Te Extraño Hermano,

Me gustó mucho tu poesía acerca de la amistad y pude darme cuenta, que aquel amigo era el gran amigo que decías tener, Jesucristo.

Creo que será la más cómica de tus poesías esta última. Porque en un mundo tan materialista, individualista y sin, o con falsos ideales, no le dan oportunidad a Él.

Aquel que fue amor todo, ternura completa y entrega absoluta. El personaje histórico más importante que haya pisado este contradictorio mundo, es pocas veces recordado.

Los buenos actos no deben ser sólo para complacer a Dios, pues estarían subordinados a la falta de humildad. Deben ser buenos en sí, nacer dentro de nosotros, en el corazón, y poseer la voluntad de realizarlos ignorando la existencia de Dios.

En este mundo donde la Libertad, la Paz y el Amor son menospreciados es difícil la esperanza, pero no debe perdérsela nunca por ser nuestro tesoro más valioso. Buscaste a Jesucristo por todas partes, hasta que lo encontraste dentro de vos y brindaste amor desinteresado.

La felicidad no puede ser alcanzada individualmente, pues se alcanzaría el egoísmo. A la felicidad sólo se llega en compañía.

Entendiste que la vida es algo más que una vegetación, el hombre es un ser que ama y se apasiona, no puedes quitarle eso porque dejaría de ser hombre. Vive cada día con la certeza de la incertidumbre de no saber si será el último. Porque tenías la certeza, el hombre enfrentará a la muerte; su distinción será su particular circunstancia.

Aquel mensaje social tan materialista vos supiste opacar, no con algo mayor porque no se trata de cosa material sino con palabras que poseen grandeza. Cuando decimos que somos nunca lo hacemos con relación a algo complementario sino con respecto de lo que uno es desde que vino al mundo, simplemente un ser humano. No pretendas llevarte algo al Cielo; preocúpate en dejarlo todo aquí en la tierra.

Me enseñaste a leer el evangelio, me pediste que lo hiciera, sabiendo que me gustaría. Iluminaste mi camino con generosidad y humildad.

Agustín Elías

Fragmento de LIBERTAD ESCLAVA

La vida del mar

Alo es una ola, pequeña y tranquila nacida en el Mar Adriático, que disfruta como pocas otras semejantes recorrer los mares, buscando aventuras y haciendo amigos. Con diversas ocasiones ha demostrado una gran destreza y creatividad. En todas las playas le aplauden cuando llega porque saben que ayudará a todos los niños que esperan con sus barrenadoras divertirse locamente con sus esfuerzos. Y  como tiene muchos amigos delfines, puede llamarlos para que acudan al rescate si alguno de los niños cae tras una pirueta arriesgada en aguas algo profundas. Pero entre todas las orillas siempre ha tenido por favoritas a las de Honolulu en Hawaii, porque cada vez que pasa por allí escucha que la gente se saluda con un “Alooooha” y se jacta cuando dice que es debido al agradecimiento que sienten por su buen desempeño como ola…  

Los padres de Alo creen que debería ocuparse en pensar qué hará de su vida más allá de divertirse con sus amigos marinos y comenzar a intentar conseguir una novia con la cual casarse y formar una familia. También sufre una presión agregada por saber que un día deberá hacer algo destacable por el buen nombre de su familia o por el bien de todas las olas del planeta. En cuanto a hallar una novia, cree que las mareas del destino le acercarán a la ola más tierna de todas con la cual salpicarán besos la vida entera criando olitas en felicidad.

Siendo invierno en el hemisferio norte donde está su casa, planeaba un viaje muy al sur, para reencontrarse con el verano y una muy especial empresa. Debido a la gran fascinación que siempre le han producido los mapas y sus ganas de probarse a sí mismo, decidió realizar algo que nunca en la historia del oleaje conocido alguna ola semejante había hecho. Siendo una ola salada quería adentrarse en la leyenda viviente del Mar Dulce e inscribir su nombre en las páginas célebres de la oceanografía. La expedición tenía entonces por nombre y rumbo ¡el misterioso Río de la Plata en Suramérica!

Sin avisar a nadie se despidió de su familia en las orillas de la Isla de Hvar y comenzó a nadar hacia el sur. Luego contorneó la Península Itálica para descansar brevemente en las playas del sur de Sicilia. Más tarde visitó a unos amigos en Sardegna que al oír su aventura decidieron acompañarlo hasta el encuentro del Mediterráneo con el Atlántico Norte apoyándolo en su misión. Alo junto a sus amigos dio vueltas alrededor de las Islas Baleares: Menorca, Mallorca, Ibiza y Formentera, ¡cuántas veces había ido a fiestas de cumpleaños por aquellas aguas! No planeaba despedirse trágicamente de su barrio del Mediterráneo pero no sabía muy bien cuándo volvería. Por ello sus movimientos eran  algo nostálgicos. Pero también, y es cosa cierta, sabía que estaba dando unos grandes nados en su crecimiento y muchas cosas cambiarían en su vida. Por esa misma razón es que, de alguna manera, se despedía de costumbres que quizá ya no haría en el agua tan a menudo. Porque cuando uno está decidido y se lanza a capturar el destino que nos espera resurgen vertiginosas emociones que, liberadas, pueden transformar todo lo que era habitual hasta ese momento. Entonces no fue extraño que mientras observaba las costas de Argelia o de Marruecos se planteara varias veces suspender la expedición. Es que la emoción por la aventura era muy intensa y quizá él no estaba preparado para eso. Es cierto que su orgullo no le permitiría regresar sin haberlo intentado, pero no era ese el impulso más grande que le daba las fuerzas para continuar. Su fuerza estaba en la convicción que allá en el Sur algo estaba esperándole. 

Cuando pudo reconocer a la Isla de Madeira en la inmensidad del Océano Atlántico Norte decidió quedarse allí a pasar la noche. Le costaría mucho conciliar el sueño debido a las grandes ansias de llegar a la meta fijada. Pero sabía que debía descansar porque después que saliera el sol estaba decidido a nadar ininterrumpidamente. Conocía muy bien, porque las había estudiado, las diferentes corrientes marinas que lo llevarían con menor esfuerzo y mayor rapidez. También contaba con encontrarse con algún delfín en alguna etapa, y no era porque les pediría transporte, ¡es que la risa de los delfines eran su melodía favorita y aligerarían la ansiedad del viaje! 

