Epílogo para Auterreflejos de Christian Masello

OTRO PADRE MÍO HA MUERTO

Fue eso lo que te dije al enterarme… “Otro padre mío ha muerto”.

   Espero aceptés cierto desorden en mis palabras, y que recibas, eso sí, el peso, pesar y silueta de esta lágrima que recorre la mejilla de cualquiera de nosotros, de quien tenga la desvergüenza de llamarse poeta. Porque un poeta ha muerto.

   Cuánta fortuna significa haber querido a un padre y haberse sentido querido por él. El gozo es mayor aún si se hubiera vivido esta experiencia en partida doble (o triple en mi caso, pues debiera incluir a mi padrino de bautismo todavía brindando en Barcelona). Pero lo que no había medido nunca antes es que, al dejarnos un padre, se sufre inversamente proporcional a lo que antes era un privilegio y disfrute eso de tenerlo. 

   Se puede llorar por frustración o se puede llorar por agradecimiento. ¿Coincidís conmigo? Pocos observadores notarían la distinción entre estas acepciones de lo amargo entremezclado con lo dulce.  Que yo me niego a creer que haya sido casual que mi padre verdadero, y ese otro padre que tuvimos, hayan partido con menos de un mes de diferencia. ¿Será también tu tío, Christian, integrante de aquella barca expedicionaria que navegará hasta el umbral de alguna estrella? Tal vez todo fuera para demostrarnos la cercanía de esto que estamos comprobando, el haber recibido otra paternidad muy singular y compartida. 

   En los últimos veinte años de mi vida, que podría bien decir la mitad de la misma, Luis Eduardo Aute ha estado allí, siempre. Recibiendo mis inquietudes y brindándome el afecto y consejo que, con insistente esperanza, yo le reclamaba. La generosa correspondencia, casi bimestral que atesoro, así lo demuestra. En tinta, por fax y en soportes electrónicos, supo decir la palabra exacta, el consejo necesario, la sugerencia oportuna. Confiesan estas pruebas que en ningún momento le soltaba la mano a la poesía, brindándose en cada palabra con la seriedad literaria e ironía divina con la cual ejercía esa mayéutica que le caracterizaba.

   ¿Por qué él tuvo ese comportamiento? Lejos de considerarlo que fue debido a una relación especial para conmigo, lo pienso porque se sintió responsable por lo que su arte había provocado en mí, “en ese otro”, y porque su humildad quiso que lo sintiera cercano, “un igual”. Porque un artista sabe que en este mundo necesita de otros artistas para identificarse, para inspirarse, para poder ser. Y él supo ser guía.

   Desde muy chico he leído ininterrumpidamente muchos libros al mismo tiempo y sobre los más diversos temas. Y quién se atreve a contrariarme cuando digo que no hay literatura más importante que la de la poética. Pues en eso, de todos los poetas que yo admiraba en mi formación personalizada –guiada por mi propia persona– no había en vida ningún autor contemporáneo con quien pudiera conversar o interpelarme. 

   Pero un día encontré fascinado que allí estaba, como escondido, Aute.

   Imaginá entonces a un joven poeta que le dice a quien más admira, y en ese primerísimo encuentro, que seguirá escribiendo poesía sólo si aquél a quien considera su maestro reconociera que uno tiene esencia para ello. Puedo recordar sus ojos inquietos, indagando la extravagancia de mis palabras en mi mirada. Le pedí entonces que escribiera el prólogo de lo que sería mi primer libro –Reino de Albanta con él como protagonista– si así le parecía. 

   Tuve suerte entonces, porque la apuesta era importante. De no haber obtenido un buen resultado, podría haber terminado dedicándome resignadamente nomás que a la prosa (o, ya que estamos, a cualquier otro oficio más rentable). 

   Ya en esos primeros gin-tonics sentí que me había leído el corazón, instándome a que no perdiera jamás esa curiosidad por el conocimiento y la experiencia de vivir. Pero me encomendó a que no arriesgara demasiado mi vida, y a que la cuidara. En lo primero jamás le traicioné, pero, en lo segundo, creo haberle convencido que eran un tanto necesarias mis andanzas y otras danzas. 

   Muchos artistas nos enseñan a vivir, pero para quienes disfrutamos del mundo de Aute no podríamos imaginarnos una vida sin su existencia. O, quizá, hubiéramos vivido de una manera tan y tal diferente que podríamos no reconocernos al día de hoy. Porque haber comprendido la mirada de Luis Eduardo hizo que percibiéramos la vida y la muerte de una manera única. Sin imponérnoslo, nos ha mostrado un camino a seguir, que no creo que hubiéramos descubierto sin el trazo de su exquisito pincel. Ese mundo poético hoy no podríamos quitarlo ya de nuestras vidas sin dejar de ser quienes creemos que somos; o quienes creemos que podemos llegar a ser persiguiendo ese faro que aún nos mantiene asombrados. 

   Hoy puedo darme cuenta claramente de la trascendencia que tuvo al enseñarnos algo fundamental y fundacional en nuestras vidas. Quiero insistir y glorificar su ternura. Ese dúo de melancolía y de tristeza, cuando asomaba el sinvivir, sabía el maestro refutarlo por el noble amor que latía venturoso dentro de sí. La ternura que esparcía en cada gesto lo vestía luminoso, y a nosotros nos desnudaba el alma.

   Pero también era un poeta innovador que supo como ningún otro hacer de lo cotidiano poesía. Ha sido un creador al que no puedo encontrarle parecidos. Alguien que se animó a poetizar como si nunca nadie hubiera poetizado –y profetizado– anteriormente. Ha sido un poeta cartesiano en el sentido de haber dudado hasta de la mismísima poesía, para luego encontrar respuesta y significado al hallar su veracidad en aquella necesaria sustancia de su ámbito metafísico.

