Fiestas de Don Esteban

Quedará mejor decir que muchas veces ya he dicho que soy nativo de las Tierras de Adrogué a decir que muchos ya lo sabrán, porque no quisiera presumir en algún grado estadístico en cuanto a los lectores que tuviese, y porque además, lo importante –siempre debería proponérselo- es el texto y no el autor. En este caso, lo es aún más, porque me referiré al pueblo donde he nacido, que sería igual en todas su características así yo hubiera nacido en otra parte. El que hubiera sido distinto sería probablemente yo.

Las Tierras de Adrogué esconden bohemia y tranquilidad a pesar de la cercanía de la gran Ciudad de Buenos Ayres; y por muchas razones que intento determinar, y espero algún día lograrlo, ha sido cuna de diversos e interesantísimos personajes. Por favor, situarme fuera de esto, que no quiero contradecir la primera intención de contarles algo especialmente importante que tiene mi pueblo. 

Recorriendo diversos países siempre me ha gustado vivir las celebraciones especiales que acontecen y, con felicidad, verme envuelto en ellas. No lo es sólo porque admiro la voluntad de los pueblos defendiendo su historia y su cultura. Es porque en esos días es cuando todo el esplendor de un comunidad, de una ciudad, de un país quizá, sale a seducir y a lucirse ante los ojos del mundo que por allí vaguen. Así fue cuando estuve en el Día de San Patricio en Dublin, el de San Marco en un barrio de Zagreb, las Fiestas del Barrio de la Paloma en Madrid, el Día de la Independencia en Oaxaca, las del Barrio de Gràcia en Barcelona, el aniversario de la Revolución en La Habana, la de Sveti Duje en Split… Cuando estuve en esas fiestas y celebraciones de muy diferente raíz, recordaba a las de mi pueblo, a las Fiestas de Don Esteban, aquel que tenía por apellido Adrogué.

Este pueblo fue fundado en el año 1 870, a los veinticuatro días del mes de noviembre por quien le dará su nombre, tal se acostumbraba en aquel entonces, en homenaje al donador de las tierras. Adrogué fue luego declarado cabeza del Partido de William Brown, que incluye otros simpáticos barrios de los alrededores tales Mármol (poeta porteño), Rafael Calzada (doctor), Burzaco (familia terrateniente), Longchamps (homenaje a Francia), Glew (terrateniente)… Pero fue para honrar a ese marino irlandés que el callejero del pueblo cuenta con algo divinamente extraño. La plaza principal se llama Brown, donde está la Municipalidad, y ésa representaría al buque “25 de mayo” durante la defensa de la patria, la que comandara aquel genial hombre nacido en Foxford. En esa plaza se rinde homenaje, a su vez, a sus hijos históricos: aquellos que entregaron la vida en el Crucero General Belgrano durante la última Guerra por las Malvinas de 1 982. Pero tan así de particular es el asunto del homenaje que si uno despliega el mapa del pueblo verá que hay otras plazas menores formando un cerrojo alrededor de aquella más emblemática. Esas otras representan a las embarcaciones que secundaron al Almirante, y tienen entonces, por nombre, a los comandantes de las mismas: Bartolomé Cerretti (italiano), Juan Bautista Azopardo (maltés) -que de muy chico imaginé que en realidad se tributaba a Hippolyte de Bouchard (francés) porque su calle por allí pasa-, James George Bynnon (galés), y Tomás Espora (porteño), donde hay una estatua de Don Esteban. Están todas ellas en casi perfecta simetría, y en un falsa escuadra, un poquito más alejado, Leandro Rosales (porteño), quizá cubriendo un flanco ciego. Bien sería que cada plaza tuviese una escultura con el nombre de las naves comandadas.

Pues, ¿qué sucede todos los 02 de septiembre en mi pueblo desde 1904, cuando fuera el primer recuerdo del natalicio de su fundador? Les contaré lo siguiente como si contara la historia de las columnas de mi orgullo.

Todo comienza el día 01 al mediodía. 