La madrugada llegó y Alo despertó a sus sales. Reanudó la navegación y su próxima parada sería el  noroeste de África donde están ubicadas las Islas Canarias. De allí cruzó a las Islas de Cabo Verde, límite de sus aventuras por los mares del norte hasta ese día, y fue feliz al cruzarlo. Comenzó a escuchar aplausos de aletas y reconoció a un delfín festejándole.

Alo – ¿Qué aplaudes delfín amigo?

Delfín – Te aplaudo Alo porque sé que es la primera vez que vas tan lejos.

Alo – ¿Nos conocemos? 

Delfín – Claro que sí, soy un delfín y has conocido a muchos y cualquier delfín son todos los delfines.

Alo – ¿Pero cuál es tu nombre? 

Delfín – Ya lo sabes, soy Delfín, y nada más. A nosotros no nos preocupa diferenciarnos entre sí. El rescate de un niño por parte de un delfín es el logro de todos, porque cualquiera de nosotros lo hubiera hecho de haber estado en ese lugar. 

Alo – Entonces quizá mi aventura no sea tan egoísta y la haga en nombre de todas las olas del mar. 

Delfín – Así me gusta Alo, que pienses colectivamente intentando hacer algo desde uno pero en función de los demás y no tan sólo para diferenciarte o lograr una gloria vanidosa. Porque la única gloria verdadera es la que puede ser compartida.

Alo – Entonces, amigo mío, ahora nadaré con renovada decisión. Cada ola del mar que encuentre será reencontrarme con los míos. Siempre he sentido al mar como un barrio inmenso que es de todos. Cuando llegue al río que pretendo lo sentiré mi casa como igualmente bienvenidas serán las olas del sur cuando quieran nadar por mi amado Adriático.

Delfín – ¡Mucha suerte Alo! Aunque no dependas de la suerte sino de tus verdaderas ansias. Todo será lo que busques que sea y nadie puede detener a la fuerza del mar.

Continuando el viaje y tras saludar a la Isla de Ascensión se dirigió decidido mirando al sudoeste imaginando encontrar en sus ojos muy pronto al Brasil.  Vaya la sorpresa que sintió cuando otra ola le indicó que ya se encontraba en Punta del Este, ya muy cerca de la boca del Río de la Plata. Evidentemente había nadado muy rápidamente y fueron varios los delfines que lo acompañaron. Necesitaba un descanso y pensó en continuar viaje con fuerzas renovadas luego de un merecido reposo. ¡Había nadado desde el Hemisferio norte al sur y atravesado el Océano Atlántico desde el este al oeste!

Muy temprano para el sol, comenzó Alo a dejarse llevar por la corriente, disfrutando del momento de poder ingresar en el Mar Dulce. Pero la fuerza de ese Río de la Plata parecía repeler el avance. Tuvo que hacer más fuerza de lo habitual y lanzaba exclamaciones dándose ánimo. Algunas olas que lo observaban sin entender le preguntaron qué es lo que pretendía siendo una ola salada queriendo ingresar en aguas dulces. Una y otra vez debía explicar sus ansias de querer ser la primera ola de agua salada que ingresara en el Mar Dulce. Todas las olas con las que hablaba se mostraban escépticas de poder llevarse a cabo esa misión y, aún cuando fuera posible, no lograban entender la razón de hacerlo. Ciertas olas le advertían que podía morir en el intento, otras decían que estaba prohibido que las olas saladas se juntaran con las dulces, y había quienes le aseguraban que sería tomado prisionero o expulsado por aquellas distintas aguas. A todo esto, Alo respondía que todas eran conjeturas y que, en definitiva, tanto las saladas como las dulces no eran más que agua, de diferente color y sabor, pero olas en esta vida.

A medida que iba avanzando podía observar que las aguas comenzaban a entremezclarse. Por momentos parecía que fuera mar azul, y por otros, oscuro río. Notó que debía hacer mayor fuerza al nadar en aguas del Río de La Plata. Las sales del mar que permiten una mejor flotación no se encontraban en esta aventura. Y Alo, como ola valiente, no pretendía dejarse hundir y formar parte de las aguas pasivas de las profundidades, aunque eso significara avanzar más tranquilamente. Él era una ola y debía permanecer como tal y en todo momento y bajo cualquier circunstancia, ¡siempre en la cresta! Donde fuera que debía llegar era su anhelo hacerlo como quien era, una ola, sin importar si alguien lo reconocería, porque los ojos de los seres auténticos pueden reconocerse a sí mismos sin falsía. 

Mientras navegaba adentrándose en el Río de la Plata saboreaba las nuevas aguas dulces. Intentó comparar el sabor con otros frutos de mar pero no halló nada parecido. Hubo alguna que otra ola que lo miró con recelo, y hasta una muy vieja le increpó por incursionar en aguas diferentes alegando que las aguas dulces nunca habían invadido a las saladas y que todo esto parecía una provocación irresistible. Pero Alo había sido educado en el arte de la conversación y no buscaba problema alguno. Bastaba con explicar sus sanas intenciones de búsqueda y exploración para que no fuera necesario batirse a duelo con ningún agua. En tiempos más imprudentes solía aceptar la afrenta de extraños que sólo buscaban molestar a los demás y entonces debía saltar para con su pecho golpear a la ola perturbadora. Pero siempre se increpaba a sí mismo, más allá de los aplausos insensibles que suscitaba, por no haber sabido resolver la situación con su discurso y tenerlo que hacer por la fuerza. 

No podía creer por instantes que se encontraba nadando en el Río de la Plata. Ese Mar Dulce que tantas veces había observado con curiosidad en mapas desde Europa ahora era su medio de movilización, su barrio temporario, o quizá lo fuera por siempre. A lo que, de pronto, pudo distinguir con sus ojos a la Isla Martín García. ¡Había cruzado el Río de la Plata prácticamente de este a oeste! Y para festejar, dio un salto de ola guapa y al caer cayó sobre una olita más pequeña, graciosamente bella, que tras el impacto expresó…

Olita – ¡Cuidado! 

Alo – Le pido me perdone, ¿qué puedo hacer por usted? ¿La he lastimado?

Olita – No me lastimó, pero sí me desconcentró. ¿Acaso no ve que estoy trabajando?

Alo – ¿Trabajando? ¿Cómo que trabajando? Las olas nadamos pero no le llamamos trabajo.

Olita – Mire usted, ¡aquí sí se trabaja! ¡Puff, puff! ¡Agggh! Me dejó un sabor salado tras el contacto, ¿acaso no tiene usted buen sabor? En fin, es un típico masculino…

Alo – Soy masculino y salado, pero dulce en mis sentimientos. Mi nombre es Alo y vengo del Adriático. 