   Yo sé que allí… Luis Eduardo estará siempre musicalizando nuestros latidos y divirtiéndose con las acrobacias que alcancen nuestras palabras. Aún más, aquél rey de artistas, estará esperándonos en el camino como señalero de la vida, instándonos a subirnos al tren que busca recorrer el amor constantemente seducido por todo tipo de vapores. Apasionarse como Aute del instante será nuestro desafío.

   Tan lejos diríamos de los referentes mundiales que tras sus muertes dejan pueblos divididos y legados malsanos. Aquí mismo, en estos Auterreflejos, todos aquellos que besan su nombre en sus bocas bien podríamos coincidir en que siempre nos ha predicado una poesía sin violencia: su voz ha sido una brisa celestial. 

   Tras descubrir que hay otros que han sentido a Aute como a un padre, como es tu caso querido Christian, me reconforta en su partida al saber –y él lo sabía– que me dejó a un hermano en el mundo por el tiempo que nos quede por vivir. 

   ¡Vamos!, dale… apurate… que el poeta en Albanta, con su risa pícara, nos espera.  

¡Vamos!, dale… apurate… que el poeta en Albanta, con su risa pícara, nos espera.

Abril MMXX

Spalatvs

Free Heart

Free heart

To William Wallace

Freedom. It never is word, is always alive expression of true feeling. It is an ideal and an undeniable value that everyone needs and should exercise. Without Freedom we are deprived of being, without her, simply no longer we are.

One is free in the decision making, regardless of the pressures in relation to the course of action. Even in situations limits it is chosen, feeling like a friend of the recklessness, courage or cowardice, without mattering by which of them it is being accompanied, adopting an attitude towards any circumstance. But Freedom is not free will, it is acceptance responsible for the consequences of those actions we decide to undertake.

There are subject men who feel limited  to the  destiny without questioning it or defying it; others are those that, deprived of the comfortable performance and action, defy everything without concerning the risks, being fearless and no longer brave because they know  that without Her, without Freedom, nothing else matters.

Which would be our last words?

“I tell you a truth, Liberty is the best of all things, my son, never live under any slavish bond”. 

Those were the words pronounced by William Wallace before its exemplary confrontation with death 23 of August 1305

I observethe sky and attempt to feel everything what it leaves us by message the revolutionary Scot who refused to live without being free and preferred to die fighting by his right convictions of libertarian flag.

He belonged to an oppressed class and of enslaved treatment deprived to choose to be as they wanted to be.  He endured the English aggression, who never felt that someone else could feel. They lost all shame obtaining lose the complete respect to them.

Enslaved condition was worse than death itself; the death by freedom no longer was loss but surrender so others could live free. He decided to face the impossible thing. He preferred to dream and not to fear for what they entail, worse nothing would be and triumph it would not be it in greater degree.

The leader arose who played the restless desire to act, the strength personified the dream. He knew how to seduce the hearts that courted the revolutionary path. He accepted the consequences that of his actions would follow and urged the others do likewise. He knew that his example would be determining and wasconsequent with his principles. He fought by them, no longer by him. It did not concern because he had understood the libertarian sense, what concerned him was that the others reached the experience of feeling no another thing beyond the crazy desire of being free. He could not himself feel free when the ones around him would not feel free themselves, as a leader he could not save himself but to seek the way for all to see the pointed star. His life did not matter, it was necessary the recklessness to raise bravery.  The risk of prudence could have been interpreted as a weak cowardice.

He was eager to face death. He did not seek for it, he defied it. He understood that the meaning of life grants the final instance. He knew that men would face death as a single accurate destiny in existence. The difference and particularity would be manifested at that moment where will be tested the experience of senses and be proven.

It can be that a tear, daughter of the impotence, the one that has run down his cheek to fall to the ground. It did, finally free. It would expect with open arms to another one. That tear, perhaps, was surprised by a companion who had just fallen too, but this one was bright red, colour of the blood and it was not a product of impotence but of the injustice. The first tear was afraid and asked the second who it was and this responded: “The sacrifice made us free.”

Today I listen again to the cry that from his heart was born, with the poetic passion of the final act, arriving to the present time… FREEDOM!!

Translated by Anabella Monticello

“Ese respeto que tenía por la bandera argentina y las conferencias que organizó sobre las Invasiones Inglesas generaban una fascinación muy especial cuando era chico, tal como lo mencionara anteriormente. Con ese entusiasmo compartido fuimos juntos muchas veces a diversos homenajes que sucedieron por los veteranos de Malvinas. Recuerdo cuando charlamos con Héctor Elías Bonzo quien fuera el comandante del crucero General Belgrano en el último conflicto”.

Fragmento de Artesano de la vida

Amerika

Mati Bojaniću

Stari Grad, otok Hvar, Dalmacija, početak 20. stoljeća

Brodovi se ljuljaju na moru. Jure se vraća iz ribolova. A Vlado je na terasi oštarije. Ne znam bi li trebao sjediti ovdje ispred uvale i ovako gledati mjesto, ne čini mi dobro. Ne znam bi li bilo bolje izbrisati iz sjećanja sve ove slike. Jer ako želim početi nov život na nekom dalekom mjestu, sve ovo će me gristi za srce. Ali tko bi mi vjerovao ako kažem da ću jednog dana zaboraviti moj otok i moje ljude, da se jednog dana neću htjeti vratiti da vidim barem  da li me se netko još sjeća. Zapalio bih cigaretu ali ne pušim. Sva sreća, jer bi zapalio cigaretu veću od samog mjesta. Ne želim se oprostiti od nikoga a ovdje me svi vide. Gdje je Nikola sa svojim brodom?

Znam da će moja majka plakati u krevetu jer sam je zamolio da se ne dolazi opraštati od mene ovdje, jer sam joj obećao da ću htjeti samo da me dočeka kad se vratim , ako se budem mogao vratiti.  Plakat će i zato što zna da nisam zadnji koji će otići, jer će i ostala braća vjerojatno učiniti isto. Otac sakriva suze dok radi ; znam da me je jutros došao poljubiti prije nego je otišao raditi i nije govorio o mom putu kao prije već je samo otišao hineći oproštaj.

