Ramón y Rafael

Recuerdo que tenía diez años cuando en el Colegio Stella Maris de las Tierras de Adrogué la maestra nos hizo leer el libro Ramón del escritor uruguayo Roberto Bertolino. Quizá fuera la primera vez que leía unas letras absorbiéndolas profundamente. Por ese entonces ya leía bastante y le encontraba un encanto muy particular y artístico a las letras impresas en el papel. Para mí eran, y lo seguirán siendo, pequeños seres sentimentales que al juntarse, en maravilloso teatro, ansían emocionar al lector. 

       La suerte o el destino, uno de esos dos arquitectos de la vida, quiso que al terminar la lectura del libro la maestra nos presentara al autor. Desde el anuncio de su visita hasta su aparición estuve ansioso confundiendo inconscientemente ese futuro encuentro con el de mi abuelo escritor fallecido Rafael Jijena Sánchez. Conocería a un hombre con el mismo oficio, extraño en cualquier tiempo, que ejerció ese personaje de la familia que no llegué a conocer. No resultaba extraño, teniendo ese legado, que la palabra escritor generase en mí un efecto atrayente que me invitaba a develar un mundo secreto y desconocido.

       El día que Roberto fue al colegio me senté lo más próximo a la silla donde él se sentaría para firmar con su puño y letra nuestros maltratados ejemplares. Además de mi maestra vinieron al aula muchas otras, cosa que sorprendió a mi observación, concluyendo se había llenado el aula de mujeres. 

       Cuando finalmente el escritor ingresó donde nerviosas maestras y extrañados alumnos lo aguardaban, mi mirada lo golpeó con tanta profundidad que el hombre se sentó rendido. 

       Sonreía mucho y era muy cortés. Vestía saco y zapatos aunque nadie podrá recordarlo con exactitud porque sólo sus ojos de niño atraían a admirados alumnos y seducidas maestras.

       Luego que él contase las experiencias con las cuales había decidido escribir, que hoy no recuerdo, me acerqué para que firmara mi Ramón. Como si fuera padre del tiempo y de ese libro que yo le entregaba, lo tomó paciente con sus manos, acunándolo, para luego reposarlo en su falda y escribir: “con la amistad de Bertolino, Noviembre del ’87”.

       Olvidando mi aspecto infantil le estreché la mano como lo hace un hombre que sella una amistad. A un hombre de letras se le cree lo que escribe porque sus letras son él. Inmediatamente le pedí su dirección y luego su teléfono porque le dije que un día iría a visitarlo como lo hacen los amigos. Accedió encantado y, dictándome, escribí los datos en la misma hoja de la dedicatoria. Allí quedaron registradas su ternura y mi infancia. 

       Días después, estaba en mi casa releyendo el libro. Al terminarlo salí ansioso para comprar un cuaderno que sólo utilizaría para escribir poesías. Caminé hasta una librería cruzando la calle y mientras regresaba protegía las hojas de mi futura obra como mi amigo lo había hecho con la suya. Escribí mis primeros versos y fui a la cocina donde no me esperaban muchas mujeres o maestras, sólo estaba mi madre.

       Cuando terminé de escribir varias poesías, las cuales varias tienen títulos al estilo de las de Ramón, le puse por nombre a ese primer libro, entendiéndolo mejor a mi abuelo, Rafael.

Tin Bojanic – Tierras de Adrogué

Los Carrebici

A mi hermano Andrés Lucas y a mi amigo Francisco

Veranos y vacaciones siempre han sido buenos amigos de todos los niños. Es muy común que liberada la imaginación, con el beneplácito del ocio, se creen un sinnúmero de actividades para saciar la energía de ese período aún más joven que la juventud. Recuerdo, entre muchas ideas y entre muchos tiempos de recreación, la que hizo prevalecer mi hermano Andrés Lucas, quizá porque todos mis amigos estaban de acuerdo o porque ninguno había logrado inventar otra cosa mejor con la misma rapidez.