Olita – ¿Del Adriático! ¿Una ola de mar? ¿Alo? ¡Gua, gua, gua! Alo es ola al revés… ¡Gua, gua, gua!

Alo – Para servirle bella olita. ¿Su nombre?

Olita – Estoy algo sorprendida, porque nunca conocí una ola salada, ¡y no sabía que tenían tan mal sabor! Mi nombre es Atiuga.

Alo – ¿Atiuga? ¿Y eso no es Agüita al revés? ¡Glug, glug!

Atiuga – ¡Mi nombre no es para reírse!

Alo – No se me enoje dulce agüita… Me le acercaré un poco para que vuelva a sentir mi sabor, que sé que no es tan malo. 

Atiuga – Mmmmm, no me convence, ¡es muy salado! Y yo soy agua muy muy dulce.

Alo – Lo que puedo decir de su sabor es que está muy rica, con toda verdad puede llamarse que es agua de una dulzura inexplicable.

Atiuga – ¡Bla, bla! Ya lo veo, masculino al fin, no importa si dulce o salado, siempre queriendo conquistar a las femeninas. 

Alo – No me juzgue mal, yo no voy por los mares mojando femeninas para enamorarlas, yo sólo quiero una olita compañera para salpicarnos juntos, y ahora que la compruebo, si es de salado a dulce y de dulce a salado mucho mejor.

Atiuga – ¡Basta ola europea!, que si usted viene a conocer es bienvenido, pero le voy a pedir que no interrumpa mi trabajo. 

Alo – ¿Cuál es su trabajo?

Atiuga – Es muy importante y necesario. Cada vez que los hombres vienen a arrojar al río desechos industriales, nos juntamos todas las aguas y unidas nos lanzamos hasta la orilla para bañarlos intentando comprendan su locura. ¡Están contaminando las aguas y debemos impedir que destruyan nuestra vida! Son tan torpes que no saben que ellos también dependen de nosotros.

Alo – Es increíble lo que me está contando. Me indigna saber esto. Allá en otros mares sé que ocurren cosas semejantes pero no conocí a nadie que se enfrente a estos malos hombres. 

Atiuga – Permítame decirle que nosotros lo aprendimos de ustedes cuando mucho tiempo atrás vinieron hombres desde allá a poblar estas tierras. Pero también trajeron algunas olas saladas en sus embarcaciones, las que nos instruyeron. Allá habían perdido la contienda y querían luchar por esta nueva. Y por aquí también la estamos perdiendo porque cada vez es más grande la contaminación que produce el hombre y buenas olas mueren secándose en distante orilla sin que las podamos rescatar. Porque el ímpetu por bañarlos a ellos hace que los saltos muchas veces sean desmedidos y ya no puedan volver al agua. Se han perdido grandes olas en esta lucha, y se pierden a diario. 

Alo – ¡Me siento agua del Ártico con esto que me cuentas! ¡No sabía nada! ¡Pero esas olas son unas heroínas! ¡Terminan secándose pero hacen que los hombres desistan de sus intenciones y mueren por el bien común!

Atiuga – Gracias por reconocer nuestra lucha. Pero la verdad es que lo único que logramos es bañarlos un poco y nada más. No logramos impedir que prosigan con sus ataques a la naturaleza. 

Alo – ¡No se logra nada! ¿Y por qué mueren entonces?

Atiuga – ¡Me sugerirás que nos quedemos quietas! ¿Qué no hagamos nada? ¡Intentamos dar un mensaje! ¡Nos sacrificamos por un mundo mejor! Antes los pueblos originarios vivían en armonía con nosotras y así como usted es salada y yo dulce y podemos entendernos, creemos que estas colonias europeas en América deberán entenderse con los modos de los pueblos anteriores.

Alo – Estoy fascinado con todo esto. No digo que me guste la situación, quiero decir que siento por vez primera una misión por realizar.

Atiuga – Pero si también puede hacer lo mismo en sus aguas. 

Alo – Y se hará. Yo les enviaré mensajes a mis amigos para que comiencen a actuar en el Mediterráneo, en el Oceáno Atlántico y Pacífico, ¡y en los siete mares!

Atiuga – ¿Por qué no va usted mismo allá para liderar el cambio? 

Alo – Es que yo no podré dejar su dulzura ni irme de su lado. No podría regresar y temer porque se seque en su lucha. En cada salto que haga yo estaré acompañándola, y si sucediera el salto más riesgoso querré morir a su lado.

Atiuga – ¡Ahí vienen los hombres! ¡Traen desechos industriales! ¡Quieren contaminarnos! ¡Viva la naturaleza! ¡Vivan las aguas limpias! ¡Vivan todos los que las defienden! ¡Saltemos juntos Alo! ¡Aaaaaaaguaaaaaa!

Esta vez Atiuga saltó muy lejos y no pudo regresar. Se secó cumpliendo su misión, pero no lo hizo sola, Alo estuvo con ella hasta que ambos se evaporaron. 

Barcelona, 2008

Una casa tomada

Pedro caminaba con su bolsito por Barcelona en el año 2007. Sus pasos iban cansados por las lomas de Nou Barris buscando una dirección recomendada por una amiga. Este muchacho ecuatoriano había llegado a Catalunya hacía menos de treinta días. A pesar de los envalentonados consejos que le habían arrojado en el Consulado español de Quito, y a las exageradas versiones de sus conocidos que habían triunfado en la Península, su precaria situación desembarcaba en el Reino de España. 

Pedro no tenía más fortuna que el hambre, que el sueño, que la suciedad y la desesperanza puedan cotizar. Cabizbajo, sin saber si esconderse o si gritar ayuda, intentaba hallar la dirección que protegía su puño en un papel asfixiado por temor a perderlo. 

Al llegar al sitio vio una casa en construcción, tapada su fachada, y con una puertita maltrecha para el ingreso de los obreros. La empujó y se metió. Encontró allí un campamento de unas veinticinco personas mixtas, mitad dormidas, mitad sentadas en improvisadas sillas y con las miradas imantadas con el suelo. Dejó caer su bolsito y bajó la cabeza aún más, como si pidiese limosna, como si pidiese perdón.

Un muchacho peruano llamado Mario se le acercó y le dijo: 

“¿Quién te dio esta dirección?”. 

 “Me la dio una amiga”, respondió Pedro.  