Uostalom, tko voli oproštaje? Udišem zrak moga otoka, želim ga udahnuti i ponijeti ga sa sobom. Jure me pozdravlja iz broda, ne želi izaći jer zna da bi morao doći do mene a obećali smo jedno drugom da nećemo plakati, da smo već odrasli ljudi, imamo osamnaest godina. Oboje znamo da samo gubi vrijeme i da ga ništa ne zadržava u tom brodu nego da me samo želi izbjeći. Što će biti s njime koji ne želi ići?

Zbog nestašice vode i posla kažu da bi mogao izbiti i rat, jer uvijek negdje ima rata, završi jedan i počne drugi . Vlado je pomaknuo stol u u oštariji i okrenuo leđa prema meni. Stariji znaju da se mjesto prazni, da se bez mladih budućnost pretvara u neizvjesnost. Eno Nikola! Napokon.

Nikola: Kako je , brate?

Mate: Evo nas, torba je spremna.  Idemo, brzo, molim te.

Nikola: Uđi. Daj mi torbu. Ostavi torbu unutra i donesi bocu rakije koju sam spremio za put.

Mate:  Idemo, molim te. Ovdje je boca.

Nikola: Prije nego krenemo, nazdravit ćemo za otok i za tvoju sreću.

Mate: Dobro, nazdravimo ispred mjesta , živili!

Ne mogu spavati i Nikola je svjestan da nemam volje za nikakvim razgovorom. More koje se valja čini se kao da mi pjeva pjesmu za oproštaj. Jer bit će mora i tamo gdje idem, ali neće to biti Jadran, neće biti moje more. Što je uopće bilo moje? I što će jednog dana biti moje? Stojim pred svijetom i iskušavam sreću dajući joj svoju sudbinu. Ne znam ni sam kako sam uspio zaspati. Bit će od rakije… boca je prazna. Probudio me Nikola pred prekrasnim Dubrovnikom, koji će biti zadnji grad moje domovine koji ću vidjeti. Toliko su ga puta bezuspješno pokušavali osvojiti a sada ako ljudi nastave ovako odlaziti , moći će ga mirno zauzeti.

Nikola: Brate, mogu te ostaviti ovdje na žalu južno od grada…

Mate: Hvala, Nikola, puno mi znači ovo što si učinio za mene. Kad se vratiš na otok reci obitelji da sam bio sretan i uzbuđen što odlazim.

Nikola: Nemoj me tjerati da lažem. Reći ću im da si otišao zdrav i da ćeš se vratiti kao gospodin jednoga dana. Uzmi, ovo smo ti moja žena i ja odlučili dati. Nije puno novaca ali će ti dobro doći za troškove na brodu…

Mate: Ne, ne mogu to prihvatiti.

Nikola: Nemoj to uzimati kao dar nego kao posudbu, ako i mi jednog dana odlučimo krenuti tvojim stopama. Za par mjeseci ću postati otac i želim najbolje za moje dijete.

Mate: Nisam znao, čestitam.

Nikola: Hvala…Gledaj, tamo na sjevernom dijelu grada se vide brodovi za Ameriku. Idi odmah tamo, jer ako ti pobjegnu, ovdje po gradu ćeš se samo patiti dok ne dođu drugi.

Mate: Neće mi pobjeći. Idem…

Nikola: Zbogom!

Koliki brodovi! Za prvoga mi kažu da ide za Grčku a drugi ima natpis „Amerika“ . Stat ću u red za ukrcaj i idem u Ameriku.

Oni malo stariji pričaju međusobno dok čekaju a oni mojih godina šute. Naravno, puni smo straha. Svi plaćaju onom čovjeku u uniformi, platit ću mu i ja.

Mate: Idem u Ameriku…

Čovjek u uniformi: Pa što piše tamo? Platite i uđite!

Da, koga briga za moju priču i moje brige? Ostali imaju kabine. Ja ću spavati u kuhinji kada završi noćna smjena. Ne žalim se, već sam znao da će biti ovako, mjesecima se već pripremam da doživim, da preživim čitavo ovo iskustvo.

Frane : Govoriš li hrvatski?

Mate: Da, naravno, ja sam Mate.

Frane:  Frane, drago mi je.

Mate: Odakle si?

Frane: Sa Korčule. A ti?

Mate: Ja sam sa Hvara.

Frane: Onda ćemo nazdraviti za otoke.

Mate: Da, ali sa čim?

Frane: Imam rakije prijatelju.

Mate: Onda dobro…

Frane: Koliko imaš godina?

Mate: Osamnaest. A ti?

Frane:  Dvadeset. Ako si tužan možeš razgovarati sa mnom.

Mate: Hvala.

Frane: U kojoj luci ćeš se iskrcati?

Mate: U SAD-u.

Frane: Ali ovaj brod ide u Južnu Ameriku. Tamo u Buenos Ayresu me čeka jedan rođak, ali on ne zna kada dolazim a ja ne znam kako ću ga naći.

Mate: Jeli velik Buenos Ayres? Jeli mi bolje izaći u Brazilu?

Frane: Ne, Brazil nije dobra ideja. Argentina je puno modernija i imaju dobru politiku za primanje useljenika. Osim toga, ima puno Dalmatinaca pa ćeš se bolje snaći, tako mi se bar čini.

Mate: Da, naravno. A koji jezik govore tamo?

Frane: Španjolski.

Mate:  A govoriš li ti španjolski?

Frane: Ne.

Mate: Ja znam jednu riječ – amor!

Frane: I ja također. Nazdravimo onda za amor…

Frane i ja smo se izbjegavali nekoliko dana. Valjda se on osjećao stariji od mene i na neki način obvezan ostaviti mi dojam samopouzdanja.