Así surgió el Club de los Carrebici. Para ser miembro bastaba poseer una bicicleta de carreras y estar dispuesto a acompañar silenciosamente, o con el ruido necesario, cualquiera fuera la misión que surgiera. Seríamos una bicicletería montada al servicio de quién sabe qué y no importaba definir el propósito. Entonces nos reunimos en un campito frente al colegio al que la gran mayoría pertenecíamos para celebrar la inauguración y el día histórico donde quedara por siempre vivo el Club de Los Carrebici. En una de las paredes, mi hermano, por ser el ideólogo o por ser el mayor, pintó con aerosol una C entremezclada con una B que sería nuestro emblema. 

Mientras comenzábamos a montar nuestras bicis para ir en búsqueda de vivencias llenas de fortunas o futuros recuerdos de la infancia llegó tarde al evento, o fue producto de la casualidad su aparición, Francisco, un amigo como los demás pero que no tenía una bici de carreras. La bicicleta de Fran no era muy elegante pero lucía un asiento banana que la distinguía de todas las demás y le brindaba mágicamente el aspecto de una motocicleta que podría alcanzar mayor velocidad que el resto de los vehículos, pero no era verdad. No sabíamos qué hacer. El Club Carrebici no podía tolerar una bici… banana… ¿qué fruta éramos los demás?

No recuerdo cuánto deliberamos el asunto pero yo observaba el rostro de Fran. Se mostraba preocupado pero, a la vez, montado en su distinguida bicicleta, era una amenaza. Bien podría arrollarnos a todos con sus gruesas cubiertas sin poder defendernos con nuestras finísimas estructuras.

Quedó, como tantos otros nombres, anecdótico e irónico. Los Carrebici habían aceptado un asiento banana… o habían hecho prevalecer el valor de la amistad… o habían salvaguardado sus finas bicicletas ante el posible pisoteo de una más grotesca que no soportaba una frutal discriminación…

LA HISTORIA DE MIS OJOS

Pangea humana

Comenzaré manifestando mi enemistad con las fronteras del viajero, corralitos pueriles que pretenden dividir a los hombres como si fueran de diferentes especies y destinadas a diferentes observaciones en un laboratorio. Tal arbitrariedad, como es de esperarse, no es complacida por la realidad y su fluir. Pues es mucho más sencillo diferenciar ciudades entres sí que muchos países inventados. 

         El terruño sincero corresponde a la ciudad o pueblo donde uno ha nacido o ha sido criado, o bien al lugar elegido para vivir los sueños y desafíos, o tal vez donde la persona encuentra las condiciones necesarias para liberar su potencial.

         Por ello es concebible, en mi caso, sentirme a gusto como buen tanguero por las callecitas de Buenos Ayres, y brindar en Madrid por algún poeta que allí se inspiró para inspirarnos, y proyectar futuros emblemáticos en una discusión llena de esperanza en La Habana… Si no alcanzo a ser muy heterogéneo en los ejemplos citados es porque hay pocas muestras más criticables de la segregación a la que acuso que aquella que entorpece a la hermosa nación del idioma español. 

         ¿Me contradije al detestar las divisiones e intentar, al mismo tiempo, señalar como muy particular el mapa de habla hispana? Es sano que haya conjuntos, es bruto negar y evitar las intersecciones. 

         Es claro, y si prosiguen disculpándome por este soliloquio que no puedo evitar escribir –tenga este un sentido magnífico o sea uno más entre los ejercicios a los que me tiene amaestrado mi cerebro mandamás- quise decir que me ilusiona pensar que la humanidad pueda restituir la Pangea a través del reconocimiento irrefutable de Hermandad. 

Tierras de Adrogué 2006

RIENDA SUELTA

Siempre Unidos

En el quincho de mi casa natal de las Tierras de Adrogué mi hermano Andrés había escrito el lema que mi padre le había adjudicado a la familia en una de sus maderas. En muchas ocasiones mi padre pronunciaba nuestro apellido y el primero que respondiese con un ¡Siempre Unidos! se ganaba un beso y algún regalo a cuenta. 

         Aquel que había crecido entre siete hermanos sabía muy bien del significado de la familia. También sabía muy bien lo que dolía enterrar a un hermano (una hermana suya falleció cuando niña) y fue cosa que siempre nos lo advertía como uno de los dolores más intensos que pudieran sentirse. Lamentablemente pudimos luego saber que tenía razón.