“¿De dónde eres?”, volvió a inquirir Mario con tono desafiante.

“Soy de Quito, ¿tú también?”, se animó a preguntar con temor.

“¡De Quito, tú! ¡Yo soy peruano, joder!, ¿cómo vas a confundir mi acento!”, exaltó.

Otro muchacho que estaba presenciando la escena, Manuel, se les acercó y mirándolo a Mario con reprobación le dijo:

“¿Pero quién carajo va a distinguir tu acento Mario? A ver si nos dejamos de joder”.

Pedro con algo de alivio, mirando a Manuel le preguntó:

“¿Tú eres argentino?”

Manuel le contestó: 

“Evidentemente no adivinás bien. No, yo soy uruguayo, pero qué más da, si somos todos náufragos de un mismo barco hundido… Oíme, macho, acá te podés quedar pero tenés que entender ciertas reglas… Yo soy de los más viejos y antiguos que vive en la casa. Eso no me hace jefe, pero como soy el más blanquito, si cae la policía, soy el que pasa por arquitecto y el resto simula ser mis obreros. Por eso, allá, tenemos unas herramientas para montar el circo cuando se requiera. Así que si viene la policía, te ponés a picar una piedra, a lustrar la tierra, o lo que sea… La comida se comparte, al que roba le rompemos la cara, no se jode con la mujer del otro, y, muy importante, si un día conseguís un trabajo, nos intentás tirar un hueso…. ¿De acuerdo?”

“Sí, sí, sí”, acordó Pedro mientras los otros miembros del campamento le saludaban o ignoraban por iguales cantidades. 

Los días pasaban y no había mucho trabajo que hacer más que moldear con buenas intenciones a la esperanza que cada uno llevaba consigo, acariciándola para no dejarla huir. Algunos días no había comida y no entendía bien porqué sí siempre había algo de “cachís”, o cosa parecida, que no se podía beber. 

Un buen día, según él, mientras deambulaba en búsqueda de esa oportunidad esquiva, a la vez que iba intentando no ser identificado por la policía por su aspecto evidente de sudamericano, encontró casualmente al Consulado del Ecuador en Barcelona. No sin miedo, ingresó. Preguntó si podían orientarlo para conseguir trabajo, y allí encontró una explicación y unos consejos que parecían ser la respuesta soñada. Le explicaron cómo se buscaba empleo en España, rápido y con seguridad. Pedro salió del Consulado con otro papelito prisionero en su puño, con una nueva dirección que buscar. Hasta allí llegó. Finalmente consiguió trabajo.

Al caer la noche, el muchacho de Quito, ingresaba con temple de orgullo en la casa de Nou Barris. Se encontró con el panorama idéntico de todos los días, del primer día. Allí estaba Manuel tomando unos mates con Mario. No esperó más y dijo en voz alta:

“Muchachos, tengo buenas noticias”.

“¿Sí, Quito? Contanos”, le contestó incrédulo Manuel, mientras Mario no modificaba un ápice su escéptica expresión.

“Conseguí trabajo. Desde esta misma noche. Ya firmé todos los papeles”, compartió feliz.

“¿Trabajo de qué? ¿Qué firmaste siendo ilegal?”, con tono irónico dijo el peruano.

“¡Me voy a trabajar para el Reino de España a una ciudad del sur llamada Melilla!”, parecía celebrar al decirlo.

“Mostrame esos papeles”, dijo Manuel. Una vez que los tuvo en la mano, volvió a hablar con un tono paternal: “Te enlistaste al ejército y no vas al sur de España, sino que vas al norte de África”, devolviéndole con pesadez los papeles.

“¡Qué ecuatoriano más gilipollas eres!”, gritó Mario.

Con el mismo tono paternal, Manuel, tomándolo de un hombro a Pedro, le dijo: “Bienvenido a España sudaca. Cuidate mucho y tratá que no te manden a ningún lugar peligroso. Ojalá llegues vivo al día que te den la residencia”.

Mario, con tono triste, volvió a decirle: “Qué gilipollas eres. Cuídate Quito”.

Con nervios, ansiedad y miedo, dejó Pedro la casa, con su bolsito, y muy confundido. Caminando fue hasta el puerto donde lo esperaban pensando porqué se habrán confundido los del Ejército mandándolo a África si él estaba en Barcelona. ¿Acaso África no estaba en problemas iguales como en Sudamérica? Quizá no, y por eso España estaba allí. Que al fin, no estaba regresando al Ecuador y también podría decir que había triunfado.

Međugorje 2013

La vuelta al mundo

Tuve muchos juguetes de niño, y no es por eso que siempre digo que mi infancia fue feliz. Pero tuve una vuelta al mundo que tras hacerle girar un mecanismo comenzaba a moverse suavemente guiada por una melodía tiernamente infantil. 

Creo que jamás podría olvidarme de esa canción para dormir de mis primeros años. Porque le pedía a mis padres, y algún hermano habrá tenido que aceptar mi demanda, que hicieran funcionar la vuelta al mundo para mí.

Hace muy poco, mientras las pertenencias de mi casa eran subastadas para huir ilesos de la Demagogia Dictatorial, he vuelto a ver aquella vuelta al mundo, después de muchísimos años, en las manos de un niño aceptando el regalo de mi madre. 

Creo que en mis vueltas por el mundo he escuchado en los rincones de mi memoria aquella melodía acariciándome los pies en mi andar y haciéndome dormir en las noches de soledad. 

Aquel niño anónimo tendrá su vuelta al mundo, y ojalá, cuando se la regale a otro niño cuando él ya no lo sea más, permanezca en su memoria el mismo dulce recuerdo de sus padres como sucedió conmigo.

Medugorje 2013

Amerika

A Mate Bojanić

Stari Grad, Isla de Hvar, Dalmacia, principios del siglo XX.

