La sangre va hacia el sur

Va el cuerpo de Rivero por el Río Paraná; fue el de su padre, en tiempo parecido, por el Río Uruguay. Ambos cuerpos viajaron en el agua para desembocar en el Río de la Plata. Las corrientes de la historia los llevaron hasta las Malvinas. 

         Allí, en las Islas, se oyen aún los ecos de bravura gaucha. Así se confunden los del padre con los del hijo. En 1982 se los escuchó con distinto vibrar. Porque se volvieron a llenar de gauchos nuestras tierras, porque todos gritaban lo que Rivero gritó, porque todos pelearon, una vez más, como gauchos argentinos. 

         Los ingleses lo saben bien: que esos gritos no se fueron de allí, y que otros gauchos, si no se van, volverán a gritarles con su sangre: ¡libertad! 

         Ser gaucho jamás ha sido una cosa sencilla… La unión de la patria, tampoco lo será. Pero como no se puede dejar de ser gaucho, tampoco se podrá dejarse de amar a la patria que nos parió.

Fragmento de Patria mía ǀ TIN BOJANIC

Con el facón en la cintura

Antonio tiene dieciocho años, ya es un hombre. El padre murió unos meses atrás en un episodio confuso. Dicen que fue un accidente, pero la bala que recibió en su nunca declara muchas otras versiones posibles. Tampoco estaba su caballo. Los españoles para quienes él trabajaba por entonces ya no se encontraban en la finca, a la que diariamente iba Antonio para encontrar movimiento, hallar alguien a quien preguntarle, indagar en los ojos cuáles merecerían alguna venganza. Pero nada fue posible. 

Aquél día vinieron gauchos amigos al rancho para avisarle al menor Rivero que su padre fue encontrado muerto frente a una tranquera, donde trabajaba. Inmediatamente, junto a ellos, fue cabalgando al lugar y desensilló de un salto para caer de rodillas ante el cuerpo de su padre. El hombre estaba boca abajo y tenía un curso de sangre que regaba toda su espalda. Mientras lo inspeccionaba, o mientras se quedaba admirando la escena, uno de los gauchos amigos decía “fue a traición”. El otro, momentos más tarde dijo, “a sangre fría, porque su facón estaba en su funda y en la cintura” a la vez que avanzó hasta donde estaba el muchacho y adoptando la misma posición de rodillas, se lo entregó. En acto reflejo, al igual que lo hacía el padre, lo introdujo entre el cinturón y su carne. 

         Frente al rancho del Río Uruguay. Allí, un atardecer ventoso. Últimos días del invierno de 1827. El viento favorecía la ceremonia. Los dos gauchos amigos del padre, y por ende del muchacho, observaban uno al lado del otro como en formación militar sujetando con sus dos manos sus sombreros, ambos. Antonio se sumergió hasta la cintura en el río cargando a su padre en sus espaldas. Allí, entonces, lo acostó con ternura en al agua, tomó con su mano derecha la misma del padre y con la izquierda iba hundiendo lentamente su rostro. Fue abriendo su mano y el cuerpo de Don Rivero comenzó a dejarse llevar río abajo. Mientras veía sumergirse y alejarse el cuerpo de su padre vio que donde él estaba caían gotas al agua. Recién entonces comprendió que estaba llorando. Se quedó así un buen rato hasta que le pareció que su padre hubiera querido no llorara de ese modo, y menos ante otros gauchos.

         No reparó en cuánto tiempo estuvo allí metido en las orillas del río, llorando, viéndolo partir materialmente al padre. ¿Cuántas veces había buscando en el agua y en el cielo alguna respuesta? Pudo comprobar que había sido un buen rato el que estuvo allí lagrimeando, porque había dado el tiempo, sin notarlo, para que los gauchos amigos ya hubieran preparado un buen fuego donde estaba asándose la carne. Ni bien se acercó, los dos gauchos se pusieron de pie, como para brindarle respeto, el mismo que le tenían a su padre. Uno de ellos lo abrazó rápidamente y no supo qué decirle. El otro le alcanzó una bota de cuero que contenía vino. Antonio los miró a los dos y luego arrojó sus ojos al fuego mientras dejó caer en su boca un trago muy largo. En ese entonces recordó la primera vez que había bebido alcohol junto a él, y esta sería la primera que lo haría contando nomás que con su espíritu. La bota fue pasando de mano en mano y el huérfano pudo estrenar el facón de su padre cortando muy hábilmente la carne. 

         Uno de los gauchos le preguntó qué haría en adelante. El otro le sugirió que sería bueno se alejara un tiempo del pueblo para no andar buscando venganzas ni andar indagando en cuestiones tenebrosas que no parecían tener respuesta. Él les respondió que tenía el rancho y que no podía dejarlo o, que en realidad, no quería desprenderse de todos sus recuerdos, de lo único que había sido su vida hasta el momento. Pero los gauchos le prometieron que cuidarían de lo suyo, a la vez que insinuándole que muy poco era ese rancho tan venido abajo desde que la señora de Rivero ya no lo habitaba. Acto seguido, y para reforzar la sugerencia, le contaron que en los próximos días una embarcación proveniente de la Banda Oriental pasaría por Concepción del Uruguay para dejar algunos productos y para llevar a algunos hombres a Buenos Ayres. Entre los que iban para Buenos Ayres, se hallaba un capitán por ellos conocido, Gervasio, que tenía por destino final las Islas Malvinas, a donde llevaría mozos a trabajar por un tiempo. Que no sería problema decirle que lo llevaran a él con ellos, con trabajo asegurado, porque le debían favores y porque sería fácil convencerle por ser un gaucho joven con visibles aptitudes. 

