El respeto a la humildad

Me encontraba trabajando, en esta ocasión, en un hostal con forma de casa antigua. Posaba yo en la puerta de entrada dejándome ser mirado por el sol y esperando que sucediera algo que me transportara a otra parte, o que la suerte digna me trajera alguna preciada recompensa por tanta espera en el vacío. Pidiéndolo, ocurrió. 

            Parecerá que los decepcionaré con lo que les entregaré. Porque muy probablemente todos pensarán que el suceso de mi relato corresponde a algo mágico, o a una anécdota memorable que esperará la oportunidad de liberarse en alguna reunión con amigos. Pero he dicho que parecerá una decepción mi asunto, porque el interés comúnmente persigue otras cosas. Pero lo cierto es que he presenciado un caso que, si se le presenta a un escritor, no hay más que hacer que echarlo al papel con la tinta exacta.

            Estacionó un coche en el mismísimo portal donde yo estaba persiguiendo con mi mirada azarosa, la trayectoria de unos pájaros. Descendió del rodado un hombre de unos sesenta años, a juzgar por sus canas, a quien he visto trabajando en la casona el día anterior. Antes de mirarme a los ojos o de pronunciar palabra, este personaje de poca estatura, se puso su traje de carpintero. Recién entonces, y acercándose hacia mí, me entregó su mano, un buen día, y su mirada clara en color y ternura. Le respondí con mi característico entusiasmo y me pidió permiso para pasar a buscar un martillo que dejó olvidado el día de ayer.  Sin necesidad de acompañarle, y tras la gentileza de haberle ofrecido un vaso de agua fresca que rechazó como si en eso pudiera abusar de mi confianza, regresó a los dos minutos con su hallazgo. Me agradeció, se disculpó por haber venido y se despidió cordialmente. También yo le saludé pronunciando con mi mejor dicción croata un hvala, un gracias. Volvió a mirarme con sus ojos tranquilos por última vez, se quitó su ropa de trabajo antes de abordar su coche, y segundos más tarde lo vi perderse por una de las calles que desciende vertiginosamente desde las alturas de Zagreb.

            Aún debo contarles que yo me encontraba vestido con una remera feísima, unos pantalones cortos y, en ese momento, los pies como un hombre en la selva. Sin importar la informalidad que me investía, este hombre, para tan sólo buscar una herramienta olvidada, me brindó una ceremonia y protocolo que conllevó una dulce lección. 

            Su humildad se hizo inmensa en el respeto que se tuvo a sí mismo y en el que entregó a este desaliñado poeta en uno de los tantos trabajos torpes y pasajeros que experimenta. Su actitud me dejó agradecido, tal como se lo hice saber al irse. Un placer haberle conocido, y de haber aprendido un ejemplo de la humildad como edificadora del respeto.  Todo a través de un particular e inmensamente importante carpintero, y mejor aún, de un gran caballero.

 Zagreb 2009

RIENDA SUELTA

Pangea humana

Comenzaré manifestando mi enemistad con las fronteras del viajero, corralitos pueriles que pretenden dividir a los hombres como si fueran de diferentes especies y destinadas a diferentes observaciones en un laboratorio. Tal arbitrariedad, como es de esperarse, no es complacida por la realidad y su fluir. Pues es mucho más sencillo diferenciar ciudades entres sí que muchos países inventados. 

         El terruño sincero corresponde a la ciudad o pueblo donde uno ha nacido o ha sido criado, o bien al lugar elegido para vivir los sueños y desafíos, o tal vez donde la persona encuentra las condiciones necesarias para liberar su potencial.

         Por ello es concebible, en mi caso, sentirme a gusto como buen tanguero por las callecitas de Buenos Ayres, y brindar en Madrid por algún poeta que allí se inspiró para inspirarnos, y proyectar futuros emblemáticos en una discusión llena de esperanza en La Habana… Si no alcanzo a ser muy heterogéneo en los ejemplos citados es porque hay pocas muestras más criticables de la segregación a la que acuso que aquella que entorpece a la hermosa nación del idioma español. 

         ¿Me contradije al detestar las divisiones e intentar, al mismo tiempo, señalar como muy particular el mapa de habla hispana? Es sano que haya conjuntos, es bruto negar y evitar las intersecciones. 

         Es claro, y si prosiguen disculpándome por este soliloquio que no puedo evitar escribir –tenga este un sentido magnífico o sea uno más entre los ejercicios a los que me tiene amaestrado mi cerebro mandamás- quise decir que me ilusiona pensar que la humanidad pueda restituir la Pangea a través del reconocimiento irrefutable de Hermandad. 

Tierras de Adrogué 2006

RIENDA SUELTA

Aires del estado natural

Algunas veces ocurre en la oscuridad de las primeras o de las últimas horas del día, como si recorriera el camino que me llevara hasta la luna; otras veces, sucede bajo el más enfurecido sol que me flagela y confiesa mis pecados. En mis Tierras de Adrogué, a pesar de sus cuevas arbóreas, disfruto menos que cuando es por la dulce tierra o la salada arena. 

         Me recuerda que también soy un animal y me distrae de tanto trabajo intelectual. Si bien es cierto que mi mujer logra cosas parecidas, ella no queda celosa sino complacida por los beneficios de aquello que tan bien me hace para hacerle lo que desea cuando lo sugiere.

         Es la calma y la descarga absoluta. Porque es una de las pocas acciones donde el límite está en uno y la victoria siempre es con uno mismo. Es la prédica del artista que intenta unir la mente con el cuerpo y moldear con nuestra propia materia la manifestación de la pasión. Puede ser también el soliloquio religioso que nos conduce a la contemplación filosófica.

         Considero que forja la voluntad, porque cuando ya no hay más aire, queda la decisión de exigirnos siempre continuar, hasta la meta de la satisfacción de no habernos detenido antes de la línea de llegada. 

         Amigos, me voy como un loco, como un salvaje, huyendo de ustedes y de mí, me voy a correr…

Tin Bojanic

Tierras de Adrogué, 2006

Libro Rienda Suelta