Los botes se hamacan en el agua. Allá regresa Jure de pescar. Y en la terracita del café está Vlado. No sé si debería estar aquí sentado frente a la bahía observando el pueblo de esta manera, que no me hace bien. No sé si sería mejor erradicar de mi memoria todas estas imágenes. Porque si estoy dispuesto a comenzar una nueva vida en algún lugar lejano, todo esto me comerá el corazón. Pero quién me creería si dijera que algún día me olvidaré de mi Isla y de mi gente, si algún día no querré regresar para ver, al menos, si alguien se acuerda de mí. Fumaría, pero no fumo. Menos mal, porque me fumaría una pipa grande como todo el pueblo. No quiero despedirme de nadie, ¡y aquí me expongo tanto!, ¿dónde está Nikola con su barquito? Sé que mi madre seguirá llorando acostada en su cama, porque le pedí que no viniese a despedirme hasta acá, porque le prometí que sólo aceptaré una bienvenida, en cuanto pueda regresar. Llora también porque sabe que no seré el último que deberá partir, porque el resto de los hermanos también, probablemente, lo haga. Papá estará ocultando sus lágrimas mientras trabaja; sé que por la madrugada vino a darme un beso antes de irse a trabajar y desde que discutimos sobre mi destino, no ha vuelto a hablarme como antes, y ha ido disimulando la despedida. ¿A quién le gusta las despedidas? Respiro el aire de mi Isla, la quiero inhalar para llevármela conmigo. Jure me saluda desde su bote, no quiere descender porque sabe que deberá tener que venir a mí, y prometimos no lagrimear, que ya somos dos hombres, que ya tenemos dieciocho. Ambos sabemos que está haciendo tiempo y que nada lo retiene en el bote más que el evitarnos. ¿Qué será de él que no quiere partir? A la falta de agua y de trabajo se dice que podrá haber guerra, que siempre la hay, una y otra vez. Vlado corrigió su silla en el café y me da la espalda. Los viejos saben que el pueblo se vacía, que sin jóvenes el futuro se acorta cada vez más en desaciertos. ¡Ahí está Nikola! Por fin.

Nikola – ¿Qué tal hermano?

Mate – Acá estamos, el bolso listo. Vámonos rápido, por favor.

Nikola – Sube. Dame la mano. Deja el bolso dentro y trae la botella de rakija que preparé para el viaje. 

Mate – Vamos, por favor. Acá está la botella.

Nikola – Antes de partir, brindaremos por la Isla y brindaremos por tu suerte.

Mate – Bien, sí, brindemos frente al pueblo, živili! (salud).

No puedo dormir y Nikola se da cuenta que tampoco tengo ánimo para ninguna charla. El oleaje pareciera cantarme una canción de despedida. Porque podrá haber mar adonde vaya, pero no será el Adriático, no será el mío. ¿Qué ha sido mío verdaderamente? ¿Qué será mío alguna vez? Soy yo ante el mundo; yo desafiando al destino y entregándole mi suerte. 

No sé cómo pude dormir. Será la botella de rakija vacía. Me despertó Nikola ante la imponente ciudad de Dubrovnik. Tengo muy tiernos recuerdos de la Perla del Adriático, pero ahora será la última ciudad de mis tierras que veré. Tantas veces se la intentó conquistar sin nadie haberlo lograrlo, y ahora quizá sólo la vengan a ocupar pacíficamente si sigue vaciándose de gente. 

Nikola – Hermano, puedo dejarte aquí en las playas del sur de la ciudad…

Mate – Gracias, Nikola, aprecio mucho lo que has hecho por mí. Cuando vuelvas a la Isla dile a la familia que estaba contento, entusiasmado, cuando me viste partir. 

Nikola – No me hagas mentir. Les diré que te fuiste entero y que volverás hecho todo un señor algún día. Toma, esto es algo que con mi señora decidimos darte. No es mucho dinero, pero te servirá para los gastos de abordo…

Mate – No, no puedo aceptarlo.

Nikola – No lo tomes como un favor, tómalo como un préstamo por si nosotros también un día debiéramos partir y unirnos a tu expedición. Porque voy a ser padre en algunos meses y querré lo mejor para mi hijo.

Mate – No sabía nada, ¡felicitaciones! 

Nikola – Gracias… Mira, allá al norte de la ciudad pueden verse los barcos para ir a América. No los pierdas para no estar sufriendo de ansiedad por la ciudad hasta que lleguen otros.

Mate – No los perderé. Me voy… Nikola: Zbogom! (hasta siempre).

¡Qué grandes son estos barcos! El primero me dicen que va para Grecia y el segundo dice “Amerika”. Iré a hacer la fila para abordar e ir a América. Los más grandes hablan entre sí mientras la espera, los de mi edad mantenemos silencio. Claro, si estamos llenos de miedo. Todos le pagan a ese hombre uniformado; le pagaré también. 

Mate – Voy a América…

Uniformado – ¿Qué dice allí? ¡Pague y suba!

Sí, ¿a quién le importa mi historia y mis preocupaciones? Algunos tienen camarotes. Yo podré dormir en el comedor cuando haya terminado el turno de la noche. No me estoy quejando, si esto ya lo sabía, si hace meses que me preparo para vivir, para sobrevivir, toda esta experiencia.  

Franjo – ¿Hablas croata?

Mate – Sí, claro. Soy Mate.

Franjo – Franjo, encantado.

Mate – ¿De dónde eres?

Franjo – Korčula, ¿tú?

Mate – Yo soy de Hvar.

Franjo – Entonces brindaremos por las Islas.

Mate – Sí, pero ¿con qué?

Franjo – Tengo rakija compañero. 

Mate – Muy bien entonces…

Franjo – ¿Qué edad tienes?

Mate – Dieciocho, ¿tú?

Franjo – Veinte. Así que si te sientes triste puedes hablar conmigo.

Mate – Hvala (gracias).

Franjo – ¿En qué puerto desembarcarás?

Mate – Estados Unidos.

Franjo – Pero este barco va para Sudamérica. Podrás desembarcar en Brasil o en La Argentina.

Mate – Pensé que iba a Estados Unidos.

Franjo – No, este va a Sudamérica. Allá en Buenos Ayres me espera un primo, pero no sabe que estoy yendo ni sé cómo lo voy a encontrar.

Mate – ¿Es grande Buenos Ayres? ¿Me convendría desembarcar en Brasil?

Franjo – No, Brasil no es buena idea, La Argentina es mucho más moderna y tienen políticas para la recepción de inmigrantes. Además, hay muchísimos dálmatas allá y eso te hará sentir mejor, eso imagino.

Mate – Sí, claro. ¿En qué idioma hablan allá?

Franjo – Español.

Mate – ¿Tú hablas español?

Franjo – No.

Mate – Yo sé una palabra: ¡Amor!