Todo el pueblo da rienda suelta a los preparativos para las Fiestas de Don Esteban. Debo destacar que semanas antes son muchos los que ya pintaron sus casas, arreglaron los jardines, limpiaron sus coches, enviaron sus trajes a la tintorería (muchas de japoneses llegados tras la Segunda Guerra Mundial)… y así va la ansiedad transmitiéndose de boca en boca, de acción ejemplar en acción de imitación. También la Municipalidad, con anticipación, fue arreglando sus calles, emprolijando las plazas mencionadas, ubicando luminarias temporales para los festejos, pintando los edificios públicos, y cuanta cuestión de maquillaje correspondiere. 

Pero ya estamos a las 12 del mediodía del 01 de septiembre. 

Los barrios comienzan a poner mesas de largos tablones y sillas en las calles, dejando sólo a las avenidas con libre circulación vehicular. Es por eso que durante esos días se vuelve una ciudad de bicicletas. Algunas calles, porque hay vecinos más simpáticos que otros, crean una atmósfera entrañable. Tal es así, que algunos deciden sumarse a los tablones de otras calles donde tienen amigos, parientes, o tal vez algún amor. Surgen mateadas extraordinarias y comilonas, tales asados, que se preparan en las mismísimas veredas y asfaltos y calles de tierra. 

Los cafés y restaurantes ofrecen especiales ofertas y rebalsan de gente. Los comercios hacen lo propio con descuentos y es el día de mayores ventas del año… Las colectividades y diversos feriantes se adueñan de las calles céntricas, ya peatonales, para ofrecer sus productos, música y todo lo que pudieran como símbolo claro de querer unirse a los festejos. Compiten el flamenco y la tarantela… ¡También es el día de mayor cantidad de casorios en el Registro Civil! 

Los Bomberos pasan con sus carros por las grandes calles recibiendo donaciones de alimentos y ropas para luego distribuir entre los más necesitados. 

Hospital y salitas de emergencia despliegan extraordinaria atención con campañas de vacunación y chequeos varios para los que tienen ya décadas festejando.

 Los colegios organizan olimpíadas de matemática y presentan obras teatrales, y fomentan preciosas campañas de alfabetización. También se dictan cursos para erradicar el analfabetismo funcional… 

En el Centro Cultural suceden recitales de poesía y se proyectan cortos y largometrajes filmados en el pueblo. Se cuelgan pinturas en paredes y árboles para exhibirlas y rematarlas. 

El equipo de fútbol Tricolor organiza un torneo entre los distintos barrios con figuras invitadas y para descubrir nuevos talentos; el Club de Tennis hace lo propio invitando a los jugadores más destacados del ámbito nacional; el Club Pucará disputa un test match contra un seleccionado irlandés por la copa William Brown; el Club Paleta con su tradicional competencia de natación, y el Fogón responde con uno de básquet…   Mientras todo eso se corre la carrera de “10 kilómetros de árboles” que organiza la policía con una altísima participación de los entusiastas lugareños. En su trayecto pasarán por las cinco plazas mencionadas para llegar a la meta en la “25 de mayo”. 

Los más pequeños junto a sus padres plantan árboles en aquellas casas que no poseen uno en la vereda, porque ¡existe una ley antigua que así lo estipula y ese día ha de cumplirse! El lema es: “que haya más árboles que personas, para que haya personas”.

En las plazas, ininterrumpidamente, suceden conciertos y bailongos tangueros y folklóricos, dándole lugar también a otras yerbas musicales… Se va corriendo la voz de “tango en la Espora” o de “Folklore en la Azopardo”… Pero estarán siempre los que yiran por todas las múltiples destrezas ya que les da el cuerpo, o porque no encuentran la pareja pretendida. En las calles cortadas pueden encontrarse también bandas de rock, jazz… 

Ya el día 02 la gente se despierta trasnochada y están los que se mantuvieron en festejo eterno… Y todo el pueblo se encamina hacia la Plaza San Martín, la que recibe a los trenes. Hay que estar allí a las diez de la mañana. Debe hacérselo de manera muy particular. Las mujeres portando un lazo blanco en sus muñecas, cabellos, cinturas…, y los hombres uno celeste donde consideren mejor lucirlo: muñequeras o binchas los más chicos, o en la solapa del saco los más grandes. Últimamente hemos visto cómo la Municipalidad se ha ocupado de vestir con lazos a los ya característicos perros callejeros que todos quieren y alimentan… Es que ese lazo, entrada la noche, uno podrá cambiárselo a su enamorada, o aprovechar el movimiento como intención para conocerse… Es cierto, porque se ha visto, que algunos muchachos tienen varios lazos en los bolsillos para más de un intento, o los que parecen haber decidido cambiar los colores. 