Ni ja nisam htio da me on vidi. Na otvorenom moru svi su plakali…svi smo plakali. Plakao sam jednu noć misleći na moj otok , na moje djetinjstvo, na mjesta koja sam otkrio i učinio ih svojima, ako uopće postoji nešto što bih mogao nazvati svojim. Plakao sam poslije i za mojom obitelji, misleći na oca kako se suzdržava od suza dok radi i kako se osjeća krivim, misleći na majku koja plače u crkvi moleći da nađem bolji život. Plakao sam i za prijateljima… i ne znam zašto se nisam zagrlio i pozdravio sa Jurom, sad sam ljut na njega radi toga. I kao zadnje, plakao sam zbog moje sudbine, moje budućnosti, jer sam se osjećao nezaštićeno. Ne znam zašto toliko stišćem ovu torbu kad znam da mi je nitko neće ukrasti , nema ničeg vrijednog u njoj jer sigurno imam najmanje od svih ovdje. Što je to toliko vrijedno što imam? Rekli su mi da je vrijedno to što imam osamnaest godina, i mogućnost da započnem jedan novi život sa više mogućnosti. Ni to što imam nemam previše, ni sa sigurnošću. Jer, i kad prođu godine, nitko mi neće garantirati hoću li ili neću imati više ili manje mogućnosti.  Zašto mislim toliko?  Neki drugi, čini mi se, idu na ovaj put bolje pripremljeni nego ja. Buenos Ayres.

Što ima u Buenos Ayresu?  Jednog ću se dana vratiti i pričat ću španjolski sa mojom majkom, da, to će joj sigurno biti zabavno. Što je dalje od moga otoka, SAD ili Argentina?

Mršav sam, sit plovidbe, nikad nisam proveo toliko vremena bez da vidim kopno. Ne znam gdje smo sve stajali zadnjih dana ali stalno vidim sve više Talijana na brodu. Razumiju li oni španjolski? Što radi Frane? Čini se pijan.

Mate:  Frane, šta ti je? Popio si čitavu bocu sam.

Frane:  Rođendan mi je.

Mate: Stvarno? Sretan rođendan!

Frane:  Gracias. Sviđa li ti se moj španjolski? Tamo ima jedna Katalonka koja me uči neke riječi.

Mate:  Odlično. Ali, zašto si sam pio?

Frane: Katalonka mi je ponudila nekoliko gutljaja. Vidjela me kako plačem pa sam joj rekao da mi je rođendan. Ona kaže da je bolesna ali meni izgleda dobro.

Mate: Onda je to bila vesela boca, podijelili ste je. Na kojem jeziku pričate?

Frane: Na talijanskom. Moja majka je Talijanka.

Mate: Sviđa li ti se ta djevojka?

Frane: Da, jako mi se sviđa i vjenčati ćemo se ako nam dopuste…

Mate: Nije loše osjetiti malo ljubavi za rođendan. Budi kavalir!

Tko zna jesu li se stvarno vjenčali? Sjećam se dana njegovog rođendana kada mi je rekao da hoće. Da je barem tako bilo.

Također se sjećam da mi je rekao da je ona bila bolesna. Što joj je bilo? Ja sam nekako zamišljao da ćemo biti dobri prijatelji. U stvari, bili smo dobri prijatelji. On je zadnja osoba sa otoka sa kojom sam razgovarao i sa kojom sam plakao. Nitko mi nije ništa objasnio kako treba, nitko nije govorio moj jezik. Nisam plakao kada su njihova tijela bacili u more. Stajao sam gledajući kako ih voda guta i nosi na dno baš onda kada su trebali ići na nebo. Otišli su zajedno. Možda je i bolje, otići tako, sa sjećanjem na svoja rodna mjesta a ne sa slikom nekog nepoznatog grada. Zašto nisam plakao? Vjerojatno sam bio umoran od plakanja. Ako muškarci ne plaču onda me ovo putovanje počelo činiti muškarcem. Na kraju krajeva, Katalonka i Dalmatinac su se vratili moru, vratili su se tamo odakle su i krenuli. Ja sam jedini koji ne zna kamo ide. Ima li rakije u Buenos Ayresu?

Što piju tamo kad su tužni?

Na brodu je velika galama. Kopno je na vidiku. Kada su zavikali Brazil nisam htio gledati, bojao sam se. Ne znam zašto.  Frane mi je rekao da je bolji Buenos Ayres i palo mi je na pamet da mu tako odam počast. Tko zna je li Katalonka, kojoj nikad nisam doznao ime, išla za Brazil ili za Buenos Ayres? Jer možda bi se ovdje morali rastati…Zbog toga je možda i bolje da su završili onako, zajedno, iako na dnu mora. Ako nemamo ništa, ako smo tako mali, što imam ja? Što ću imati jednoga dana? Ja ću uvijek biti jedan te isti Mate, koji je odrastao na Hvaru i koji će živjeti pod nebom koje mu Bog podariKakvo uzbuđenje! Razumijem da svi viču zbog nestrpljenja da se iskrcaju na tlo ali zar nitko ne razmišlja što će biti poslije? Ja se također jedva čekam iskrcati, umoran sam od puta i od mora, ali što ću raditi jednom kad se iskrcam?

Smiren sam i to je dobro, to sam naučio od oca.  Da me on sada vidi kako se iskrcavam u Buenos Ayresu, u Južnoj Americi! Da me majka vidi ovako osnaženog od putovanja, spremnog boriti se za novi život.

Nadam se da se osjećaju ponosni na mene, nadam se da sam im uspio prenijeti barem malo mira prije moga polaska. Nadam se da imaju nade u mene. I nadam se da ću ih ponovno vidjeti. Vidi se lijepi Buenos Ayres, koliko brodova! Došao je trenutak da kročim na kopno. Čekat ću u redu. Jedan policajac viče nešto kao: „Os ke saen spanjo aka“ „ Spanjol no,aka“.  Ja ću ići sa ovima drugima, „spanjol no“, ja nisam Španjolac. Ja sam Dalmatinac, iz Staroga Grada, sa otoka Hvara. Morat ću pokazati moje dokumente. Ne znam je li ovo što proživljavam stvarnost ili sanjam. Suočavam se sa jednom velikom i novom stvarnošću. Neka mi Bog pomogne i neka budem zadnji od moje krvi koji mora proživljavati sve ove bojazni i osjetiti ovoliku gorčinu.

