Sacramento del padre Oscar

Una cosa que me había quedado pendiente de la visita anterior. No creo estar seguro de llamar a estos viajes como visitas, como despedidas, o como instancias. Aquello que no había logrado coordinar fue que un sacerdote le diera el último sacramento, la extremaunción de los enfermos. 

         El padre fue Oscar, de la Parroquia de la Medalla Milagrosa, donde yo fuera bautizado, comulgado y confirmado. La recomendación fue de Fede, el hijo del otro Fernando que mencionara líneas atrás. Este buen hombre acudió a mi llamado, al de quien fuera uno de los fieles de aquella parroquia cuando él no era el párroco. 

         Nos reunimos en el comedor de la casa. Estaba el padre Oscar, Cristina, yo, y ese hijo de Dios que estaba siendo llamado al viaje eterno, Fernando José. Un Fernando José que decidió agregarse el nombre de Ignacio para rendirle homenje a su santo -convertido también en el mío- Iñigo de Loyola. Cosas del destino, cosas de Dios, el padre Oscar poseía un parecido fascinante con San Ignacio. Yo le miraba a mi padre recibir su última comunión y pensaba si él, en su desvarío, no pensaría que estaba cumpliendo su sueño de estar recibiendo la santa eucaristía por parte de su queridísimo santo a quien amó, admiró y persiguió toda su vida. 

         Mientras el padre realizaba el rito pertinente Cristina lagrimeaba mirando hacia otra parte y yo me aseguraba de hacer lo mismo pero en dirección opuesta donde no existiera la posibilidad de cruzar nuestras miradas. 

         El padre con su temple de soldado de Cristo continuaba con su labor en ese valle de lágrimas, tristeza, despedida, pero todo envuelto en un acercamiento con Dios.

TIN BOJANIC ǀ Artesano de la vida

Siempre Unidos

En el quincho de mi casa natal de las Tierras de Adrogué mi hermano Andrés había escrito el lema que mi padre le había adjudicado a la familia en una de sus maderas. En muchas ocasiones mi padre pronunciaba nuestro apellido y el primero que respondiese con un ¡Siempre Unidos! se ganaba un beso y algún regalo a cuenta. 

         Aquel que había crecido entre siete hermanos sabía muy bien del significado de la familia. También sabía muy bien lo que dolía enterrar a un hermano (una hermana suya falleció cuando niña) y fue cosa que siempre nos lo advertía como uno de los dolores más intensos que pudieran sentirse. Lamentablemente pudimos luego saber que tenía razón.

         Siempre Unidos era un mensaje que quiso tomáramos como consigna. Que la familia no se elige y que tan sólo se acepta, que a la distancia uno sabría que siempre el familiar, el de tu sangre, revelaría un valor diferente. Así recuerdo visitas que nos hiciera por Europa e insistía en que nos mantuviéramos unidos.

         En mis visitas a La Argentina fui reencontrándome con tíos y primos que hacía mucho que no veía. Especialmente para quien vive a miles de kilómetros y que ha cambiado su realidad diaria por una completamente distinta, volver a verse en los ojos de un familiar es una experiencia vívida y especial. Tal vez porque todos sabíamos lo que se avecinaba era que el acercamiento se hacía más intenso, más genuino. Ya no éramos los que nos encontrábamos para celebrar la rutina de algún cumpleaños, sino que nos abrazábamos reconociéndonos en el otro, y reconociendo que ese otro, mi padre, llevaba nuestra misma sangre.          

Pude charlar con mis tíos, compartir momentos con ellos, y sentir la hermandad de muchos de mis primos como no creía que ya sucedería con el transcurso del tiempo y sin que supiéramos nada uno del otro. Ese padre, ese tío, ese hermano, había unido a la familia, algo que quiso hacer siempre.

Fragmento Artesano de la vida

Carta al Príncipe de Albanta

martes, 5 de marzo de 2013

Príncipe de Albanta

Mi Señor:

Nuevamente fui al Banco Galicia, sucursal Adrogué,  (Ud. en Barcelona) a fin de solicitar el libre deuda que me encargara.

Un poco reticentes, aclaro que fui sólo vistiendo ropa de calle, pero cuando hablé de España, de que era el padre del Príncipe de Albanta poeta, la conversación se fue distendiendo de a poco.

La empleada, con aspecto de poca lectura, se fue interesando cada vez más de su mundo y poniendo menos interés en su actividad específica, a tal punto que me hizo preguntas y más preguntas sobre su persona, sus actividades y en especial su mundo de poeta.

