenada por uno de los grandes caciques de mi tribu. 

Con lo difícil que se me hace recordar a mi pueblo a la distancia, cuánto más, ¡Negro, carajo!, es sabiendo que cuando vuelva deberé aceptar que ya no estás. Prefiero, en mientras tanto, hacer de cuenta que todavía no pasó nada. Pero para cuando no tenga más remedio que aceptarlo, y para cuando alguien me pregunte “¿cómo es la vida?”, sin lugar a dudas, diré que mucho más triste que cuando era seguro que podía encontrarte en cualquier mesa de un café como si me esperaras. 

MMXXII

Costa Dálmata

Caravana Malvinera

A los diecisiete años yo me preparaba en silencio y en solitario para lo que creía sería mi misión inmediata y, quizá, definitiva en mi paso por este planeta. Definitiva no sólo por su trascendencia personal sino que también por mortal. Porque yo me preparaba para ir a la próxima guerra contra el Reino Unido y sus secuaces. 

Con mi adolescencia pidiendo sangre me enteré que una Caravana Malvinera partiría desde la Ciudad de La Plata para llegar a Buenos Ayres, terminando su recorrido, en homenaje a los caídos, en la Plaza San Martín. 

Entonces, cuando aquella Caravana pasó por mis Tierras de Adrogué, me encontró a mí, esperándola, esperando ver a mis héroes. Siempre que me cruzaba con algún veterano me limitaba a decirle: “gracias”.

Esta vez, mi afán me llevó a comenzar a hablar con ellos, a querer finalmente conocerlos más de cerca, poder hablar con esos granaderos de carne y hueso. Así fue que comencé a hablar con uno al que le decían El Gran Santiago. Y charlamos humanamente, un héroe y yo. Y antes que estuvieran por abordar el colectivo para seguir viaje, me dijo: “Pibe, ¿querés venir con nosotros?”, a lo que respondí, “¡claro que sí!”.

Subí con ellos al colectivo de los veteranos y, exceptuándolo al chofer, yo era el único guerrero no probado allí. Fuimos cantando, charlando emocionados, y yo entre mis héroes, como si fuera uno de ellos. Por eso, en cada parada, en cada nuevo pueblo que arribábamos en nuestro recorrido, al bajar del colectivo entremezclados, y sentir el aplauso de la gente, yo soñaba que por esos instantes alguien pudiera creer que yo era también un veterano, ¡me explotaba el pecho de la emoción!, e intentaba en mi rostro conseguir el gesto mayor adusto posible.

Al llegar a la Plaza San Martín en Buenos Ayres canté con ellos el himno nacional argentino y derramé con ellos mis lágrimas.

Cuando abandonamos la plaza tras los homenajes correspondientes, El Gran Santiago y otros más, me invitaron a compartir con ellos unas cervezas en un puestito de la Estación de Trenes de Retiro. ¡Brindando con mis héroes!

En el momento de despedirme de ellos abracé a cada uno con verdadero afecto, y le prometí al Gran Santiago que le enviaría una carta y algún poema. Así lo hice. 

Días después recibí una carta con su respuesta diciéndome: “gracias”, esta vez a mí, haciéndome sentir aún más agradecido por mis héroes.

Međugorje 2013

El tiempo de toda naturaleza

Nos miramos por un tiempo que no llegué a medir. Emocionados por habernos descubierto contemplamos en el otro un espejo mágico de alegría.

Libertario – Dejame guiarte. Mis refugios arbóreos pueden darte lo que buscás.

Yo – ¿Y qué hay de vos? ¿No llegaste a hablar con Jorge Luis cuando estuvo aquí?

Libertario – Quizá mi aspecto grisáceo confunda mi apariencia y lo mal interpretes como canas de cabello de hombre, pero aún soy muy joven.

Yo – No quise ofenderte…

Libertario – No te preocupés, el paso del tiempo es certero. Mis padres siempre me recordaron una frase de quien buscás que reza: “El tiempo está viviéndome”.

Yo – Nada escapa al tiempo. Ningún poder logró detenerlo. 

Libertario – Para las aves el tiempo es más importante que “esa desconocida y ansiosa y breve cosa que es la vida”. Nuestra capacidad de volar nos hace sentir ya parte del Cielo. Por ello nos preocupa más de qué manera vivir este parpadeo existencial en este universo. “Sólo perdurarán en el tiempo las cosas que no fueron del tiempo”.