En un escenario montado en esa Plaza San Martín, estará el Intendente con los representantes de la comunidad, y no es sorprendente encontrar allí al Gobernador de la Provincia y, por la importancia del evento, ha presidido la ceremonia la mismísima Evita en una ocasión, o tantos embajadores de Irlanda. Se entregan títulos a los flamantes ciudadanos ilustres de cada área tras haber sido seleccionados por el Consejo Deliberante por sugerencia popular: a quienes se destaquen en las artes, ciencias, deportes… Aunque en ello, se realiza un minuto de silencio antes de las doce por aquellos hijos del pueblo que murieron en Malvinas y los veteranos lanzan unos “vivas a la patria” que son respondidos en eco por la inmensa cantidad de gente reunida en la plaza, calles aledañas y balcones privilegiados. Sin que esté fijado en el protocolo, se canta con bravura hermanada el Himno Nacional Argentino…

Cuando llega el primer tren con las doce, cargado de turistas y sin importar de qué dirección provenga, el Intendente alza el bastón de Don Esteban, el que se traspasa de representante en representante, y se oyen los campanarios de todas las iglesias puntualmente. Es el momento en que se dan por comenzadas las Fiestas de Don Esteban. Entonces, el Intendente, va caminando hasta la Plaza Espora con un mar de cánticos con el tradicional “Ahh Ohhh Ehhh” (las vocales sonoras del pueblo). Encuentra siempre allí otra gran cantidad de gente que le espera. Ante la estatua de Don Esteban golpea en brindis con ese otro bastón de bronce subiéndose a una escalerita. Es todo alegría… Falta que haga el trayecto final por el empedrado de la Diagonal inmerso en fiesta popular hasta ingresar en la Casa Municipal. Una vez en el balcón del edificio público hay un silencio exquisito entre la muchedumbre. Porque se grita a viva voz el nombre del lugareño que se haya adjudicado, por medio de un sorteo, del “Negro”, que es un caballo tal como el que usaba Don Esteban para recorrer las que fueron sus tierras. A la vuelta manzana, en el Castillo Castelforte, se espera que vaya a buscarlo ante el aplauso y gritos de los festejantes, saliendo de allí el habitante afortunado cabalgando cual noble ciudadano…

  Festejos. Festejos. Festejos.

La sirena de los bomberos avisa a las doce de la noche para determinar que se nos fue el día 02, pero esa noche, hasta la madrugada, continúan los festejos. El día 03 de septiembre son los últimos asados al mediodía y comienza a normalizarse la vida de un pueblo que volverá a soñar, en la espera, con la próxima Fiesta de Don Esteban… 

…Quedan todos ustedes comprometidos conmigo para que alguna vez esto, con grandes hazañas de alegría, finalmente suceda, y no sea yo el único con un lazo celeste gritando ¡vivan las Fiestas de Don Esteban!, en la Plaza San Martín todos los 02 de septiembre, ni despertarme ya el 03 del mismo con una resaca de fantasmas… 

Tierras de Adrogué

Adentrándose

Del niño Rafael, letras con miel

Recuerdo que tenía diez años cuando en el Colegio Stella Maris de las Tierras de Adrogué la maestra nos hizo leer el libro Ramón del escritor uruguayo Roberto Bertolino. Quizá fuera la primera vez que leía unas letras absorbiéndolas profundamente. Por ese entonces ya leía bastante y le encontraba un encanto muy particular y artístico a las letras impresas en el papel. Para mí eran, y lo seguirán siendo, pequeños seres sentimentales que al juntarse, en maravilloso teatro, ansían emocionar al lector. 

La suerte o el destino, uno de esos dos arquitectos de la vida, quiso que al terminar la lectura del libro la maestra nos presentara al autor. Desde el anuncio de su visita hasta su aparición estuve ansioso confundiendo inconscientemente ese futuro encuentro con el de mi abuelo escritor Rafael Jijena Sánchez. Conocería a un hombre con el mismo oficio, extraño en cualquier tiempo, que ejerció ese personaje de la familia que no llegué a conocer. No resultaba extraño, teniendo ese legado, que la palabra escritor generase en mí un efecto atrayente que me invitaba a develar un mundo secreto y desconocido.