         Heredado el gesto adusto del padre, una contextura fuerte y unas manos engrandecidas por el trabajo diario, Antonio, sin saber bien adónde quedaban esas islas que le habían mencionado, asintió con la cabeza, sin ánimos de apalabrar algo tan desconocido, pero aceptaba el ofrecimiento. 

         Los gauchos amigos se retiraron y él se quedó observando cómo las llamas iban extinguiéndose. Algunos vecinos de los ranchos aledaños llegaron en silencio y sin interrumpir los pensamientos del muchacho dejaron en cuestión de ofrenda algunos alimentos y cosas preparadas por sus mujeres. Envolviéndolos, un poncho, algo celeste y con unas terminaciones en blanco. Recogió todo aquello e ingresó en su pequeña casa. Cerró la puerta, se acostó, afirmó el facón en su cintura como preparado por si alguien quería también ir por él, y llorando se dejó dormir.

TIN BOJANIC ǀ Patria mía

Canto de furia y de silencios

Prólogo para el libro “Emesis de legionarios” de Oscar Ledesma

El poeta está obligado a hablar, a decir. Es quien debe contarnos aquello que no se ve, de lo que nos podríamos haber perdido de vivir, o anunciarnos cosas que, tal vez, llegaran a venir, cual profeta literario.

También se cree que un escritor es reiterativo en sus obsesiones, pues necesariamente se enamora obnubilado de aquello que le apasiona, siempre. Bien nos lo declara al advertirnos que “los trenes son rehenes de sus rieles”; aceptando que uno es aquello que está llamado a ser. ¿Acaso sería posible que el poeta se callara o no nos lo dijera? Esto mismo resulta tan insensato como no querer oírle. Allá con ellos, con quienes tienen oídos sordos para negar la experiencia de quien ha vivido lo que nosotros no, o que no nos animaríamos a vivir.

Entonces, aquí nos encontramos con un canto poético. Porque Emesis de legionarios es un relato en verso que nos lleva por cauces diversos de sentires que bien pueden suscitarnos simpatía, o producirnos espanto en igual medida. Conlleva furia, porque ella es la rectora de la guerra. Grita silencios, porque eso es lo que nos deja la muerte tras dejarnos aturdidos.

Al ir navegando este escrito uno experimentará el destello del consuelo y la sinrazón de lo indecible. Pero continuará leyendo para ir descubriendo todo aquello que se nos muestra. Porque al momento de zarpar entre sus hojas, no podremos regresar a ser lo mismos, y querremos llegar hasta la salida iluminada de la caverna que el poeta experimenta, para unirnos a él, o para seguirle en cofradía espiritual.

Cuánto más justa se hacen todas estas apreciaciones evaluando el relato poético de quien sobrevivió la muerte en carne propia, es decir, haber actuado en el escenario de la guerra. 

Aquí, una vez más, Oscar Ledesma, un poeta guiándonos por los infiernos que él visitara, y habiendo sido buen soldado, sin haber cerrado jamás sus ojos de poeta. 

Tin Bojanic

Split 2020

Consolándome del llanto

Estuve junto a Don Quijote y pude oír 

su último estertor que pedía locura y vida.

Por la tristeza y la ignorancia fui asesinado 

junto a Federico escribiendo esta elegía.

Las balas que mataron a Guevara

van matando diariamente lo peor de mí.

Luché en Malvinas porque he sentido

la tierra tapándome el cuerpo cada II de abril.

He muerto tantas veces como han muerto los que quiero.

Puede que la vida sea vivir con ellos mirando lo que vieron.

La voluntad de la esperanza

La Argentina del Centro o El Eje de La Argentina

Por estos días he leído y escuchado en demasía sobre la intención de separar o de mutilar parte del territorio nacional, por considerarse algunos distintos o superiores al resto de la República. Por más ridículos o absurdos sean quiénes gobiernan el país -de esto estamos muy acostumbrados- no hay cosa más terrible que la desintegración nacional. Especialmente contradictorio es que aquellos que desean esta ruptura: no se dan cuenta que hace mucho tiempo la clase política argentina desearía entregarle más sur a los ingleses y mucho norte a las manos negras que tienen secuestrada a Venezuela. 

            La Ciudad de Buenos Aires inspiró a un territorio mayor que la patria actual defendiéndose de dos invasiones inglesas. ¿No fue en Santa Fe donde se libró la primera batalla por la Independencia? ¿Es que ya no se recuerda que desde Mendoza partieron nuestros granaderos para asegurar nuestra libertad y la de nuestros vecinos?; pero ahora, ¿ni siquiera nos preocupa la libertad de nuestros mismísimos hermanos? Siempre escuché que Córdoba era la Docta, y si lo sigue siendo, ¿por qué no le enseña algo a sus compatriotas haciéndonos volver a las raíces?

Golpeo la mesa antes de decir: ¿qué hacía el Gaucho Rivero, entrerriano, peleando en Malvinas? ¿Por qué bandera pelearon aquellos puntanos en nuestras queridas islas? ¿Qué soldado argentino en 1982 se negó a empuñar el fusil cuando llamó la patria porque no había nacido en Tierra del Fuego! ¡Allí fueron de todo el país a pelear por lo que es de todos: nuestro territorio nacional!

Todos debemos defendernos ante una agresión extranjera, pero también debemos estar en contra de aquellos que quieren destruirnos por medio de la división, sean estos corruptos gobernantes como engreídos separatistas. Cuando el país está en llamas, debemos unirnos aún más para vencer a todos aquellos que no aman ser argentinos. Así es nuestro deber moral, histórico y soñado.

Si San Martín nos viera seguramente gritaría frente a esta locura: ¿cuándo se dejarán de joder estos desagradecidos Dios mío!

Córdoba, España