Yo – Estoy a tus órdenes amigo mío.

Le sonreí y él inició de nuevo sus piruetas aéreas, confirmando que ésa era su agotadora forma de sonreír. No parecía extenuarse y, cuando volvió a posarse en mi hombro, no lo hizo para descansar sino para que yo no intentase con mis torpes brazos imitarlo.

Volví a caminar y Libertario me pidió que descendiese a la calle; porque si continuábamos por la vereda no iba a poder evitar detenerse a saludar en todos los árboles a sus amigos.

Continuamos el recorrido por el empedrado de Malvinas, cruzando la segunda intersección de Cosmos hasta llegar a la calle Avellaneda (o Poética). En esa esquina saltó de mi hombro lanzándose en picada y aterrizó en uno de los adoquines de la calle. Con su cabeza me indicaba que me acercara a donde él caminaba en círculos delimitando una sorpresa.

Me arrodillé, apoyando mis manos en el empedrado, y acerqué mi vista a ese lugar que mi compañero señalaba. Encontré escrito: “He dicho asombroso donde otros dicen costumbre”.

Fiestas de Don Esteban

Quedará mejor decir que muchas veces ya he dicho que soy nativo de las Tierras de Adrogué a decir que muchos ya lo sabrán, porque no quisiera presumir en algún grado estadístico en cuanto a los lectores que tuviese, y porque además, lo importante –siempre debería proponérselo- es el texto y no el autor. En este caso, lo es aún más, porque me referiré al pueblo donde he nacido, que sería igual en todas su características así yo hubiera nacido en otra parte. El que hubiera sido distinto sería probablemente yo.

Las Tierras de Adrogué esconden bohemia y tranquilidad a pesar de la cercanía de la gran Ciudad de Buenos Ayres; y por muchas razones que intento determinar, y espero algún día lograrlo, ha sido cuna de diversos e interesantísimos personajes. Por favor, situarme fuera de esto, que no quiero contradecir la primera intención de contarles algo especialmente importante que tiene mi pueblo. 

Recorriendo diversos países siempre me ha gustado vivir las celebraciones especiales que acontecen y, con felicidad, verme envuelto en ellas. No lo es sólo porque admiro la voluntad de los pueblos defendiendo su historia y su cultura. Es porque en esos días es cuando todo el esplendor de un comunidad, de una ciudad, de un país quizá, sale a seducir y a lucirse ante los ojos del mundo que por allí vaguen. Así fue cuando estuve en el Día de San Patricio en Dublin, el de San Marco en un barrio de Zagreb, las Fiestas del Barrio de la Paloma en Madrid, el Día de la Independencia en Oaxaca, las del Barrio de Gràcia en Barcelona, el aniversario de la Revolución en La Habana, la de Sveti Duje en Split… Cuando estuve en esas fiestas y celebraciones de muy diferente raíz, recordaba a las de mi pueblo, a las Fiestas de Don Esteban, aquel que tenía por apellido Adrogué.

Este pueblo fue fundado en el año 1 870, a los veinticuatro días del mes de noviembre por quien le dará su nombre, tal se acostumbraba en aquel entonces, en homenaje al donador de las tierras. Adrogué fue luego declarado cabeza del Partido de William Brown, que incluye otros simpáticos barrios de los alrededores tales Mármol (poeta porteño), Rafael Calzada (doctor), Burzaco (familia terrateniente), Longchamps (homenaje a Francia), Glew (terrateniente)… Pero fue para honrar a ese marino irlandés que el callejero del pueblo cuenta con algo divinamente extraño. La plaza principal se llama Brown, donde está la Municipalidad, y ésa representaría al buque “25 de mayo” durante la defensa de la patria, la que comandara aquel genial hombre nacido en Foxford. En esa plaza se rinde homenaje, a su vez, a sus hijos históricos: aquellos que entregaron la vida en el Crucero General Belgrano durante la última Guerra por las Malvinas de 1 982. Pero tan así de particular es el asunto del homenaje que si uno despliega el mapa del pueblo verá que hay otras plazas menores formando un cerrojo alrededor de aquella más emblemática. Esas otras representan a las embarcaciones que secundaron al Almirante, y tienen entonces, por nombre, a los comandantes de las mismas: Bartolomé Cerretti (italiano), Juan Bautista Azopardo (maltés) -que de muy chico imaginé que en realidad se tributaba a Hippolyte de Bouchard (francés) porque su calle por allí pasa-, James George Bynnon (galés), y Tomás Espora (porteño), donde hay una estatua de Don Esteban. Están todas ellas en casi perfecta simetría, y en un falsa escuadra, un poquito más alejado, Leandro Rosales (porteño), quizá cubriendo un flanco ciego. Bien sería que cada plaza tuviese una escultura con el nombre de las naves comandadas.