Ali sreća će doći. Napravit ću sve što mogu. Obećavam si to. Obećavam si sreću.  Kročio sam na tlo, u Argentini sam. Frane, stigao sam, trebao si i ti biti ovdje. Da, da, znam što moram reći policiji kada budem predavao dokumente.  Frane, nisam zaboravio, neću te zaboraviti, nosim te sa sobom.

Policajac: Zemlja? Godište? Odredište?

Mate: Hola, Buenos Ayres, hola.

MMXI

Madrid 

Tin Bojanić

Prevela Tonka Mrduljaš

Anita – ¿Qué miro? Ahora miro la llegada de la noche, las primeras estrellas, mi cerveza huyendo del vaso, tus ojos que me miran, tus dedos acariciándote la barba… pero, ¿cómo miro? Eso es tarea tuya.

Fragmento de Mi escritor favorito

Te Extraño Hermano,

Me gustó mucho tu poesía acerca de la amistad y pude darme cuenta, que aquel amigo era el gran amigo que decías tener, Jesucristo.

Creo que será la más cómica de tus poesías esta última. Porque en un mundo tan materialista, individualista y sin, o con falsos ideales, no le dan oportunidad a Él.

Aquel que fue amor todo, ternura completa y entrega absoluta. El personaje histórico más importante que haya pisado este contradictorio mundo, es pocas veces recordado.

Los buenos actos no deben ser sólo para complacer a Dios, pues estarían subordinados a la falta de humildad. Deben ser buenos en sí, nacer dentro de nosotros, en el corazón, y poseer la voluntad de realizarlos ignorando la existencia de Dios.

En este mundo donde la Libertad, la Paz y el Amor son menospreciados es difícil la esperanza, pero no debe perdérsela nunca por ser nuestro tesoro más valioso. Buscaste a Jesucristo por todas partes, hasta que lo encontraste dentro de vos y brindaste amor desinteresado.

La felicidad no puede ser alcanzada individualmente, pues se alcanzaría el egoísmo. A la felicidad sólo se llega en compañía.

Entendiste que la vida es algo más que una vegetación, el hombre es un ser que ama y se apasiona, no puedes quitarle eso porque dejaría de ser hombre. Vive cada día con la certeza de la incertidumbre de no saber si será el último. Porque tenías la certeza, el hombre enfrentará a la muerte; su distinción será su particular circunstancia.

Aquel mensaje social tan materialista vos supiste opacar, no con algo mayor porque no se trata de cosa material sino con palabras que poseen grandeza. Cuando decimos que somos nunca lo hacemos con relación a algo complementario sino con respecto de lo que uno es desde que vino al mundo, simplemente un ser humano. No pretendas llevarte algo al Cielo; preocúpate en dejarlo todo aquí en la tierra.

Me enseñaste a leer el evangelio, me pediste que lo hiciera, sabiendo que me gustaría. Iluminaste mi camino con generosidad y humildad.

Agustín Elías

Fragmento de LIBERTAD ESCLAVA

La vida del mar

Alo es una ola, pequeña y tranquila nacida en el Mar Adriático, que disfruta como pocas otras semejantes recorrer los mares, buscando aventuras y haciendo amigos. Con diversas ocasiones ha demostrado una gran destreza y creatividad. En todas las playas le aplauden cuando llega porque saben que ayudará a todos los niños que esperan con sus barrenadoras divertirse locamente con sus esfuerzos. Y  como tiene muchos amigos delfines, puede llamarlos para que acudan al rescate si alguno de los niños cae tras una pirueta arriesgada en aguas algo profundas. Pero entre todas las orillas siempre ha tenido por favoritas a las de Honolulu en Hawaii, porque cada vez que pasa por allí escucha que la gente se saluda con un “Alooooha” y se jacta cuando dice que es debido al agradecimiento que sienten por su buen desempeño como ola…  

Los padres de Alo creen que debería ocuparse en pensar qué hará de su vida más allá de divertirse con sus amigos marinos y comenzar a intentar conseguir una novia con la cual casarse y formar una familia. También sufre una presión agregada por saber que un día deberá hacer algo destacable por el buen nombre de su familia o por el bien de todas las olas del planeta. En cuanto a hallar una novia, cree que las mareas del destino le acercarán a la ola más tierna de todas con la cual salpicarán besos la vida entera criando olitas en felicidad.

Siendo invierno en el hemisferio norte donde está su casa, planeaba un viaje muy al sur, para reencontrarse con el verano y una muy especial empresa. Debido a la gran fascinación que siempre le han producido los mapas y sus ganas de probarse a sí mismo, decidió realizar algo que nunca en la historia del oleaje conocido alguna ola semejante había hecho. Siendo una ola salada quería adentrarse en la leyenda viviente del Mar Dulce e inscribir su nombre en las páginas célebres de la oceanografía. La expedición tenía entonces por nombre y rumbo ¡el misterioso Río de la Plata en Suramérica!

Sin avisar a nadie se despidió de su familia en las orillas de la Isla de Hvar y comenzó a nadar hacia el sur. Luego contorneó la Península Itálica para descansar brevemente en las playas del sur de Sicilia. Más tarde visitó a unos amigos en Sardegna que al oír su aventura decidieron acompañarlo hasta el encuentro del Mediterráneo con el Atlántico Norte apoyándolo en su misión. Alo junto a sus amigos dio vueltas alrededor de las Islas Baleares: Menorca, Mallorca, Ibiza y Formentera, ¡cuántas veces había ido a fiestas de cumpleaños por aquellas aguas! No planeaba despedirse trágicamente de su barrio del Mediterráneo pero no sabía muy bien cuándo volvería. Por ello sus movimientos eran  algo nostálgicos. Pero también, y es cosa cierta, sabía que estaba dando unos grandes nados en su crecimiento y muchas cosas cambiarían en su vida. Por esa misma razón es que, de alguna manera, se despedía de costumbres que quizá ya no haría en el agua tan a menudo. Porque cuando uno está decidido y se lanza a capturar el destino que nos espera resurgen vertiginosas emociones que, liberadas, pueden transformar todo lo que era habitual hasta ese momento. Entonces no fue extraño que mientras observaba las costas de Argelia o de Marruecos se planteara varias veces suspender la expedición. Es que la emoción por la aventura era muy intensa y quizá él no estaba preparado para eso. Es cierto que su orgullo no le permitiría regresar sin haberlo intentado, pero no era ese el impulso más grande que le daba las fuerzas para continuar. Su fuerza estaba en la convicción que allá en el Sur algo estaba esperándole. 