Ni tonto ni perezoso, la fui entusiasmando de a poco, a tal nivel que me manifestó que su vocación era la literatura y que en el banco se hablaba de cualquier cosa menos de ello.

Cosa curiosa, como yo llevaba conmigo uno de sus libros de poemas, se lo presté, y como tocada por una varita mágica comenzó a leer en voz alta y cada vez más alta.

Entre poema y poema, se me ocurrió, vaya ocurrencia, la idea de traer al banco el mundo de la poesía.

¿Y si con el resumen de cuenta se les hace llegar a los clientes un poema del Príncipe?

¿No sería mala idea, en vez de tanto cartelito anunciando créditos, la felicidad de tener un auto nuevo, anunciar que el Galicia era el nuevo banco de la Poesía?

Al principio se tentó de la risa, pero en ese momento se incorporó quien resultó ser la Gerenta, nada menos.

Al rato se puso ella misma a leer sus poesías.

El público, que colmaba en ese momento el banco, comenzó a interiorizarse de tan original actividad.

De a poco se fue transformando en un recital, sí mi Señor, un recital en un banco, ¿fantástico, no?

De repente recordé haber visto unos cuantos ejemplares, mas que cuantos unos muchos, que rápido fui a retirar de mi casa y llevé al banco.

Cuando volví todo era alegría, la gerente parada sobre una silla leyendo poesía, la gente feliz de la novedad, los afiches típicos del banco habían sido dados vuelta, y habían escrito leyendas, vaya uno a saber quien, que rezaban: “VIVA EL PRÍNCIPE DE ALBANTA”, “BANCO DE LA POESÍA”, “MAS POESÍA Y MENOS MATERIALISMO”, “BANCO DE GALICIA Y DEL PRINCIPE DE ALBANTA”.

Ante semejante oportunidad, comencé a repartir libros suyos a cuanta persona se me acercaba, todos agradecidos, nadie quería hacer ninguna actividad bancaria, es como si hubieran descubierto un mundo nuevo.

Cada vez que se terminaba de leer un poema los aplausos, que se podían escuchar desde la calle, hicieron que mas gente se incorporaba a lo que ya era un Festival de la Poesía.

Pero de repente, escucho una voz que dice: Jijena, Jijena. Presuroso respondí al llamado y la empleada me manifestó un poco secamente: -En diez días a partir del cierre de la cuenta puede solicitar el libre deuda-.

En ese momento, fue como que me hubieran cortado la inspiración, le di las gracias y cuando giré la cabeza para seguir disfrutando del momento, todos se habían callado, hacían cola nuevamente, los carteles ya no estaban.

No lo podía creer, como la vez que fui con el Regimiento, recuerda y de repente no estaban más. Sobre una mesa estaban todos sus libros, los mismos que había traído. No sabía como hacer para llevar tantos al mismo tiempo, miré hacia mi alrededor si a alguien lo podría interesar, pero nada, miradas frías, indiferentes, viendo el papel que hacía con un enorme pila de libros que en cualquier momento terminaría en el piso.

Me volví en silencio, casi triste, todo había pasado. ¿Un sueño? ¿Una alucinación?

Caminando me volví a mi casa, iba pensativo hasta que de repente comprendí lo que me había sucedido.

Es que pensando en Ud. mi señor, en su mundo de poesía, tan opuesto al del lugar donde me encontraba, que cual epifanía, sentí que había descubierto yo , padre de poeta, el mundo de la poesía, que me había hecho vibrar de emoción y sentirlo en ese momento, más hijo, más poeta y más conocedor de la vida.

Su seguro servidor

Don Sancho (Fernando)

Tierras de Adrogué

Mi sangre

A mi padre

Cuando por primera vez quise caminar 

poniéndome de pie en desafío,

qué tan duro pudo haber sido

sabiendo que tus brazos no me dejarían tropezar.

Cuando complicaba mi vida con problemas 

lejos de ser ineludibles aunque para mí necesarios,

qué tan duro pudo haber sido enfrentarlos

sabiendo que en la batalla estaría presente la sangre de tus venas.

Cuando creía ser soldado era tomar las armas

me enseñaste que la vida toda era una batalla

y que la fuerza y la voluntad derrumban la muralla

que libera al corazón que ama arder en llamas.

Cuando ya no estemos juntos peleando al enemigo

sólo será en forma aparente,

sin importar quien esté enfrente

¡siempre estaremos los dos, mi gran amigo!