Pues, ¿qué sucede todos los 02 de septiembre en mi pueblo desde 1904, cuando fuera el primer recuerdo del natalicio de su fundador? Les contaré lo siguiente como si contara la historia de las columnas de mi orgullo.

Todo comienza el día 01 al mediodía. 

Todo el pueblo da rienda suelta a los preparativos para las Fiestas de Don Esteban. Debo destacar que semanas antes son muchos los que ya pintaron sus casas, arreglaron los jardines, limpiaron sus coches, enviaron sus trajes a la tintorería (muchas de japoneses llegados tras la Segunda Guerra Mundial)… y así va la ansiedad transmitiéndose de boca en boca, de acción ejemplar en acción de imitación. También la Municipalidad, con anticipación, fue arreglando sus calles, emprolijando las plazas mencionadas, ubicando luminarias temporales para los festejos, pintando los edificios públicos, y cuanta cuestión de maquillaje correspondiere. 

Pero ya estamos a las 12 del mediodía del 01 de septiembre. 

Los barrios comienzan a poner mesas de largos tablones y sillas en las calles, dejando sólo a las avenidas con libre circulación vehicular. Es por eso que durante esos días se vuelve una ciudad de bicicletas. Algunas calles, porque hay vecinos más simpáticos que otros, crean una atmósfera entrañable. Tal es así, que algunos deciden sumarse a los tablones de otras calles donde tienen amigos, parientes, o tal vez algún amor. Surgen mateadas extraordinarias y comilonas, tales asados, que se preparan en las mismísimas veredas y asfaltos y calles de tierra. 

Los cafés y restaurantes ofrecen especiales ofertas y rebalsan de gente. Los comercios hacen lo propio con descuentos y es el día de mayores ventas del año… Las colectividades y diversos feriantes se adueñan de las calles céntricas, ya peatonales, para ofrecer sus productos, música y todo lo que pudieran como símbolo claro de querer unirse a los festejos. Compiten el flamenco y la tarantela… ¡También es el día de mayor cantidad de casorios en el Registro Civil! 

Los Bomberos pasan con sus carros por las grandes calles recibiendo donaciones de alimentos y ropas para luego distribuir entre los más necesitados. 

Hospital y salitas de emergencia despliegan extraordinaria atención con campañas de vacunación y chequeos varios para los que tienen ya décadas festejando.

 Los colegios organizan olimpíadas de matemática y presentan obras teatrales, y fomentan preciosas campañas de alfabetización. También se dictan cursos para erradicar el analfabetismo funcional… 

En el Centro Cultural suceden recitales de poesía y se proyectan cortos y largometrajes filmados en el pueblo. Se cuelgan pinturas en paredes y árboles para exhibirlas y rematarlas. 

El equipo de fútbol Tricolor organiza un torneo entre los distintos barrios con figuras invitadas y para descubrir nuevos talentos; el Club de Tennis hace lo propio invitando a los jugadores más destacados del ámbito nacional; el Club Pucará disputa un test match contra un seleccionado irlandés por la copa William Brown; el Club Paleta con su tradicional competencia de natación, y el Fogón responde con uno de básquet…   Mientras todo eso se corre la carrera de “10 kilómetros de árboles” que organiza la policía con una altísima participación de los entusiastas lugareños. En su trayecto pasarán por las cinco plazas mencionadas para llegar a la meta en la “25 de mayo”. 

Los más pequeños junto a sus padres plantan árboles en aquellas casas que no poseen uno en la vereda, porque ¡existe una ley antigua que así lo estipula y ese día ha de cumplirse! El lema es: “que haya más árboles que personas, para que haya personas”.