         Siempre Unidos era un mensaje que quiso tomáramos como consigna. Que la familia no se elige y que tan sólo se acepta, que a la distancia uno sabría que siempre el familiar, el de tu sangre, revelaría un valor diferente. Así recuerdo visitas que nos hiciera por Europa e insistía en que nos mantuviéramos unidos.

         En mis visitas a La Argentina fui reencontrándome con tíos y primos que hacía mucho que no veía. Especialmente para quien vive a miles de kilómetros y que ha cambiado su realidad diaria por una completamente distinta, volver a verse en los ojos de un familiar es una experiencia vívida y especial. Tal vez porque todos sabíamos lo que se avecinaba era que el acercamiento se hacía más intenso, más genuino. Ya no éramos los que nos encontrábamos para celebrar la rutina de algún cumpleaños, sino que nos abrazábamos reconociéndonos en el otro, y reconociendo que ese otro, mi padre, llevaba nuestra misma sangre.          

Pude charlar con mis tíos, compartir momentos con ellos, y sentir la hermandad de muchos de mis primos como no creía que ya sucedería con el transcurso del tiempo y sin que supiéramos nada uno del otro. Ese padre, ese tío, ese hermano, había unido a la familia, algo que quiso hacer siempre.

Fragmento Artesano de la vida

Lluvia al cielo

Hay en mí una revolución de amor
Que se alza victoriosa con el canto
De tu nombre que ilumina cual farol
El sitio donde tu beso apaga el llanto.

Mueves tus ojos, flamea mi bandera,
Los cierran mis labios al vestirlos
Con el manto del silencio que venera
Tu acierto por oír lo bello que no digo.

Te provoco una sonrisa y vuelvo
Al cosquilleo del agua de la infancia
Donde la aprobación era esa mueca. 

Y al recorrer tus pieles sólo espero
El dictado de tus gemidos sin malicia
Sujetando mi amnistía insatisfecha.


Tierras de Adrogué

Besos de ajedréz

De príncipes y reyes

Gracias al queridísimo escritor Christian Masello he recuperado estas dos entrevistas que él me hiciera, las cuales sirvieron de excusa para crear una amistad. Y qué tesoro es descubrir el haber despertado interés en un hombre de letras que uno admira.

Las Cicatrices de la Muerte

Corría el año 1978 en las Tierras de Adrogué. Aún no había cumplido un año de existencia fuera del refugio de mi madre. El mundo era apenas cosquilleo y sombras extrañas. Todas las emociones que hoy parecen triviales en ese entonces eran tremendas aventuras a las profundidades de lo desconocido. El miedo era siempre la primera experiencia. Cada día que me despertaba parecía que volviera a nacer. Pocas cosas recordaba del día de ayer y lloraba con la misma desesperación que la primera vez, con la misma angustia y desconcierto. 

         Mis días transcurrían reconociendo olores y voces. Practicaba el vértigo cuando arriesgaban mi vida pasándome de unos brazos poco conocidos a otros completamente desconocidos. Creo que en eso se basaban mis pesadillas de aquellos días, por el miedo a caer o que nadie se quedara finalmente conmigo.

         Puedo imaginar la sorpresa de verme en un planeta desconocido. ¿Quién me había enviado? ¿De dónde venía? ¿A qué había venido? Seguramente no utilicé esas palabras por desconocerlas, pero estoy seguro que si la razón y su inteligencia es la misma durante toda la vida debo haberme cuestionado desde ese día estos planteos, los mismos que continuaré reflexionando hasta el final de mi existencia. 

         Allí aparecieron mis primeras sonrisas, ninguna de ellas forzada, libres y sin falsía. En ese tiempo empecé a registrar las vivencias en las que me involucraba. Porque todo transcurría a mí alrededor. No sabía qué otras cosas sucedían a mayor distancia. Mi observación se limitaba a mi entorno y a lo que a mí me pasaba.        

         Un día las cosas cambiaron. Con la señora que más tiempo estaba conmigo, que tras investigaciones concluí era mi madre, y un hombre muy chiquito, que con el tiempo deduje era mi hermano Alejandro, nos metimos en una habitación fuera del lugar donde dormíamos y tras unos ruidos espantosos nos movimos alejándonos de nuestro punto de partida. Definitivamente eso debía ser un coche. 