Franjo – Sí, también yo. Bridemos por el amor entonces…

Franjo y yo nos esquivamos por varios días. Es que él se sentía mayor que yo y que debía entregarme cierta entereza. Y tampoco yo quería que él me viera. Porque en alta mar todos lloraron, todos lloramos. Lloré una noche pensando en mi Isla, mi infancia, los rincones que descubrí y que hice míos, si es que hay alguna cosa que pueda llamarla mía. Lloré luego por mi familia, pensando en mi padre conteniendo las lágrimas en su trabajo y sintiéndose culpable, y mi madre llorando en la iglesia del pueblo rezando porque yo tuviese una mejor vida. También lloré por los amigos, y ya no sé porqué no me abracé con Jure, y ahora estoy enojado con él. Por último lloré por mi destino, por mi suerte, por sentirme desamparado. No sé porqué llevo este bolso haciendo tanta presión con mis manos si nadie me lo robaría siendo yo el que menos tiene de todos, y si no hay nada valioso en él. ¿Qué es lo importante que tengo? Me han dicho que tener dieciocho años, que tener la posibilidad de poder comenzar una nueva vida con más oportunidades. Ni eso que tengo lo tengo por demasiado ni por confirmado. Claro, si también iré sumando años y nadie me asegura si tendré, o nunca, esas oportunidades. ¿Por qué pensaré tanto? Algunos otros, me parece, van mejor preparados que yo. Buenos Ayres, ¿qué hay en Buenos Ayres? Voy a volver un día y le hablaré en español a mi madre, sí, se va a divertir con eso. ¿Qué está más lejos, Estados Unidos o La Argentina de mi Isla?

Estoy flaco, harto de navegar, nunca había estado tanto tiempo sin hacer tierra. No sé dónde habremos parado los últimos días pero cada vez veo más italianos a bordo. ¿Ellos entenderán español? ¿Qué está haciendo Franjo? Parece borracho.

Mate – Franjo, ¿qué pasa? Te tomaste una botella solo.

Franjo – Es mi cumpleaños.

Mate – ¿De verdad? Sretan rođendan! (feliz cumpleaños).

Franjo – “Gracias”, ¿te gusta mi acento español? Allá hay una mujer catalana que me está enseñando algunas palabras.

Mate – Eso está muy bien. Pero, ¿por qué brindaste solo?

Franjo – La mujer catalana me invitó a unos tragos. Me vio llorando en un rincón y le expliqué que era mi cumpleaños. Ella dice que está enferma pero yo la veo muy bien.

Mate – Entonces fue una botella feliz, compartida. ¿En qué hablan? 

Franjo – En italiano, mi madre es italiana.

Mate – ¿Te gusta esa señora?

Franjo – Sí, me gusta mucho y hoy nos vamos a casar, si nos dejan…

Mate – No está mal sentir un poco de amor el día de tu cumpleaños. ¡Sé caballero!

¿Se habrán casado de verdad? Recuerdo el día de su cumpleaños que me dijo que lo harían. Ojalá así haya sido. También recuerdo que me dijo que ella estaba enferma, ¿qué le pasaría? Yo imaginaba que íbamos a ser buenos amigos. En realidad, fuimos muy amigos. Es con el último ejemplar de las Islas con el que hablé, y con quien lloré. Nadie me explicó nada muy bien, nadie habla mi lengua. Igual no lloré cuando sus cuerpos fueron arrojados al mar. Me quedé mirando cómo el agua los tragaba y se los llevaba al fondo cuando se supone que deberían ir al cielo. Se fueron juntos. Y tal vez mejor, irse así, con el último recuerdo de sus pueblos y no con la imagen de un lugar desconocido. ¿Por qué no lloré? Me habré cansado de llorar. Si los hombres no lloran tanto este viaje me estará haciendo hombre. En fin, la catalana y el dálmata volvieron al mar, volvieron a sus orígenes. Yo soy el único que no sabe adónde va. ¿Habrá rakija en Buenos Ayres? ¿Qué tomarán allá cuando están tristes? 

Hay gran alboroto en el barco. Han vuelto a gritar tierra. Cuando gritaron Brasil no quise mirar, tuve miedo. No lo sé. Franjo me dijo que era mejor Buenos Ayres y se me ocurrió homenajearlo así. ¿La catalana, que nunca supe su nombre, iba para Brasil o La Argentina? Porque quizá se hubieran separado… Por eso… Tal vez mejor que hayan terminado así, juntos, aunque en el fondo del mar. Si no tenemos nada, si somos tan poco, ¿qué tengo yo? ¿Qué tendré alguna vez? Yo voy a ser siempre el mismo Mate, el que se forjó en Hvar, el que vivirá bajo el cielo que Dios se lo permita. ¡Cuánto escándalo! Entiendo que griten todos por la ansiedad de llegar a tierra, pero ¿acaso nadie se plantea lo que sucederá después? También yo quiero llegar, si estoy harto del viaje, harto de llorar, harto del mar, pero qué voy a hacer una vez que desembarque. Estoy sereno y eso es bueno, eso lo aprendí de mi padre. ¡Si me viera desembarcando en Buenos Ayres, en Sudamérica! Si mi madre me viera ahora curtido por el viaje, dispuesto a pelear por una nueva vida. Espero se sientan orgullosos, espero les haya transmitido algo de tranquilidad al partir. Espero confíen en mí. Espero volver a verlos. Se la ve linda a Buenos Ayres, cuántos barcos. Y llegó el momento de pisar tierra. Haré fila. Hay un policía que grita algo así como “os ke saen abla spaño aka”, “spañol no, aka”. Yo iré con los segundos, español no, yo no soy español. Soy dálmata, vengo de Stari Grad, Isla de Hvar. Deberé mostrar mis documentos. No sé si lo que estoy viviendo es real o lo estoy soñando. Se me viene una inmensa nueva realidad encima. Que Dios me ayude y, ojalá sea el último de mi sangre en tener que experimentar todos estos temores, de tener que sufrir tantas amarguras. Ya vendrá felicidad. Haré lo posible. Me lo prometo. Me la prometo. Pisé tierra, estoy en La Argentina. Franjo, llegué, tendrías que estar acá. Sí, sé qué debo decirle al policía al entregarle los documentos, Franjo, no me olvidaría, ni te voy a olvidar a ti, porque te llevo conmigo. 

Policía – ¿País? ¿Edad? ¿Destino?

Mate – Hola Buenos Ayres, hola.

Madrid MMXI

Nos mataron a Nisman

El secretario de Seguridad de la Demagogia Dictatorial comete dos errores en la notificación sobre el asesinato del fiscal Nisman, su enemigo.