En las plazas, ininterrumpidamente, suceden conciertos y bailongos tangueros y folklóricos, dándole lugar también a otras yerbas musicales… Se va corriendo la voz de “tango en la Espora” o de “Folklore en la Azopardo”… Pero estarán siempre los que yiran por todas las múltiples destrezas ya que les da el cuerpo, o porque no encuentran la pareja pretendida. En las calles cortadas pueden encontrarse también bandas de rock, jazz… 

Ya el día 02 la gente se despierta trasnochada y están los que se mantuvieron en festejo eterno… Y todo el pueblo se encamina hacia la Plaza San Martín, la que recibe a los trenes. Hay que estar allí a las diez de la mañana. Debe hacérselo de manera muy particular. Las mujeres portando un lazo blanco en sus muñecas, cabellos, cinturas…, y los hombres uno celeste donde consideren mejor lucirlo: muñequeras o binchas los más chicos, o en la solapa del saco los más grandes. Últimamente hemos visto cómo la Municipalidad se ha ocupado de vestir con lazos a los ya característicos perros callejeros que todos quieren y alimentan… Es que ese lazo, entrada la noche, uno podrá cambiárselo a su enamorada, o aprovechar el movimiento como intención para conocerse… Es cierto, porque se ha visto, que algunos muchachos tienen varios lazos en los bolsillos para más de un intento, o los que parecen haber decidido cambiar los colores. 

En un escenario montado en esa Plaza San Martín, estará el Intendente con los representantes de la comunidad, y no es sorprendente encontrar allí al Gobernador de la Provincia y, por la importancia del evento, ha presidido la ceremonia la mismísima Evita en una ocasión, o tantos embajadores de Irlanda. Se entregan títulos a los flamantes ciudadanos ilustres de cada área tras haber sido seleccionados por el Consejo Deliberante por sugerencia popular: a quienes se destaquen en las artes, ciencias, deportes… Aunque en ello, se realiza un minuto de silencio antes de las doce por aquellos hijos del pueblo que murieron en Malvinas y los veteranos lanzan unos “vivas a la patria” que son respondidos en eco por la inmensa cantidad de gente reunida en la plaza, calles aledañas y balcones privilegiados. Sin que esté fijado en el protocolo, se canta con bravura hermanada el Himno Nacional Argentino…

Cuando llega el primer tren con las doce, cargado de turistas y sin importar de qué dirección provenga, el Intendente alza el bastón de Don Esteban, el que se traspasa de representante en representante, y se oyen los campanarios de todas las iglesias puntualmente. Es el momento en que se dan por comenzadas las Fiestas de Don Esteban. Entonces, el Intendente, va caminando hasta la Plaza Espora con un mar de cánticos con el tradicional “Ahh Ohhh Ehhh” (las vocales sonoras del pueblo). Encuentra siempre allí otra gran cantidad de gente que le espera. Ante la estatua de Don Esteban golpea en brindis con ese otro bastón de bronce subiéndose a una escalerita. Es todo alegría… Falta que haga el trayecto final por el empedrado de la Diagonal inmerso en fiesta popular hasta ingresar en la Casa Municipal. Una vez en el balcón del edificio público hay un silencio exquisito entre la muchedumbre. Porque se grita a viva voz el nombre del lugareño que se haya adjudicado, por medio de un sorteo, del “Negro”, que es un caballo tal como el que usaba Don Esteban para recorrer las que fueron sus tierras. A la vuelta manzana, en el Castillo Castelforte, se espera que vaya a buscarlo ante el aplauso y gritos de los festejantes, saliendo de allí el habitante afortunado cabalgando cual noble ciudadano…

  Festejos. Festejos. Festejos.

La sirena de los bomberos avisa a las doce de la noche para determinar que se nos fue el día 02, pero esa noche, hasta la madrugada, continúan los festejos. El día 03 de septiembre son los últimos asados al mediodía y comienza a normalizarse la vida de un pueblo que volverá a soñar, en la espera, con la próxima Fiesta de Don Esteban… 

…Quedan todos ustedes comprometidos conmigo para que alguna vez esto, con grandes hazañas de alegría, finalmente suceda, y no sea yo el único con un lazo celeste gritando ¡vivan las Fiestas de Don Esteban!, en la Plaza San Martín todos los 02 de septiembre, ni despertarme ya el 03 del mismo con una resaca de fantasmas… 

Tierras de Adrogué

Adentrándose

Del niño Rafael, letras con miel

Recuerdo que tenía diez años cuando en el Colegio Stella Maris de las Tierras de Adrogué la maestra nos hizo leer el libro Ramón del escritor uruguayo Roberto Bertolino. Quizá fuera la primera vez que leía unas letras absorbiéndolas profundamente. Por ese entonces ya leía bastante y le encontraba un encanto muy particular y artístico a las letras impresas en el papel. Para mí eran, y lo seguirán siendo, pequeños seres sentimentales que al juntarse, en maravilloso teatro, ansían emocionar al lector. 