Yo estaba mojado y no era culpa mía. Mi madre y hermano también tenían agua encima. Imitaba sus movimientos para secarme, estaba entrambos mirándolos a izquierda y derecha. Pero lo sorprendente fue que si bien veía caer agua como bebés de brazos temblorosos, en la habitación que se movía, a nosotros no nos afectaba.

         No sé bien a dónde nos dirigíamos. Recuerdo que a los breves instantes registrados el coche empezó a temblar, como de frío. Estaríamos ya transitando el empedrado de la calle Nother de mis Tierras de Adrogué.

         De pronto sentí el mayor de los sustos. Un ser mucho más alto que mi papá, y de forma extraña, nos golpeó con toda su fuerza metiéndose en el coche y empujándome hacia el fondo del mismo. El ruido que hizo fue tremendo y no escuché más las voces de mi madre y de mi hermano. Los veía gritar, pero yo no les escuchaba. El agua que recorría mi cuerpo ahora era roja intensa y no me acariciaba, me dolía donde había. Luego escuché que el ser que me había lastimado se llamaba Poste de Luz.

         Yo era el único que tenía el agua roja encima. Pero la desesperación era mayor en quienes distinguía confusamente, porque sin darme cuenta me dormía por momentos en el más profundo sueño. Esos eran los descansos de mi dolor. 

         Mi madre me tomó en brazos y mi hermano la siguió en su carrera al hospital. Eran tiempos turbulentos en la vida política de La Argentina y nadie entendía lo que sucedía. No era conveniente para los demás involucrarse en una historia que sentían ajena. El no meterse en los problemas que afectaban a los demás engendró esa enfermedad que invadió gran parte del cuerpo de la sociedad que fue la indiferencia.

         Al llegar al hospital, empujados por la desesperación, manos blancas se me acercaban para luego alejarse bañadas en mi sangre. Todo mi mundo eran formas blancas y de color rojo, de una conciencia asustada y de un sueño profundo que sentía me arrastraba lejos de allí. No sé bien cuánto tiempo estuve entre los esfuerzos de esos que intentaban siguiera despierto y esa otra fuerza que acechaba mi débil aliento. No estaba preparado para luchar por la vida si no sabía qué era la vida. 

         Entonces, aunque tan pequeño, viví una experiencia que marcaría no sólo mi rostro con heridas, sino también mi inconsciente con el certero encuentro, el primero, con la muerte. Tendríamos muchas más citas luego.

Por alguna razón el destino quiso que aún no me fuera. Alguien había decidido que me quedara. Gracias al esfuerzo de los médicos y una bendición que trascendía las circunstancias normales fui recuperando las fuerzas. Ya no tenía que preocuparme por los riesgos de caerme que pudieron haber sido los protagonistas de mis primeras pesadillas: había vencido a la muerte… o ésta me daba más tiempo. ¿A qué otra cosa le tendría miedo tras superar esa contienda?

         Volví a ese mundo que poco conocía pero donde tanta gente se había preocupado para que continuase junto a ellos. Debía haber una causa oculta que debería develar con el tiempo. Si alguien más poderoso que la muerte había resuelto que yo la venciera respondía a un plan misterioso que mi vida entera, quizá, develaría.

La historia de mis ojos

Carta al Príncipe de Albanta

martes, 5 de marzo de 2013

Príncipe de Albanta

Mi Señor:

Nuevamente fui al Banco Galicia, sucursal Adrogué,  (Ud. en Barcelona) a fin de solicitar el libre deuda que me encargara.

Un poco reticentes, aclaro que fui sólo vistiendo ropa de calle, pero cuando hablé de España, de que era el padre del Príncipe de Albanta poeta, la conversación se fue distendiendo de a poco.

La empleada, con aspecto de poca lectura, se fue interesando cada vez más de su mundo y poniendo menos interés en su actividad específica, a tal punto que me hizo preguntas y más preguntas sobre su persona, sus actividades y en especial su mundo de poeta.

Ni tonto ni perezoso, la fui entusiasmando de a poco, a tal nivel que me manifestó que su vocación era la literatura y que en el banco se hablaba de cualquier cosa menos de ello.

Cosa curiosa, como yo llevaba conmigo uno de sus libros de poemas, se lo presté, y como tocada por una varita mágica comenzó a leer en voz alta y cada vez más alta.

