El primer heroísmo cristiano

En el Huerto de los Olivos, en horas cristianas cruciales, está el Hombre con su alma angustiada, mezcla de responsabilidad y designio, rezando. Allí también dice: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

En la oración sucede siempre el hallazgo de refugio ante la tribulación, es el lugar donde se reconcilia el espíritu con la verdad e, inmediatamente y cual consecuencia, también con la esperanza. 

Ese momento de la vida de Jesucristo, uno de mis favoritos, ha sido utilizado muchas veces en perjuicio de su verdadero mensaje evangélico. Pues allí, los detractores, alegan creer ver a un mesías confundido, dudando acerca de su misión, y con atisbos cercanos a la claudicación; y que luego no hizo más que resignarse ante los hechos. 

Cuando Jesucristo indaga si es posible pasar de ese cáliz lo hace desde un Dios hecho carne que sabe lo que vendrá en dolor. No hacerlo significaría minimizar la flagelación de la crucifixión, y también sería una demostración de soberbia nada inherente a Jesucristo. Por añadidura, donde se intenta concederle un título de resignación a la posterior elección, en realidad, no se está apreciando la mayor belleza de la carne pidiendo ser comandada por el Espíritu. Nuestro Señor tiembla en su carne lo que ha de acontecer inevitablemente, pero su espíritu se sobrepone y clama que no se haga su voluntad sino la de Dios. 

La cristiandad no consiste en una indiferencia ante el dolor, o de un goce extraño en el sufrir. Este pasaje del Evangelio nos enseña que nuestra conveniencia será la que busque siempre evitar el sacrificio, y que el heroísmo cristiano consiste en la aceptación de lo que ha de hacerse, no como nosotros quisiéramos, sino subordinando nuestro sentir siempre a la fuerza superior de nuestro espíritu en comunión con Dios. 

Poco tiempo después de ese episodio, tendremos a Jesucristo en la Cruz, pagando las consecuencias de su mensaje revolucionario de amor, más allá de los sistemas preexistentes, y más allá también de los tiempos venideros, encarnando un ente de valores sacros e inmortales. 

Allí, con las carnes desgarradas, a punto de cumplir con su misión, una vez más, vuelve a expresar el dolor inefable de la carne y pregunta: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Vuelve, entonces, a sentirse hombre en la angustia del dolor. Pero así como ya dijera, que la verdad está ligada siempre e inmediatamente con la esperanza, es cuando vuelve a ejercitar ese primer heroísmo cristiano al decir luego: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. 

Split, 2013

RIENDA SUELTA

Tin Bojanic

Desde la eternidad de mi infancia

Me emociona recordar el momento en que nos conocimos. Creo que habíamos oído hablar el uno del otro, pero no lo sé ahora porque puede ser que peque mi lado narciso. De lo que estoy seguro es que yo sí estaba acostumbrado a oír decir de muchos lo linda que eras, que con cuánta ternura hablabas, la manera única que tenías para endulzar un corazón resucitándolo de cualquier tristeza. Hasta hay quienes te criticaban adjudicándote responsabilidades insensatas como que por tu culpa distraías a todos con tonterías. Pero yo creí en vos. Desde siempre. Cada vez que escuchaba a alguien nombrarte ponía especial atención, intentando reunir información, conocerte un poco más. Era un niño pero entendía que me estaba enamorando, ¿quién dice que hay una edad precisa para caer en el idilio? 

Entonces llegó el momento en que viniste por primera vez a jugar a casa. Nos sentamos frente a mi escritorio y miramos por la ventana de mi habitación. Observamos los colores del pino de mi jardín, le preguntamos a mi perrita qué sentía al vernos juntos y nos tomamos de la mano escuchando un vals que nos vio bailar abrazados. Inmediatamente nos sentimos uno dentro del corazón del otro y latimos al mismo tiempo. Tomamos la pluma y escribimos los primeros versos de amor, lo que primero sentimos, y aquello era paz, y así de inmensamente sencillo se tituló mi primer poema. 