El día que Roberto fue al colegio me senté lo más próximo a la silla donde él se sentaría para firmar con su puño y letra nuestros maltratados ejemplares. Además de mi maestra vinieron al aula muchas otras, cosa que sorprendió a mi observación, concluyendo se había llenado el aula de mujeres. 

Cuando finalmente el escritor ingresó donde nerviosas maestras y extrañados alumnos lo aguardaban, mi mirada lo golpeó con tanta profundidad que el hombre se sentó rendido. 

Sonreía mucho y era muy cortés. Vestía saco y zapatos aunque nadie podrá recordarlo con exactitud porque sólo sus ojos de niño atraían a admirados alumnos y seducidas maestras.

Luego que él contase las experiencias con las cuales había decidido escribir, que hoy no recuerdo, me acerqué para que firmara mi Ramón. Como si fuera padre del tiempo y de ese libro que yo le entregaba, lo tomó paciente con sus manos, acunándolo, para luego reposarlo en su falda y escribir: “con la amistad de Bertolino, Noviembre del ’87”.

Olvidando mi aspecto infantil le estreché la mano como lo hace un hombre que sella una amistad. A un hombre de letras se le cree lo que escribe porque sus letras son él. Inmediatamente le pedí su dirección y luego su teléfono porque le dije que un día iría a visitarlo como lo hacen los amigos. Accedió encantado y, dictándome, escribí los datos en la misma hoja de la dedicatoria. Allí quedaron registradas su ternura y mi infancia. 

Días después, estaba en mi casa releyendo el libro. Al terminarlo salí ansioso para comprar un cuaderno que sólo utilizaría para escribir poesías. Caminé hasta una librería cruzando la calle y mientras regresaba protegía las hojas de mi futura obra como mi amigo lo había hecho con la suya. Escribí mis primeros versos y fui a la cocina donde no me esperaban muchas mujeres o maestras, sólo estaba mi madre.

Cuando terminé de escribir varias poesías, las cuales algunas tienen títulos al estilo de Ramón, le puse por nombre a ese primer libro, entendiéndolo mejor a mi abuelo, Rafael.

Tierras de Adrogué

Adentrándose (Gloria)

Seguramente la corrupción es un mal que habita los pobres corazones desde siempre. Esto es lo mismo que decir que en todas las épocas existieron hombres dañinos. Pero algo ha empeorado, porque hemos perdido el equilibrio. Hace mucho tiempo que no aparecen hombres que luchen por imponer el modelo de la honestidad y del sacrificio para que no todo sea negativo. Habrá que invocar a las necesarias almas brillantes para que iluminen en la oscuridad. 

Este agotamiento de vivir en decadencia, con la experiencia de varios sistemas fracasados por los hombres y otro tanto por las mismas teorías, las cuales pocas veces han podido verse implementadas con pureza. 

Esta tristeza por ver la muerte constante que aniquila a la gente más desprotegida. Esta cruel falta de imaginación y de sueño comprometido que busque el cambio me ha llevado, como poeta, a desarrollar determinadas ideas que podrían inspirar, por fortuna, un debate. Algunas de las ideas podrán estar circunscriptas con precisión a La Argentina, otras podrían acomodarse quizá a toda Latinoamérica y, las más afortunadas conceptualmente quizá sirvan para discutirlas en muy diversas regiones. Y si ninguna de estas posibilidades consiguieran mis palabras me habrá bastado a mí, como ejercicio intelectual, para comprender un poco más el absurdo dinamismo político que hoy no tiene nada de arte ni de relación con la verdad del concepto que me dice que hacer política y que es buscar el bien común.

Tierras de Adrogué 2005

Tin Bojanic

Orgasmo, poética y asado albantés

Si así fuera la vida entera

entre gemidos, versos y entrañas

les aseguro que jamás la queja extraña

caminaría conmigo por la misma vereda.

Una enamorada poesía corteja

los labios que besan al orgasmo

mientras sin sutilezas degustando 

los pechos de una mujer que se deja.

Luego hay cervezas bien frías

buenos vinos, más las veces son berretas 

y alguna vez se presenta un gran cigarro.