Cuando pudo reconocer a la Isla de Madeira en la inmensidad del Océano Atlántico Norte decidió quedarse allí a pasar la noche. Le costaría mucho conciliar el sueño debido a las grandes ansias de llegar a la meta fijada. Pero sabía que debía descansar porque después que saliera el sol estaba decidido a nadar ininterrumpidamente. Conocía muy bien, porque las había estudiado, las diferentes corrientes marinas que lo llevarían con menor esfuerzo y mayor rapidez. También contaba con encontrarse con algún delfín en alguna etapa, y no era porque les pediría transporte, ¡es que la risa de los delfines eran su melodía favorita y aligerarían la ansiedad del viaje! 

La madrugada llegó y Alo despertó a sus sales. Reanudó la navegación y su próxima parada sería el  noroeste de África donde están ubicadas las Islas Canarias. De allí cruzó a las Islas de Cabo Verde, límite de sus aventuras por los mares del norte hasta ese día, y fue feliz al cruzarlo. Comenzó a escuchar aplausos de aletas y reconoció a un delfín festejándole.

Alo – ¿Qué aplaudes delfín amigo?

Delfín – Te aplaudo Alo porque sé que es la primera vez que vas tan lejos.

Alo – ¿Nos conocemos? 

Delfín – Claro que sí, soy un delfín y has conocido a muchos y cualquier delfín son todos los delfines.

Alo – ¿Pero cuál es tu nombre? 

Delfín – Ya lo sabes, soy Delfín, y nada más. A nosotros no nos preocupa diferenciarnos entre sí. El rescate de un niño por parte de un delfín es el logro de todos, porque cualquiera de nosotros lo hubiera hecho de haber estado en ese lugar. 

Alo – Entonces quizá mi aventura no sea tan egoísta y la haga en nombre de todas las olas del mar. 

Delfín – Así me gusta Alo, que pienses colectivamente intentando hacer algo desde uno pero en función de los demás y no tan sólo para diferenciarte o lograr una gloria vanidosa. Porque la única gloria verdadera es la que puede ser compartida.

Alo – Entonces, amigo mío, ahora nadaré con renovada decisión. Cada ola del mar que encuentre será reencontrarme con los míos. Siempre he sentido al mar como un barrio inmenso que es de todos. Cuando llegue al río que pretendo lo sentiré mi casa como igualmente bienvenidas serán las olas del sur cuando quieran nadar por mi amado Adriático.

Delfín – ¡Mucha suerte Alo! Aunque no dependas de la suerte sino de tus verdaderas ansias. Todo será lo que busques que sea y nadie puede detener a la fuerza del mar.

Continuando el viaje y tras saludar a la Isla de Ascensión se dirigió decidido mirando al sudoeste imaginando encontrar en sus ojos muy pronto al Brasil.  Vaya la sorpresa que sintió cuando otra ola le indicó que ya se encontraba en Punta del Este, ya muy cerca de la boca del Río de la Plata. Evidentemente había nadado muy rápidamente y fueron varios los delfines que lo acompañaron. Necesitaba un descanso y pensó en continuar viaje con fuerzas renovadas luego de un merecido reposo. ¡Había nadado desde el Hemisferio norte al sur y atravesado el Océano Atlántico desde el este al oeste!

Muy temprano para el sol, comenzó Alo a dejarse llevar por la corriente, disfrutando del momento de poder ingresar en el Mar Dulce. Pero la fuerza de ese Río de la Plata parecía repeler el avance. Tuvo que hacer más fuerza de lo habitual y lanzaba exclamaciones dándose ánimo. Algunas olas que lo observaban sin entender le preguntaron qué es lo que pretendía siendo una ola salada queriendo ingresar en aguas dulces. Una y otra vez debía explicar sus ansias de querer ser la primera ola de agua salada que ingresara en el Mar Dulce. Todas las olas con las que hablaba se mostraban escépticas de poder llevarse a cabo esa misión y, aún cuando fuera posible, no lograban entender la razón de hacerlo. Ciertas olas le advertían que podía morir en el intento, otras decían que estaba prohibido que las olas saladas se juntaran con las dulces, y había quienes le aseguraban que sería tomado prisionero o expulsado por aquellas distintas aguas. A todo esto, Alo respondía que todas eran conjeturas y que, en definitiva, tanto las saladas como las dulces no eran más que agua, de diferente color y sabor, pero olas en esta vida.

A medida que iba avanzando podía observar que las aguas comenzaban a entremezclarse. Por momentos parecía que fuera mar azul, y por otros, oscuro río. Notó que debía hacer mayor fuerza al nadar en aguas del Río de La Plata. Las sales del mar que permiten una mejor flotación no se encontraban en esta aventura. Y Alo, como ola valiente, no pretendía dejarse hundir y formar parte de las aguas pasivas de las profundidades, aunque eso significara avanzar más tranquilamente. Él era una ola y debía permanecer como tal y en todo momento y bajo cualquier circunstancia, ¡siempre en la cresta! Donde fuera que debía llegar era su anhelo hacerlo como quien era, una ola, sin importar si alguien lo reconocería, porque los ojos de los seres auténticos pueden reconocerse a sí mismos sin falsía. 