Desde ese día nos hemos visto prácticamente todas las tardes al regresar del colegio. Explorábamos mi jardín, caminábamos por las calles de mis Tierras de Adrogué disfrutando cada una de las palabras que nos decíamos. Cada árbol era un amigo y cada empedrado una isla de sueños. Yo te llevaba de la mano a todos lados. Si estaba con un amigo estabas autorizada a oírnos y te dejaba opinar, porque nuestra relación siempre fue absolutamente libre y plena de confianza. A mí no me importaba que algunos no entendían lo importante que eras en mi existencia. Cosas de niño, o está bien jugar tanto cuando se crece, parecía justificar nuestra relación. Quizá nadie entendía que ese jugar era algo serio, porque era algo importante, y que nosotros siempre supimos que el amor que nos teníamos, o para no comprometerte mucho, que el amor que yo sentía, era el sol de mi mundo. Sé que te gustaba que mis padres te miraran coma a una hija más.

Llegó la adolescencia y comenzamos a discutir. Muchas veces me recriminaste por volverme algo más serio o mostrarme algo más triste. Te notaba afligida cuando me veías hablar de temas sin ensueño o cuando comencé a transmitirte mis problemas, a develarte mis angustias. Pero te quedaste a mi lado, siempre compañera, acariciándome y acercándome los libros que me ayudaran a resistir, brindándome la palabra justa cada vez que te necesité. Porque nunca me abandonaste. Así, pues, comencé a admirarte, a respetarte mucho porque no eras la niña con la cual yo jugaba tiempo atrás, te estabas convirtiendo en toda una mujer, y también sentía que no te hacía falta madurar. Para mí ya eras eterna en mi corazón y en la vida misma. Confesar esto quizá sea algo malo, porque en una relación uno debería complementarse de una manera más o menos equiparada, pero yo comencé a abusar de tu grandeza y me refugié en tu pecho, más de una vez atemorizado. Eso sí, contabas con mi defensa incondicional y que cuanta cosa hiciera yo en la vida te iría dedicada, en placentero agradecimiento.

Al despedir tempranamente a un hermano te aferraste a mí, tal vez por miedo a ver que aquel corazón de niño que permaneció inocente se destruyera. Con tus manos hacías latir a mi corazón y con tus ojos te zambullías en cada una de mis lágrimas para hacerme ver a la esperanza que siempre estuvo en tu interior. Me contagiaste de religiosidad. Ya para entonces no había nadie que desconociera que vos y yo planeábamos vivir la vida juntos. 

Lanzados entramos a la juventud. Hiciste que comenzara a sentirme escritor y confiaste en mí. Te prometí mi vida literaria como nueva ofrenda de amor, de reencuentro con aquellas tardes de la infancia que prometimos no olvidar, para seguir viviéndolas. Me acompañabas a los diferentes intercambios de tareas por dinero que debía hacer para poder sobrevivir y mantenernos. Vos parecías no necesitar nada, jamás dejabas de sonreír y darme ánimo. Yo quería devolverte tanta ternura y te complacía escribiéndote cartas y poemas, regalándote flores, besándote en cada rincón, paseándote por mi vida de la mano. Qué insignificante me sentía cuando parecía que tu vida consistía en brindarte a mí con todo tu genio, con todo tu amor. Nunca me confundí, no era porque yo fuera más importante, era porque tu bondad era infinitamente más grande que la mía. Los dos sabemos que aunque algunas veces me aproveché de tus servicios y me creí merecedor de todo lo que hacías por mí, terminaba siempre aceptando que eras mi musa inmaculada.

Organizamos conciertos y recitales, fiestas y asados, recorrimos escenarios de cines y teatros, cafés y tanguerías… Pero vinieron tiempos muy difíciles y las circunstancias atentaron con separarnos. El naufragio y las amenazas llegaron a mi tierra y tuve que cruzar la frontera. Hablo por mí solo porque vos siempre tuviste un aire internacional, nunca te importaron las banderas y no había idioma que no sonara como tu lengua materna. Esto, de ninguna manera, le quita méritos a tu invalorable compañía las veces que tuvimos que mudarnos sabiendo los venideros sinsabores, cuando lo importante era estar juntos. Lo importante era estar a tu lado. Así cruzamos mares, cielos, y caminamos por todo el mapa hasta desfallecer.