Domingos de asado albantés bizarro

Con amigos relatando pequeñas escenas de historieta

que quedarán por siempre como ciertas alegrías vividas.

Qué lío se armó

Enero en el hemisferio sur es caluroso. Y como en este año pocos han podido irse de vacaciones, pareciera que la gente está estancada emanando sus broncas y haciéndolo a todo aún más caluroso. Que sí, a las Tierras de Adrogué le falta un río, o un mar.  Siempre imaginé que donde está la Avenida Espora debería estar la playa, o donde la Avenida Yrigoyen, así la tengo más cerca de casa…

         ¿Qué te pasa celular? ¿Quién llama…? 

Agustín – Fin del Mundo, buenas tardes.

Pedro – Hola, ahijado, te habla tu padrino, ¿cómo estás?

Agustín – ¡Eh!, ¿cómo estás? ¡Qué sorpresa!

Pedro – Quería llamarte para saludarte por el Año Nuevo y también para ver cómo estás con todo este lío que ser armó por allá. Estoy con la familia en Milano y la verdad que las imágenes que vimos por la televisión nos han dado mucho miedo. 

Agustín – Sí, acá se desarmó el país, es un naufragio. ¡Qué bueno que estás más tranquilo por allá! Qué bueno que llamaste…

Pedro – Estuvo un poco montada toda la caída de De la Rúa, parece, ¿no?

Agustín – Yo creo que la gente quería que se fuera, pero lo que no entiendo es que se hayan conformado con este cambio de muñecos sin elecciones. Fue muy jodido en la Plaza de Mayo durante el alzamiento y aún no se sabe cuántos murieron. Los peronistas, luego, aprovecharon la movida, eso está claro…

Pedro – No, esos qué van a ser peronistas, son una manga de oportunistas. 

Agustín – Qué sé yo, esto es un lío bárbaro. Dentro de poco no vamos a tener ni para el mate. En una de esas te voy a visitar por Europa, que allá todavía el Sistema funciona. Yo me había ilusionado el mes pasado con que se venía un cambio, y ahora veo que vamos para peor…

Pedro – Bueno, habrá que ver que se acomoden las cosas y ver qué pasa. Leo todos los correos que me envías y si no te contesto inmediatamente es porque estoy viajando mucho con la compañía. Veremos cuándo me hago una visita por allá y si necesitas algo avísame. Mándales saludos a los viejos. 

Agustín – Gracias, gracias. Cuidate por allá y te tengo al tanto de lo que ocurre por acá. Ya estoy llegando a casa así que avisaré que llamaste. Te mando un fuerte abrazo y nos vemos pronto, por acá o por allá. 

ASADO ALBANTES

Bouchard

De chico investigué los nombres de las calles de mi barrio de las Tierras de Adrogué. En la esquina estaba Bouchard quien me fascinó con su historia para siempre. Luego leería la genial novela El corsario del Plata de Daniel Cichero (sobre la cual escribiera un artículo muchos años atrás). Ahora, aquí, Miguel Angel de Marco nos entrega este libro con mucha documentación y detalles sorprendentes. 

Ramón y Rafael

Recuerdo que tenía diez años cuando en el Colegio Stella Maris de las Tierras de Adrogué la maestra nos hizo leer el libro Ramón del escritor uruguayo Roberto Bertolino. Quizá fuera la primera vez que leía unas letras absorbiéndolas profundamente. Por ese entonces ya leía bastante y le encontraba un encanto muy particular y artístico a las letras impresas en el papel. Para mí eran, y lo seguirán siendo, pequeños seres sentimentales que al juntarse, en maravilloso teatro, ansían emocionar al lector. 

       La suerte o el destino, uno de esos dos arquitectos de la vida, quiso que al terminar la lectura del libro la maestra nos presentara al autor. Desde el anuncio de su visita hasta su aparición estuve ansioso confundiendo inconscientemente ese futuro encuentro con el de mi abuelo escritor fallecido Rafael Jijena Sánchez. Conocería a un hombre con el mismo oficio, extraño en cualquier tiempo, que ejerció ese personaje de la familia que no llegué a conocer. No resultaba extraño, teniendo ese legado, que la palabra escritor generase en mí un efecto atrayente que me invitaba a develar un mundo secreto y desconocido.