Mientras navegaba adentrándose en el Río de la Plata saboreaba las nuevas aguas dulces. Intentó comparar el sabor con otros frutos de mar pero no halló nada parecido. Hubo alguna que otra ola que lo miró con recelo, y hasta una muy vieja le increpó por incursionar en aguas diferentes alegando que las aguas dulces nunca habían invadido a las saladas y que todo esto parecía una provocación irresistible. Pero Alo había sido educado en el arte de la conversación y no buscaba problema alguno. Bastaba con explicar sus sanas intenciones de búsqueda y exploración para que no fuera necesario batirse a duelo con ningún agua. En tiempos más imprudentes solía aceptar la afrenta de extraños que sólo buscaban molestar a los demás y entonces debía saltar para con su pecho golpear a la ola perturbadora. Pero siempre se increpaba a sí mismo, más allá de los aplausos insensibles que suscitaba, por no haber sabido resolver la situación con su discurso y tenerlo que hacer por la fuerza. 

No podía creer por instantes que se encontraba nadando en el Río de la Plata. Ese Mar Dulce que tantas veces había observado con curiosidad en mapas desde Europa ahora era su medio de movilización, su barrio temporario, o quizá lo fuera por siempre. A lo que, de pronto, pudo distinguir con sus ojos a la Isla Martín García. ¡Había cruzado el Río de la Plata prácticamente de este a oeste! Y para festejar, dio un salto de ola guapa y al caer cayó sobre una olita más pequeña, graciosamente bella, que tras el impacto expresó…

Olita – ¡Cuidado! 

Alo – Le pido me perdone, ¿qué puedo hacer por usted? ¿La he lastimado?

Olita – No me lastimó, pero sí me desconcentró. ¿Acaso no ve que estoy trabajando?

Alo – ¿Trabajando? ¿Cómo que trabajando? Las olas nadamos pero no le llamamos trabajo.

Olita – Mire usted, ¡aquí sí se trabaja! ¡Puff, puff! ¡Agggh! Me dejó un sabor salado tras el contacto, ¿acaso no tiene usted buen sabor? En fin, es un típico masculino…

Alo – Soy masculino y salado, pero dulce en mis sentimientos. Mi nombre es Alo y vengo del Adriático. 

Olita – ¿Del Adriático! ¿Una ola de mar? ¿Alo? ¡Gua, gua, gua! Alo es ola al revés… ¡Gua, gua, gua!

Alo – Para servirle bella olita. ¿Su nombre?

Olita – Estoy algo sorprendida, porque nunca conocí una ola salada, ¡y no sabía que tenían tan mal sabor! Mi nombre es Atiuga.

Alo – ¿Atiuga? ¿Y eso no es Agüita al revés? ¡Glug, glug!

Atiuga – ¡Mi nombre no es para reírse!

Alo – No se me enoje dulce agüita… Me le acercaré un poco para que vuelva a sentir mi sabor, que sé que no es tan malo. 

Atiuga – Mmmmm, no me convence, ¡es muy salado! Y yo soy agua muy muy dulce.

Alo – Lo que puedo decir de su sabor es que está muy rica, con toda verdad puede llamarse que es agua de una dulzura inexplicable.

Atiuga – ¡Bla, bla! Ya lo veo, masculino al fin, no importa si dulce o salado, siempre queriendo conquistar a las femeninas. 

Alo – No me juzgue mal, yo no voy por los mares mojando femeninas para enamorarlas, yo sólo quiero una olita compañera para salpicarnos juntos, y ahora que la compruebo, si es de salado a dulce y de dulce a salado mucho mejor.

Atiuga – ¡Basta ola europea!, que si usted viene a conocer es bienvenido, pero le voy a pedir que no interrumpa mi trabajo. 

Alo – ¿Cuál es su trabajo?

Atiuga – Es muy importante y necesario. Cada vez que los hombres vienen a arrojar al río desechos industriales, nos juntamos todas las aguas y unidas nos lanzamos hasta la orilla para bañarlos intentando comprendan su locura. ¡Están contaminando las aguas y debemos impedir que destruyan nuestra vida! Son tan torpes que no saben que ellos también dependen de nosotros.

Alo – Es increíble lo que me está contando. Me indigna saber esto. Allá en otros mares sé que ocurren cosas semejantes pero no conocí a nadie que se enfrente a estos malos hombres. 

Atiuga – Permítame decirle que nosotros lo aprendimos de ustedes cuando mucho tiempo atrás vinieron hombres desde allá a poblar estas tierras. Pero también trajeron algunas olas saladas en sus embarcaciones, las que nos instruyeron. Allá habían perdido la contienda y querían luchar por esta nueva. Y por aquí también la estamos perdiendo porque cada vez es más grande la contaminación que produce el hombre y buenas olas mueren secándose en distante orilla sin que las podamos rescatar. Porque el ímpetu por bañarlos a ellos hace que los saltos muchas veces sean desmedidos y ya no puedan volver al agua. Se han perdido grandes olas en esta lucha, y se pierden a diario. 

Alo – ¡Me siento agua del Ártico con esto que me cuentas! ¡No sabía nada! ¡Pero esas olas son unas heroínas! ¡Terminan secándose pero hacen que los hombres desistan de sus intenciones y mueren por el bien común!

Atiuga – Gracias por reconocer nuestra lucha. Pero la verdad es que lo único que logramos es bañarlos un poco y nada más. No logramos impedir que prosigan con sus ataques a la naturaleza. 

Alo – ¡No se logra nada! ¿Y por qué mueren entonces?

Atiuga – ¡Me sugerirás que nos quedemos quietas! ¿Qué no hagamos nada? ¡Intentamos dar un mensaje! ¡Nos sacrificamos por un mundo mejor! Antes los pueblos originarios vivían en armonía con nosotras y así como usted es salada y yo dulce y podemos entendernos, creemos que estas colonias europeas en América deberán entenderse con los modos de los pueblos anteriores.

Alo – Estoy fascinado con todo esto. No digo que me guste la situación, quiero decir que siento por vez primera una misión por realizar.

Atiuga – Pero si también puede hacer lo mismo en sus aguas. 