Entre poema y poema, se me ocurrió, vaya ocurrencia, la idea de traer al banco el mundo de la poesía.

¿Y si con el resumen de cuenta se les hace llegar a los clientes un poema del Príncipe?

¿No sería mala idea, en vez de tanto cartelito anunciando créditos, la felicidad de tener un auto nuevo, anunciar que el Galicia era el nuevo banco de la Poesía?

Al principio se tentó de la risa, pero en ese momento se incorporó quien resultó ser la Gerenta, nada menos.

Al rato se puso ella misma a leer sus poesías.

El público, que colmaba en ese momento el banco, comenzó a interiorizarse de tan original actividad.

De a poco se fue transformando en un recital, sí mi Señor, un recital en un banco, ¿fantástico, no?

De repente recordé haber visto unos cuantos ejemplares, mas que cuantos unos muchos, que rápido fui a retirar de mi casa y llevé al banco.

Cuando volví todo era alegría, la gerente parada sobre una silla leyendo poesía, la gente feliz de la novedad, los afiches típicos del banco habían sido dados vuelta, y habían escrito leyendas, vaya uno a saber quien, que rezaban: “VIVA EL PRÍNCIPE DE ALBANTA”, “BANCO DE LA POESÍA”, “MAS POESÍA Y MENOS MATERIALISMO”, “BANCO DE GALICIA Y DEL PRINCIPE DE ALBANTA”.

Ante semejante oportunidad, comencé a repartir libros suyos a cuanta persona se me acercaba, todos agradecidos, nadie quería hacer ninguna actividad bancaria, es como si hubieran descubierto un mundo nuevo.

Cada vez que se terminaba de leer un poema los aplausos, que se podían escuchar desde la calle, hicieron que mas gente se incorporaba a lo que ya era un Festival de la Poesía.

Pero de repente, escucho una voz que dice: Jijena, Jijena. Presuroso respondí al llamado y la empleada me manifestó un poco secamente: -En diez días a partir del cierre de la cuenta puede solicitar el libre deuda-.

En ese momento, fue como que me hubieran cortado la inspiración, le di las gracias y cuando giré la cabeza para seguir disfrutando del momento, todos se habían callado, hacían cola nuevamente, los carteles ya no estaban.

No lo podía creer, como la vez que fui con el Regimiento, recuerda y de repente no estaban más. Sobre una mesa estaban todos sus libros, los mismos que había traído. No sabía como hacer para llevar tantos al mismo tiempo, miré hacia mi alrededor si a alguien lo podría interesar, pero nada, miradas frías, indiferentes, viendo el papel que hacía con un enorme pila de libros que en cualquier momento terminaría en el piso.

Me volví en silencio, casi triste, todo había pasado. ¿Un sueño? ¿Una alucinación?

Caminando me volví a mi casa, iba pensativo hasta que de repente comprendí lo que me había sucedido.

Es que pensando en Ud. mi señor, en su mundo de poesía, tan opuesto al del lugar donde me encontraba, que cual epifanía, sentí que había descubierto yo , padre de poeta, el mundo de la poesía, que me había hecho vibrar de emoción y sentirlo en ese momento, más hijo, más poeta y más conocedor de la vida.

Su seguro servidor

Don Sancho (Fernando)

Tierras de Adrogué

Los Captores

Éramos unas doscientas personas alineadas contra la pared. Había niños, mujeres, embarazadas, hombres de todas las edades, gente muy mayor. Todos habíamos sido seleccionados bajo una única condición: debíamos ser unos  doscientos argentinos.

Sucedió en la localidad de Burzaco, en el partido de William Brown. Todo fue en una de sus calles céntricas muy cerca de la estación de trenes. 

Los captores se presentaron a las 8 de la mañana. Eran unos 20, entre hombres y mujeres, y todos muy jóvenes. Aparecían y desaparecían de escena con fantástica destreza. Uno de ellos, hombre de unos treinta años se mostraba como su líder, por cómo se desenvolvía y porque presentaba ropas más costosas, por haber comandado otros secuestros anteriores probablemente. Y había una mujer digna de admirarla en rudeza, que vestía a medias un uniforme (¿robado?) de la Policía Bonaerense  y que se mostraba como lugarteniente del líder. 