       El día que Roberto fue al colegio me senté lo más próximo a la silla donde él se sentaría para firmar con su puño y letra nuestros maltratados ejemplares. Además de mi maestra vinieron al aula muchas otras, cosa que sorprendió a mi observación, concluyendo se había llenado el aula de mujeres. 

       Cuando finalmente el escritor ingresó donde nerviosas maestras y extrañados alumnos lo aguardaban, mi mirada lo golpeó con tanta profundidad que el hombre se sentó rendido. 

       Sonreía mucho y era muy cortés. Vestía saco y zapatos aunque nadie podrá recordarlo con exactitud porque sólo sus ojos de niño atraían a admirados alumnos y seducidas maestras.

       Luego que él contase las experiencias con las cuales había decidido escribir, que hoy no recuerdo, me acerqué para que firmara mi Ramón. Como si fuera padre del tiempo y de ese libro que yo le entregaba, lo tomó paciente con sus manos, acunándolo, para luego reposarlo en su falda y escribir: “con la amistad de Bertolino, Noviembre del ’87”.

       Olvidando mi aspecto infantil le estreché la mano como lo hace un hombre que sella una amistad. A un hombre de letras se le cree lo que escribe porque sus letras son él. Inmediatamente le pedí su dirección y luego su teléfono porque le dije que un día iría a visitarlo como lo hacen los amigos. Accedió encantado y, dictándome, escribí los datos en la misma hoja de la dedicatoria. Allí quedaron registradas su ternura y mi infancia. 

       Días después, estaba en mi casa releyendo el libro. Al terminarlo salí ansioso para comprar un cuaderno que sólo utilizaría para escribir poesías. Caminé hasta una librería cruzando la calle y mientras regresaba protegía las hojas de mi futura obra como mi amigo lo había hecho con la suya. Escribí mis primeros versos y fui a la cocina donde no me esperaban muchas mujeres o maestras, sólo estaba mi madre.

       Cuando terminé de escribir varias poesías, las cuales varias tienen títulos al estilo de las de Ramón, le puse por nombre a ese primer libro, entendiéndolo mejor a mi abuelo, Rafael.

Tin Bojanic – Tierras de Adrogué

Los Carrebici

A mi hermano Andrés Lucas y a mi amigo Francisco

Veranos y vacaciones siempre han sido buenos amigos de todos los niños. Es muy común que liberada la imaginación, con el beneplácito del ocio, se creen un sinnúmero de actividades para saciar la energía de ese período aún más joven que la juventud. Recuerdo, entre muchas ideas y entre muchos tiempos de recreación, la que hizo prevalecer mi hermano Andrés Lucas, quizá porque todos mis amigos estaban de acuerdo o porque ninguno había logrado inventar otra cosa mejor con la misma rapidez.

Así surgió el Club de los Carrebici. Para ser miembro bastaba poseer una bicicleta de carreras y estar dispuesto a acompañar silenciosamente, o con el ruido necesario, cualquiera fuera la misión que surgiera. Seríamos una bicicletería montada al servicio de quién sabe qué y no importaba definir el propósito. Entonces nos reunimos en un campito frente al colegio al que la gran mayoría pertenecíamos para celebrar la inauguración y el día histórico donde quedara por siempre vivo el Club de Los Carrebici. En una de las paredes, mi hermano, por ser el ideólogo o por ser el mayor, pintó con aerosol una C entremezclada con una B que sería nuestro emblema. 

Mientras comenzábamos a montar nuestras bicis para ir en búsqueda de vivencias llenas de fortunas o futuros recuerdos de la infancia llegó tarde al evento, o fue producto de la casualidad su aparición, Francisco, un amigo como los demás pero que no tenía una bici de carreras. La bicicleta de Fran no era muy elegante pero lucía un asiento banana que la distinguía de todas las demás y le brindaba mágicamente el aspecto de una motocicleta que podría alcanzar mayor velocidad que el resto de los vehículos, pero no era verdad. No sabíamos qué hacer. El Club Carrebici no podía tolerar una bici… banana… ¿qué fruta éramos los demás?