Como toda pareja, tenemos nuestras rutinas, pero deberíamos corregir esa expresión llamándola rituales. Porque seguimos bailando con cada tango que escuchamos, seguimos saboreando cada palabra compartida en un mano a mano de mate, leemos hasta quedarnos dormidos y nos preocupamos con cada catástrofe mundial.

¿Hace cuánto que estamos juntos? Hace veinte años iniciamos nuestro romance y lo hemos ido engrandeciendo con cada gesto enamorado. Quiero por ello agradecerte por este aniversario y decirte que no tengo sueño más preciado que continuar así, mis ilusiones al lado de las tuyas.  Has sido mi amiga, mi compañera, mi amante, y hoy quiero que seas por siempre mi diosa casándonos con este beso que ya tiene formas de prosa poética, y que no podría ser de otra manera. Hoy vuelvo a declararte mi amor, que soy tuyo, aunque también te siento mi propia carne. No se te ocurra dejarme, no dejes que se me ocurra dejarte. Hoy quiero que brindemos, que festejemos y que nos prometamos más felicidad, esa que nos otorga sentirnos unidos. Sabemos inocultablemente que si mantenemos esto podremos no sólo satisfacernos a nosotros mismos sino poder esparcir esperanza a los demás. Seamos para que otros sean. 

Por último quiero volver a confirmar cuánto te amo, que quiero sigamos siempre de la mano. Latirte, sentir lo imprescindible de estar a tu lado… ¡ser con vos poesía!

Barcelona 2008

RIENDA SUELTA

El respeto a la humildad

Me encontraba trabajando, en esta ocasión, en un hostal con forma de casa antigua. Posaba yo en la puerta de entrada dejándome ser mirado por el sol y esperando que sucediera algo que me transportara a otra parte, o que la suerte digna me trajera alguna preciada recompensa por tanta espera en el vacío. Pidiéndolo, ocurrió. 

            Parecerá que los decepcionaré con lo que les entregaré. Porque muy probablemente todos pensarán que el suceso de mi relato corresponde a algo mágico, o a una anécdota memorable que esperará la oportunidad de liberarse en alguna reunión con amigos. Pero he dicho que parecerá una decepción mi asunto, porque el interés comúnmente persigue otras cosas. Pero lo cierto es que he presenciado un caso que, si se le presenta a un escritor, no hay más que hacer que echarlo al papel con la tinta exacta.

            Estacionó un coche en el mismísimo portal donde yo estaba persiguiendo con mi mirada azarosa, la trayectoria de unos pájaros. Descendió del rodado un hombre de unos sesenta años, a juzgar por sus canas, a quien he visto trabajando en la casona el día anterior. Antes de mirarme a los ojos o de pronunciar palabra, este personaje de poca estatura, se puso su traje de carpintero. Recién entonces, y acercándose hacia mí, me entregó su mano, un buen día, y su mirada clara en color y ternura. Le respondí con mi característico entusiasmo y me pidió permiso para pasar a buscar un martillo que dejó olvidado el día de ayer.  Sin necesidad de acompañarle, y tras la gentileza de haberle ofrecido un vaso de agua fresca que rechazó como si en eso pudiera abusar de mi confianza, regresó a los dos minutos con su hallazgo. Me agradeció, se disculpó por haber venido y se despidió cordialmente. También yo le saludé pronunciando con mi mejor dicción croata un hvala, un gracias. Volvió a mirarme con sus ojos tranquilos por última vez, se quitó su ropa de trabajo antes de abordar su coche, y segundos más tarde lo vi perderse por una de las calles que desciende vertiginosamente desde las alturas de Zagreb.