El primero de ellos es cuando declara: “Le he dado la novedad a la Presidenta ni bien he tenido la confirmación del hecho”. En esto queda claramente expuesto en cuanto a  que hay una constatación de lo sucedido, pues uno confirma algo tras haberlo previamente hablado o acordado. No dijo, “han encontrado muerto al fiscal”, sino que “confirma el hecho”, como quien va de observador para determinar si el trabajo fuera bien realizado o no, y lo reporta a uno de los principales sospechosos de los que pudieran haber dado la orden de ejecución. 

Luego dice, ya satisfecho, y para comenzar con la campaña propagandística de desvinculación del hecho por parte del mal gobierno: “Todos los caminos conducen al suicidio”. Y aquí nos demuestra que sólo él resulta el más afianzado experto en resoluciones de crímenes, porque en pocas horas diluye un enigma donde está involucrado un personaje de tan elevado valor político como opositor. 

Y uno se acuerda nuevamente de Juan Castro…

Pocas veces hubo mayor claridad para ver cómo funciona la Demogagia Dictatorial. Y no muchas más oportunidades tendrá la Nación Argentina para levantarse en contra de esta barbarie y de estos traidores a la patria como sucede en esta ocasión. Que si no, la moral argentina será la que estará suicidándose, junto con la sangre de todos aquellos que soñaron con un país libre de usurpadores y con verdadera soberanía popular.

Caravana Malvinera

A los diecisiete años yo me preparaba en silencio y en solitario para lo que creía sería mi misión inmediata y, quizá, definitiva en mi paso por este planeta. Definitiva no sólo por su trascendencia personal sino que también por mortal. Porque yo me preparaba para ir a la próxima guerra contra el Reino Unido y sus secuaces. 

Con mi adolescencia pidiendo sangre me enteré que una Caravana Malvinera partiría desde la Ciudad de La Plata para llegar a Buenos Ayres, terminando su recorrido, en homenaje a los caídos, en la Plaza San Martín. 

Entonces, cuando aquella Caravana pasó por mis Tierras de Adrogué, me encontró a mí, esperándola, esperando ver a mis héroes. Siempre que me cruzaba con algún veterano me limitaba a decirle: “gracias”.

Esta vez, mi afán me llevó a comenzar a hablar con ellos, a querer finalmente conocerlos más de cerca, poder hablar con esos granaderos de carne y hueso. Así fue que comencé a hablar con uno al que le decían El Gran Santiago. Y charlamos humanamente, un héroe y yo. Y antes que estuvieran por abordar el colectivo para seguir viaje, me dijo: “Pibe, ¿querés venir con nosotros?”, a lo que respondí, “¡claro que sí!”.

Subí con ellos al colectivo de los veteranos y, exceptuándolo al chofer, yo era el único guerrero no probado allí. Fuimos cantando, charlando emocionados, y yo entre mis héroes, como si fuera uno de ellos. Por eso, en cada parada, en cada nuevo pueblo que arribábamos en nuestro recorrido, al bajar del colectivo entremezclados, y sentir el aplauso de la gente, yo soñaba que por esos instantes alguien pudiera creer que yo era también un veterano, ¡me explotaba el pecho de la emoción!, e intentaba en mi rostro conseguir el gesto mayor adusto posible.

Al llegar a la Plaza San Martín en Buenos Ayres canté con ellos el himno nacional argentino y derramé con ellos mis lágrimas.

Cuando abandonamos la plaza tras los homenajes correspondientes, El Gran Santiago y otros más, me invitaron a compartir con ellos unas cervezas en un puestito de la Estación de Trenes de Retiro. ¡Brindando con mis héroes!

En el momento de despedirme de ellos abracé a cada uno con verdadero afecto, y le prometí al Gran Santiago que le enviaría una carta y algún poema. Así lo hice. 

Días después recibí una carta con su respuesta diciéndome: “gracias”, esta vez a mí, haciéndome sentir aún más agradecido por mis héroes.

Međugorje 2013

Los Captores

Éramos unas doscientas personas alineadas contra la pared. Había niños, mujeres, embarazadas, hombres de todas las edades, gente muy mayor. Todos habíamos sido seleccionados bajo una única condición: debíamos ser unos  doscientos argentinos.

Sucedió en la localidad de Burzaco, en el partido de William Brown. Todo fue en una de sus calles céntricas muy cerca de la estación de trenes. 

Los captores se presentaron a las 8 de la mañana. Eran unos 20, entre hombres y mujeres, y todos muy jóvenes. Aparecían y desaparecían de escena con fantástica destreza. Uno de ellos, hombre de unos treinta años se mostraba como su líder, por cómo se desenvolvía y porque presentaba ropas más costosas, por haber comandado otros secuestros anteriores probablemente. Y había una mujer digna de admirarla en rudeza, que vestía a medias un uniforme (¿robado?) de la Policía Bonaerense  y que se mostraba como lugarteniente del líder. 

No hubo necesidad de confiscar los teléfonos de los inocentes, ya que todos eran nomás que pueblo: nadie tenía saldo para realizar llamadas y pedidos de rescate. 

A las 0930 dejé la formación y me dirigí a hablar con el comandante del operativo, ante la sorpresa de mis ocasionales compañeros y miradas estudiosas de los malvivientes. El silencio de mis pasos generó mayor suspenso. Fueron unos cincuenta metros que debí caminar, y lo hice preparado para recibir cualquiera fuese el castigo que ellos hubieran previsto para situaciones como aquella. Todos permanecieron inmóviles y el jefe de la banda se posicionó para recibirme en su metro cuadrado de poder y falsa autoridad; miró a sus subordinados en gesto de suspender que interviniesen y me dejó hablar…

Yo: Señor, hace hora y media que estamos aquí sin saber cuál es la situación y quisiéramos…

Jefe: ¡A las ocho de la mañana se informó que nos quedaremos así hasta que nos regresen La Luz para poder continuar con nuestras operaciones!

Yo: ¿Sabe cuándo puede suceder eso? Que hay mucha gente que no sabe lo que sucede y el nerviosismo irá en aumento… ¿Puedo saber cuáles son sus demandas?

Me retiró la mirada y ordenó a una de sus seguidoras que recorriera la fila humana diciendo que no habría cambio alguno hasta que no volviese  La Luz, y que nos dejáramos de joder. 

Era enero y verano. La temperatura iba en aumento. La gente, comenzaba a desplazarse muy suavemente buscando oportunidades de sombra. Nadie se animaba aún a sentarse en el suelo, ni los más ancianos se atrevían a sugerirlo. 