No recuerdo cuánto deliberamos el asunto pero yo observaba el rostro de Fran. Se mostraba preocupado pero, a la vez, montado en su distinguida bicicleta, era una amenaza. Bien podría arrollarnos a todos con sus gruesas cubiertas sin poder defendernos con nuestras finísimas estructuras.

Quedó, como tantos otros nombres, anecdótico e irónico. Los Carrebici habían aceptado un asiento banana… o habían hecho prevalecer el valor de la amistad… o habían salvaguardado sus finas bicicletas ante el posible pisoteo de una más grotesca que no soportaba una frutal discriminación…

LA HISTORIA DE MIS OJOS

Pangea humana

Comenzaré manifestando mi enemistad con las fronteras del viajero, corralitos pueriles que pretenden dividir a los hombres como si fueran de diferentes especies y destinadas a diferentes observaciones en un laboratorio. Tal arbitrariedad, como es de esperarse, no es complacida por la realidad y su fluir. Pues es mucho más sencillo diferenciar ciudades entres sí que muchos países inventados. 

         El terruño sincero corresponde a la ciudad o pueblo donde uno ha nacido o ha sido criado, o bien al lugar elegido para vivir los sueños y desafíos, o tal vez donde la persona encuentra las condiciones necesarias para liberar su potencial.

         Por ello es concebible, en mi caso, sentirme a gusto como buen tanguero por las callecitas de Buenos Ayres, y brindar en Madrid por algún poeta que allí se inspiró para inspirarnos, y proyectar futuros emblemáticos en una discusión llena de esperanza en La Habana… Si no alcanzo a ser muy heterogéneo en los ejemplos citados es porque hay pocas muestras más criticables de la segregación a la que acuso que aquella que entorpece a la hermosa nación del idioma español. 

         ¿Me contradije al detestar las divisiones e intentar, al mismo tiempo, señalar como muy particular el mapa de habla hispana? Es sano que haya conjuntos, es bruto negar y evitar las intersecciones. 

         Es claro, y si prosiguen disculpándome por este soliloquio que no puedo evitar escribir –tenga este un sentido magnífico o sea uno más entre los ejercicios a los que me tiene amaestrado mi cerebro mandamás- quise decir que me ilusiona pensar que la humanidad pueda restituir la Pangea a través del reconocimiento irrefutable de Hermandad. 

Tierras de Adrogué 2006

RIENDA SUELTA

Siempre Unidos

En el quincho de mi casa natal de las Tierras de Adrogué mi hermano Andrés había escrito el lema que mi padre le había adjudicado a la familia en una de sus maderas. En muchas ocasiones mi padre pronunciaba nuestro apellido y el primero que respondiese con un ¡Siempre Unidos! se ganaba un beso y algún regalo a cuenta. 

         Aquel que había crecido entre siete hermanos sabía muy bien del significado de la familia. También sabía muy bien lo que dolía enterrar a un hermano (una hermana suya falleció cuando niña) y fue cosa que siempre nos lo advertía como uno de los dolores más intensos que pudieran sentirse. Lamentablemente pudimos luego saber que tenía razón.

         Siempre Unidos era un mensaje que quiso tomáramos como consigna. Que la familia no se elige y que tan sólo se acepta, que a la distancia uno sabría que siempre el familiar, el de tu sangre, revelaría un valor diferente. Así recuerdo visitas que nos hiciera por Europa e insistía en que nos mantuviéramos unidos.

         En mis visitas a La Argentina fui reencontrándome con tíos y primos que hacía mucho que no veía. Especialmente para quien vive a miles de kilómetros y que ha cambiado su realidad diaria por una completamente distinta, volver a verse en los ojos de un familiar es una experiencia vívida y especial. Tal vez porque todos sabíamos lo que se avecinaba era que el acercamiento se hacía más intenso, más genuino. Ya no éramos los que nos encontrábamos para celebrar la rutina de algún cumpleaños, sino que nos abrazábamos reconociéndonos en el otro, y reconociendo que ese otro, mi padre, llevaba nuestra misma sangre.          

Pude charlar con mis tíos, compartir momentos con ellos, y sentir la hermandad de muchos de mis primos como no creía que ya sucedería con el transcurso del tiempo y sin que supiéramos nada uno del otro. Ese padre, ese tío, ese hermano, había unido a la familia, algo que quiso hacer siempre.

Fragmento Artesano de la vida