“Como si nada hubiera pasado, otra vez está Carlos en la puerta de la Biblioteca Volver donde se encuentra su entrañable amor. Sin darle tiempo a ingresar lo detiene en la puerta el cuerpo de la mujer. Él sonríe, ella lo mira desencajada. El morocho intenta abrazarla y ella lo detiene pidiéndole explicaciones sobre por qué había regresado cuando en el último encuentro todo había quedado claro. Gardel la mira con gesto ganador y le dice que él sabe muy bien que ella aún lo ama y que no entendía por qué tanta negación a un amor que buscaba reconciliarse con el tiempo perdido. Ella, tomándolo de los hombros, con tono maternal y conciliador le dice que no se trata de rencor, sino, precisamente, de amor, que ella ya no lo amaba, y que debió haber estado equivocada cuando amaba a un hombre que sólo amaba a su leyenda. Después de unos instantes pensativos, el varón, le dice que por ella está dispuesto a destruir la leyenda y eliminar toda evidencia de Gardel de la historia y que, entonces, nunca se hubieran separado. Violeta lo mira confusa y le recomienda que se haga ver con un especialista, pero que ella no quería ni tenía intención de ayudarlo a resolver sus delirios”.

Fragmento del cuento “Volver” del libro SUR-REALIDADES

Noche de trenes

Bailamos cuatro o cinco tangos, milongas. Algunas veces hicimos buenas demostraciones, y otras veces fue más importante pegarnos los cuerpos y hacer que el baile era asunto nuestro y punto. No sé si respetamos demasiado a la pista… Pero es que esa mujer, alta de fragilidad pequeña, morocha con rasgos de mireya, boca en mueca de felicidad tras haber maldecido tristezas, y ojos de mar con la velocidad de un río… Sus pechos estaban ocultos tras una blusa fea, pero al tantearlos bailando con mis manos recorriendo el espacio que hay entre ellos y la espalda pude comprobar lo atentos que se encontraban. Y su pollera muy bien elegida, larga y negra muy afianzada a sus caderas. Esa pollera provocaba excitación en ella misma sabiéndose gustosa, y a todos los demás en un sinnúmero de ocurrencias de infidelidades oníricas en todos los otros que poseían otra mujer en sus brazos. Todos, mirándonos, o debo decir, mirándola, o debo concluir, mirándoselo…

Fragmento del libro Mi escritor favorito