La suerte o el destino, uno de esos dos arquitectos de la vida, quiso que al terminar la lectura del libro la maestra nos presentara al autor. Desde el anuncio de su visita hasta su aparición estuve ansioso confundiendo inconscientemente ese futuro encuentro con el de mi abuelo escritor Rafael Jijena Sánchez. Conocería a un hombre con el mismo oficio, extraño en cualquier tiempo, que ejerció ese personaje de la familia que no llegué a conocer. No resultaba extraño, teniendo ese legado, que la palabra escritor generase en mí un efecto atrayente que me invitaba a develar un mundo secreto y desconocido.

El día que Roberto fue al colegio me senté lo más próximo a la silla donde él se sentaría para firmar con su puño y letra nuestros maltratados ejemplares. Además de mi maestra vinieron al aula muchas otras, cosa que sorprendió a mi observación, concluyendo se había llenado el aula de mujeres. 

Cuando finalmente el escritor ingresó donde nerviosas maestras y extrañados alumnos lo aguardaban, mi mirada lo golpeó con tanta profundidad que el hombre se sentó rendido. 

Sonreía mucho y era muy cortés. Vestía saco y zapatos aunque nadie podrá recordarlo con exactitud porque sólo sus ojos de niño atraían a admirados alumnos y seducidas maestras.

Luego que él contase las experiencias con las cuales había decidido escribir, que hoy no recuerdo, me acerqué para que firmara mi Ramón. Como si fuera padre del tiempo y de ese libro que yo le entregaba, lo tomó paciente con sus manos, acunándolo, para luego reposarlo en su falda y escribir: “con la amistad de Bertolino, Noviembre del ’87”.

Olvidando mi aspecto infantil le estreché la mano como lo hace un hombre que sella una amistad. A un hombre de letras se le cree lo que escribe porque sus letras son él. Inmediatamente le pedí su dirección y luego su teléfono porque le dije que un día iría a visitarlo como lo hacen los amigos. Accedió encantado y, dictándome, escribí los datos en la misma hoja de la dedicatoria. Allí quedaron registradas su ternura y mi infancia. 

Días después, estaba en mi casa releyendo el libro. Al terminarlo salí ansioso para comprar un cuaderno que sólo utilizaría para escribir poesías. Caminé hasta una librería cruzando la calle y mientras regresaba protegía las hojas de mi futura obra como mi amigo lo había hecho con la suya. Escribí mis primeros versos y fui a la cocina donde no me esperaban muchas mujeres o maestras, sólo estaba mi madre.

Cuando terminé de escribir varias poesías, las cuales algunas tienen títulos al estilo de Ramón, le puse por nombre a ese primer libro, entendiéndolo mejor a mi abuelo, Rafael.

Tierras de Adrogué

Adentrándose (Gloria)

Seguramente la corrupción es un mal que habita los pobres corazones desde siempre. Esto es lo mismo que decir que en todas las épocas existieron hombres dañinos. Pero algo ha empeorado, porque hemos perdido el equilibrio. Hace mucho tiempo que no aparecen hombres que luchen por imponer el modelo de la honestidad y del sacrificio para que no todo sea negativo. Habrá que invocar a las necesarias almas brillantes para que iluminen en la oscuridad. 

Este agotamiento de vivir en decadencia, con la experiencia de varios sistemas fracasados por los hombres y otro tanto por las mismas teorías, las cuales pocas veces han podido verse implementadas con pureza. 

Esta tristeza por ver la muerte constante que aniquila a la gente más desprotegida. Esta cruel falta de imaginación y de sueño comprometido que busque el cambio me ha llevado, como poeta, a desarrollar determinadas ideas que podrían inspirar, por fortuna, un debate. Algunas de las ideas podrán estar circunscriptas con precisión a La Argentina, otras podrían acomodarse quizá a toda Latinoamérica y, las más afortunadas conceptualmente quizá sirvan para discutirlas en muy diversas regiones. Y si ninguna de estas posibilidades consiguieran mis palabras me habrá bastado a mí, como ejercicio intelectual, para comprender un poco más el absurdo dinamismo político que hoy no tiene nada de arte ni de relación con la verdad del concepto que me dice que hacer política y que es buscar el bien común.

Tierras de Adrogué 2005

Tin Bojanic