No hubo necesidad de confiscar los teléfonos de los inocentes, ya que todos eran nomás que pueblo: nadie tenía saldo para realizar llamadas y pedidos de rescate. 

A las 0930 dejé la formación y me dirigí a hablar con el comandante del operativo, ante la sorpresa de mis ocasionales compañeros y miradas estudiosas de los malvivientes. El silencio de mis pasos generó mayor suspenso. Fueron unos cincuenta metros que debí caminar, y lo hice preparado para recibir cualquiera fuese el castigo que ellos hubieran previsto para situaciones como aquella. Todos permanecieron inmóviles y el jefe de la banda se posicionó para recibirme en su metro cuadrado de poder y falsa autoridad; miró a sus subordinados en gesto de suspender que interviniesen y me dejó hablar…

Yo: Señor, hace hora y media que estamos aquí sin saber cuál es la situación y quisiéramos…

Jefe: ¡A las ocho de la mañana se informó que nos quedaremos así hasta que nos regresen La Luz para poder continuar con nuestras operaciones!

Yo: ¿Sabe cuándo puede suceder eso? Que hay mucha gente que no sabe lo que sucede y el nerviosísimo irá en aumento… ¿Puedo saber cuáles son sus demandas?

Me retiró la mirada y ordenó a una de sus seguidoras que recorriera la fila humana diciendo que no habría cambio alguno hasta que no volviese  La Luz, y que nos dejáramos de joder. 

Era enero y verano. La temperatura iba en aumento. La gente, comenzaba a desplazarse muy suavemente buscando oportunidades de sombra. Nadie se animaba aún a sentarse en el suelo, ni los más ancianos se atrevían a sugerirlo. 


Al comprobar que eran ya las 11 de la mañana me preguntaba si después de tres horas comenzarían los desmayos. Y comenzamos a hablarnos entre los prisioneros para darnos ánimo. ¡En eso descubrí que algunos habían caído en la trampa desde las 6 de la mañana!

Si tras cinco horas nada había sucedido para los primeros desgraciados comencé a imaginar que esa situación bien podía prolongarse indefinidamente.

Un italiano decía “yo tenía un país”,  una joven morocha suplicaba “me quería casar”, una señora mayor gritaba “las piernas no me dan más”, y una niña a su madre le reclamaba “¡diles que me hago pis!”

Decidí volver a hablar con el jefe. Serían las 1110 de la mañana…

Yo: Señor, los niños están muy asustados, las mujeres a punto de derrumbarse, las niñas conteniendo el llanto, las embarazadas terminarán muy mal, y he descubierto que hay varios extranjeros rehenes por error… La gente necesitará un baño, allí dentro hay sillas, ustedes tienen agua…

Casi en ese mismo orden que los fuera nombrando liberaron a mucha de la gente descripta… También, mientras se reían cínicamente de todos nosotros, comenzaron a ofrecernos emparedados y gaseosas a quienes pudieran pagarlos. Es decir, los captores hacían mínimo negocio ante la desesperación, mientras seguían reclusos en el silencio de la espera de La Luz, que para entonces, cerca del mediodía, nos preguntábamos si esa “luz” a la que hacían referencia no sería una proveniente del espacio exterior y entonces nuestra encrucijada fuera aún más demencial. Y quienes habían sido liberados no traían grupos de rescate… Pero algunos más lograron escapar.

Por allí se escuchó que a las 15 seríamos liberados. Eso nos dio fuerzas. El jefe se mostraba ya más disperso, como próximo a entregarse, y sentí -o soñé- que se disculparía… Y a las 1258 dos captores cruzaron la calle para no volver. Y a las  1302 otra de las malas mujeres huyó. 1315 un cuarto integrante arrepentido se fue. Todo parecía que la situación tendría un final anterior al previsto. 

Entonces éramos unos cincuenta rehenes. Aún había ancianos, aún mujeres. Pero todos estaban por el suelo -literalmente- con la moral ya destrozada.

Yo sabía que podíamos vencerlos. Pero la pasividad del grupo engrandecía su menosprecio. Nuestra resignación nos llevaba a que no nos respetaran. La falta de solidaridad es la eliminación de la empatía, creyendo reconocerse uno mismo cosa diferente del otro. 