            Aún debo contarles que yo me encontraba vestido con una remera feísima, unos pantalones cortos y, en ese momento, los pies como un hombre en la selva. Sin importar la informalidad que me investía, este hombre, para tan sólo buscar una herramienta olvidada, me brindó una ceremonia y protocolo que conllevó una dulce lección. 

            Su humildad se hizo inmensa en el respeto que se tuvo a sí mismo y en el que entregó a este desaliñado poeta en uno de los tantos trabajos torpes y pasajeros que experimenta. Su actitud me dejó agradecido, tal como se lo hice saber al irse. Un placer haberle conocido, y de haber aprendido un ejemplo de la humildad como edificadora del respeto.  Todo a través de un particular e inmensamente importante carpintero, y mejor aún, de un gran caballero.

 Zagreb 2009

RIENDA SUELTA

Pangea humana

Comenzaré manifestando mi enemistad con las fronteras del viajero, corralitos pueriles que pretenden dividir a los hombres como si fueran de diferentes especies y destinadas a diferentes observaciones en un laboratorio. Tal arbitrariedad, como es de esperarse, no es complacida por la realidad y su fluir. Pues es mucho más sencillo diferenciar ciudades entres sí que muchos países inventados. 

         El terruño sincero corresponde a la ciudad o pueblo donde uno ha nacido o ha sido criado, o bien al lugar elegido para vivir los sueños y desafíos, o tal vez donde la persona encuentra las condiciones necesarias para liberar su potencial.

         Por ello es concebible, en mi caso, sentirme a gusto como buen tanguero por las callecitas de Buenos Ayres, y brindar en Madrid por algún poeta que allí se inspiró para inspirarnos, y proyectar futuros emblemáticos en una discusión llena de esperanza en La Habana… Si no alcanzo a ser muy heterogéneo en los ejemplos citados es porque hay pocas muestras más criticables de la segregación a la que acuso que aquella que entorpece a la hermosa nación del idioma español. 

         ¿Me contradije al detestar las divisiones e intentar, al mismo tiempo, señalar como muy particular el mapa de habla hispana? Es sano que haya conjuntos, es bruto negar y evitar las intersecciones. 

         Es claro, y si prosiguen disculpándome por este soliloquio que no puedo evitar escribir –tenga este un sentido magnífico o sea uno más entre los ejercicios a los que me tiene amaestrado mi cerebro mandamás- quise decir que me ilusiona pensar que la humanidad pueda restituir la Pangea a través del reconocimiento irrefutable de Hermandad. 

Tierras de Adrogué 2006

RIENDA SUELTA

Aires del estado natural

Algunas veces ocurre en la oscuridad de las primeras o de las últimas horas del día, como si recorriera el camino que me llevara hasta la luna; otras veces, sucede bajo el más enfurecido sol que me flagela y confiesa mis pecados. En mis Tierras de Adrogué, a pesar de sus cuevas arbóreas, disfruto menos que cuando es por la dulce tierra o la salada arena. 

         Me recuerda que también soy un animal y me distrae de tanto trabajo intelectual. Si bien es cierto que mi mujer logra cosas parecidas, ella no queda celosa sino complacida por los beneficios de aquello que tan bien me hace para hacerle lo que desea cuando lo sugiere.

         Es la calma y la descarga absoluta. Porque es una de las pocas acciones donde el límite está en uno y la victoria siempre es con uno mismo. Es la prédica del artista que intenta unir la mente con el cuerpo y moldear con nuestra propia materia la manifestación de la pasión. Puede ser también el soliloquio religioso que nos conduce a la contemplación filosófica.

         Considero que forja la voluntad, porque cuando ya no hay más aire, queda la decisión de exigirnos siempre continuar, hasta la meta de la satisfacción de no habernos detenido antes de la línea de llegada. 

         Amigos, me voy como un loco, como un salvaje, huyendo de ustedes y de mí, me voy a correr…

Tin Bojanic

Tierras de Adrogué, 2006

Libro Rienda Suelta