Al comprobar que eran ya las 11 de la mañana me preguntaba si después de tres horas comenzarían los desmayos. Comenzamos a hablarnos entre los prisioneros para darnos ánimo. ¡En eso descubrí que algunos habían caído en la trampa desde las 6 de la mañana!

Si tras cinco horas nada había sucedido para los primeros desgraciados comencé a imaginar que esa situación bien podía prolongarse indefinidamente.

Un italiano decía “yo tenía un país”,  una joven morocha suplicaba “me quería casar”, una señora mayor gritaba “las piernas no me dan más”, y una niña a su madre le reclamaba “¡diles que me hago pis!”

Decidí volver a hablar con el jefe. Serían las 1110 de la mañana…

Yo: Señor, los niños están muy asustados, las mujeres a punto de derrumbarse, las niñas conteniendo el llanto, las embarazadas terminarán muy mal, y he descubierto que hay varios extranjeros rehenes por error… La gente necesitará un baño, allí dentro hay sillas, ustedes tienen agua…

Casi en ese mismo orden que los fuera nombrando liberaron a mucha de la gente descripta… También, mientras se reían cínicamente de todos nosotros, comenzaron a ofrecernos emparedados y gaseosas a quienes pudieran pagarlos. Es decir, los captores hacían mínimo negocio ante la desesperación, mientras seguían reclusos en el silencio de la espera de La Luz, que para entonces, cerca del mediodía, nos preguntábamos si esa “luz” a la que hacían referencia no sería una proveniente del espacio exterior y entonces nuestra encrucijada fuera aún más demencial…

Por allí se escuchó que a las 15 seríamos liberados. Eso nos dio fuerzas. El jefe se mostraba ya más disperso, como próximo a entregarse, y sentí -o soñé- que se disculparía… Y a las 1258 dos captores cruzaron la calle para no volver. Y a las  1302 otra de las malas mujeres huyó. 1315 un cuarto integrante arrepentido se fue. Todo parecía que la situación tendría un final anterior al previsto. 

Entonces éramos unos cincuenta rehenes. Aún había ancianos, aún mujeres. Pero todos estaban por el suelo -literalmente- con la moral ya destrozada.

Yo sabía que podíamos vencerlos. Pero la pasividad del grupo engrandecía su menosprecio. Nuestra resignación nos llevaba a que no nos respetaran. La falta de solidaridad es la eliminación de la empatía, creyendo reconocerse uno mismo cosa diferente del otro. 

Las 1354. Dos monjas extranjeras le gritan al jefe y, jugándose las consecuencias, se retiran tomadas de la mano sin volver la vista atrás. Una pareja evangelista nos reparte unas plegarias escritas con tinta roja.

El grupo malvado estaba ya disperso entrada las 14 horas. El jefe daba pena ya, y parecía haber perdido el mando. Su demanda se había desoído. Lo que pretendió jamás se comprendió. La gente nunca supo qué es lo que sucedía. Otros captores capitularon. La gente comenzó a cruzar la calle. Algunos padeciendo el síndrome de Estocolmo: saludaban a los malos con un adiós y alguna vez oí decir gracias…

Me abracé con una mujer muy bella de algunos años menor que yo y cruzamos la calle mirándonos a los ojos sin poder aún creer lo que habíamos vivido, sabiendo que esa experiencia nos cambiaría la vida, la vida que pudimos conservar. 

Superado el miedo me detuve en la esquina y podía oír las risas de los captores de menor rango probablemente burlándose de su jefe, burlándose también de todos nosotros. Ninguno de ellos se habrá quedado hasta las 15 como habían dicho: no eran gente de palabra ni tenían las ideas claras. 

Pero el jefe, tal vez sí, quizá aún se encuentre allí planeando volver a intentar su golpe en su teatro de operaciones donde fue y será rey: el Registro Nacional de las Personas de Burzaco. Donde mañana otros podrán caer prisioneros e irse privados de sus documentos nacionales de identidad, es decir, sin pertenecer a un Estado (y obligatorio es pertenecer). Pero yo siento que aún sin que podamos sentirnos -o lograr ser- miembros de un Estado, si los prisioneros nos hubiéramos sentido parte de una misma desgracia, quizá, y me hubiera bastado, hubiéramos sentido que por lo menos éramos sí parte de un mismo país. 

Tin Bojanic

Tierras de Adrogué

El tiempo de toda naturaleza

Nos miramos por un tiempo que no llegué a medir. Emocionados por habernos descubierto contemplamos en el otro un espejo mágico de alegría.

Libertario – Dejame guiarte. Mis refugios arbóreos pueden darte lo que buscás.

Yo – ¿Y qué hay de vos? ¿No llegaste a hablar con Jorge Luis cuando estuvo aquí?

Libertario – Quizá mi aspecto grisáceo confunda mi apariencia y lo mal interpretes como canas de cabello de hombre, pero aún soy muy joven.

Yo – No quise ofenderte…

Libertario – No te preocupés, el paso del tiempo es certero. Mis padres siempre me recordaron una frase de quien buscás que reza: “El tiempo está viviéndome”.

Yo – Nada escapa al tiempo. Ningún poder logró detenerlo. 

Libertario – Para las aves el tiempo es más importante que “esa desconocida y ansiosa y breve cosa que es la vida”. Nuestra capacidad de volar nos hace sentir ya parte del Cielo. Por ello nos preocupa más de qué manera vivir este parpadeo existencial en este universo. “Sólo perdurarán en el tiempo las cosas que no fueron del tiempo”.

Yo – Estoy a tus órdenes amigo mío.

Le sonreí y él inició de nuevo sus piruetas aéreas, confirmando que ésa era su agotadora forma de sonreír. No parecía extenuarse y, cuando volvió a posarse en mi hombro, no lo hizo para descansar sino para que yo no intentase con mis torpes brazos imitarlo.

Volví a caminar y Libertario me pidió que descendiese a la calle; porque si continuábamos por la vereda no iba a poder evitar detenerse a saludar en todos los árboles a sus amigos.

Continuamos el recorrido por el empedrado de Malvinas, cruzando la segunda intersección de Cosmos hasta llegar a la calle Avellaneda (o Poética). En esa esquina saltó de mi hombro lanzándose en picada y aterrizó en uno de los adoquines de la calle. Con su cabeza me indicaba que me acercara a donde él caminaba en círculos delimitando una sorpresa.

Me arrodillé, apoyando mis manos en el empedrado, y acerqué mi vista a ese lugar que mi compañero señalaba. Encontré escrito: “He dicho asombroso donde otros dicen costumbre”.