Son las 1354. Dos monjas extranjeras le gritan al jefe y, jugándose las consecuencias, se retiran tomadas de la mano sin volver la vista atrás. Y una pareja evangelista nos reparte unas plegarias escritas con tinta roja en unos papeles callejeros.

El grupo malvado estaba ya disperso entrada las 14 horas. El jefe daba pena ya, y parecía haber pedido el mando. Su demanda se había desoído. Lo que pretendió jamás se comprendió. La gente nunca supo qué es lo que sucedía. Otros captores capitularon. La gente comenzó a cruzar la calle. Algunos padeciendo el síndrome de Estocolmo: saludaban a los malos con un adiós y alguna vez oí decir gracias…

Me abracé con una mujer muy bella de algunos años menor que yo y cruzamos la calle mirándonos a los ojos sin poder aún creer lo que habíamos vivido, sabiendo que esa experiencia nos cambiaría la vida, la vida que pudimos conservar. 

Superado el miedo me detuve en la esquina y podía oír las risas de los captores de menor rango probablemente burlándose de su jefe, burlándose también de todos nosotros. Ninguno de ellos se habrá quedado hasta las 15 como habían dicho: no eran gente de palabra ni tenían las ideas claras. 

Pero el jefe, tal vez sí, quizá aún se encuentre allí planeando volver a intentar su golpe en su teatro de operaciones donde fue y será rey: el Registro Nacional de las Personas de Burzaco. Donde mañana otros podrán caer prisioneros e irse privados de sus documentos nacionales de identidad, es decir, sin pertenecer a un Estado (que te obliga a pertenecer). Y yo siento que aún sin que podamos sentirnos -o lograr ser- miembros de un Estado, si los prisioneros nos hubiéramos sentido parte de una misma desgracia, quizá, y me hubiera bastado, hubiéramos sentido que por lo menos éramos sí parte de un mismo país. 


Tin Bojanic

Tierras de Adrogué

El aleteo del alma

De lo mundano a lo celestial

A mi padre

Por tener que consentir a un hijo 

Que sólo intenta poder honrarlo 

Ennobleciendo el apellido con las letras.

A todos los hombres de todos los tiempos

Que extendieron las alas de la razón

Para volar hacia la sabiduría.

“El hombre no es principio ni fin,

creo que es continuidad”.

Adentrándose

En un mundo donde lo predominante es el dinero y sus sistemas de obtención y administración, yo me he ocupado de observar al hombre por lo que es,  y no por lo que tiene o puede llegar a poseer materialmente. 

            El ser humano es un ser que participa de una creación divina y por ello no puede desentenderse de las razones y causas en las que se encuentra involucrado desde su nacimiento. Negar las condiciones distinguibles que posee el hombre con respecto a toda la naturaleza es absolutamente necio por la falta de sabiduría, cobarde por la falta de atrevimiento a ver más allá de la apariencia, y mediocre por no querer superarse a sí mismo intentando extraer a la luz lo mejor de su esencia.

            Todos los hombres nacen iguales, no hay religiones, leyes, razas, que puedan engrandecer algunos y empequeñecer a otros. Cada uno avanza o asciende según la fuerza y pureza de su corazón. No hay límites para quienes escuchan sus nobles latidos que jamás podrán ser equivocados o malignos. 

            De esta manera creo que los hombres se diferencian entre sí por el nivel de vuelo que hayan alcanzado durante sus vidas entendiendo que su destino es el Cielo. Solamente los desgraciados de espíritu no extenderán sus alas y no volarán. 

            Así me he atrevido a idear un camino de ascenso hacia los aires que va desprendiéndose de lo mundano para alcanzar lo celestial. Esto no es una estructura cerrada ni obedece a un dogma certero, sencillamente es una apreciación poética de la liberación del alma, encerrada en el cuerpo, en el transcurso de la vida a la muerte. A ella van dirigidas estas palabras, al alma mía, para clarificar un poco mis ideas, y quizá debatir con otras de cuerpos ajenos para alcanzar la liberación de todas. 

            No puede ni debe haber un sueño mayor que tenga la vida en la muerte que el de conseguir el ascenso del alma.

Tierras de Adrogué, 2001

El aleteo del alma