Noche de trenes

Bailamos cuatro o cinco tangos, milongas. Algunas veces hicimos buenas demostraciones, y otras veces fue más importante pegarnos los cuerpos y hacer que el baile era asunto nuestro y punto. No sé si respetamos demasiado a la pista… Pero es que esa mujer, alta de fragilidad pequeña, morocha con rasgos de mireya, boca en mueca de felicidad tras haber maldecido tristezas, y ojos de mar con la velocidad de un río… Sus pechos estaban ocultos tras una blusa fea, pero al tantearlos bailando con mis manos recorriendo el espacio que hay entre ellos y la espalda pude comprobar lo atentos que se encontraban. Y su pollera muy bien elegida, larga y negra muy afianzada a sus caderas. Esa pollera provocaba excitación en ella misma sabiéndose gustosa, y a todos los demás en un sinnúmero de ocurrencias de infidelidades oníricas en todos los otros que poseían otra mujer en sus brazos. Todos, mirándonos, o debo decir, mirándola, o debo concluir, mirándoselo…

Fragmento del libro Mi escritor favorito