Alo – Y se hará. Yo les enviaré mensajes a mis amigos para que comiencen a actuar en el Mediterráneo, en el Oceáno Atlántico y Pacífico, ¡y en los siete mares!

Atiuga – ¿Por qué no va usted mismo allá para liderar el cambio? 

Alo – Es que yo no podré dejar su dulzura ni irme de su lado. No podría regresar y temer porque se seque en su lucha. En cada salto que haga yo estaré acompañándola, y si sucediera el salto más riesgoso querré morir a su lado.

Atiuga – ¡Ahí vienen los hombres! ¡Traen desechos industriales! ¡Quieren contaminarnos! ¡Viva la naturaleza! ¡Vivan las aguas limpias! ¡Vivan todos los que las defienden! ¡Saltemos juntos Alo! ¡Aaaaaaaguaaaaaa!

Esta vez Atiuga saltó muy lejos y no pudo regresar. Se secó cumpliendo su misión, pero no lo hizo sola, Alo estuvo con ella hasta que ambos se evaporaron. 

Barcelona, 2008

Una casa tomada

Pedro caminaba con su bolsito por Barcelona en el año 2007. Sus pasos iban cansados por las lomas de Nou Barris buscando una dirección recomendada por una amiga. Este muchacho ecuatoriano había llegado a Catalunya hacía menos de treinta días. A pesar de los envalentonados consejos que le habían arrojado en el Consulado español de Quito, y a las exageradas versiones de sus conocidos que habían triunfado en la Península, su precaria situación desembarcaba en el Reino de España. 

Pedro no tenía más fortuna que el hambre, que el sueño, que la suciedad y la desesperanza puedan cotizar. Cabizbajo, sin saber si esconderse o si gritar ayuda, intentaba hallar la dirección que protegía su puño en un papel asfixiado por temor a perderlo. 

Al llegar al sitio vio una casa en construcción, tapada su fachada, y con una puertita maltrecha para el ingreso de los obreros. La empujó y se metió. Encontró allí un campamento de unas veinticinco personas mixtas, mitad dormidas, mitad sentadas en improvisadas sillas y con las miradas imantadas con el suelo. Dejó caer su bolsito y bajó la cabeza aún más, como si pidiese limosna, como si pidiese perdón.

Un muchacho peruano llamado Mario se le acercó y le dijo: 

“¿Quién te dio esta dirección?”. 

 “Me la dio una amiga”, respondió Pedro.  

“¿De dónde eres?”, volvió a inquirir Mario con tono desafiante.

“Soy de Quito, ¿tú también?”, se animó a preguntar con temor.

“¡De Quito, tú! ¡Yo soy peruano, joder!, ¿cómo vas a confundir mi acento!”, exaltó.

Otro muchacho que estaba presenciando la escena, Manuel, se les acercó y mirándolo a Mario con reprobación le dijo:

“¿Pero quién carajo va a distinguir tu acento Mario? A ver si nos dejamos de joder”.

Pedro con algo de alivio, mirando a Manuel le preguntó:

“¿Tú eres argentino?”

Manuel le contestó: 

“Evidentemente no adivinás bien. No, yo soy uruguayo, pero qué más da, si somos todos náufragos de un mismo barco hundido… Oíme, macho, acá te podés quedar pero tenés que entender ciertas reglas… Yo soy de los más viejos y antiguos que vive en la casa. Eso no me hace jefe, pero como soy el más blanquito, si cae la policía, soy el que pasa por arquitecto y el resto simula ser mis obreros. Por eso, allá, tenemos unas herramientas para montar el circo cuando se requiera. Así que si viene la policía, te ponés a picar una piedra, a lustrar la tierra, o lo que sea… La comida se comparte, al que roba le rompemos la cara, no se jode con la mujer del otro, y, muy importante, si un día conseguís un trabajo, nos intentás tirar un hueso…. ¿De acuerdo?”

“Sí, sí, sí”, acordó Pedro mientras los otros miembros del campamento le saludaban o ignoraban por iguales cantidades. 

Los días pasaban y no había mucho trabajo que hacer más que moldear con buenas intenciones a la esperanza que cada uno llevaba consigo, acariciándola para no dejarla huir. Algunos días no había comida y no entendía bien porqué sí siempre había algo de “cachís”, o cosa parecida, que no se podía beber. 

Un buen día, según él, mientras deambulaba en búsqueda de esa oportunidad esquiva, a la vez que iba intentando no ser identificado por la policía por su aspecto evidente de sudamericano, encontró casualmente al Consulado del Ecuador en Barcelona. No sin miedo, ingresó. Preguntó si podían orientarlo para conseguir trabajo, y allí encontró una explicación y unos consejos que parecían ser la respuesta soñada. Le explicaron cómo se buscaba empleo en España, rápido y con seguridad. Pedro salió del Consulado con otro papelito prisionero en su puño, con una nueva dirección que buscar. Hasta allí llegó. Finalmente consiguió trabajo.

Al caer la noche, el muchacho de Quito, ingresaba con temple de orgullo en la casa de Nou Barris. Se encontró con el panorama idéntico de todos los días, del primer día. Allí estaba Manuel tomando unos mates con Mario. No esperó más y dijo en voz alta:

“Muchachos, tengo buenas noticias”.

“¿Sí, Quito? Contanos”, le contestó incrédulo Manuel, mientras Mario no modificaba un ápice su escéptica expresión.

“Conseguí trabajo. Desde esta misma noche. Ya firmé todos los papeles”, compartió feliz.

“¿Trabajo de qué? ¿Qué firmaste siendo ilegal?”, con tono irónico dijo el peruano.

“¡Me voy a trabajar para el Reino de España a una ciudad del sur llamada Melilla!”, parecía celebrar al decirlo.

“Mostrame esos papeles”, dijo Manuel. Una vez que los tuvo en la mano, volvió a hablar con un tono paternal: “Te enlistaste al ejército y no vas al sur de España, sino que vas al norte de África”, devolviéndole con pesadez los papeles.

“¡Qué ecuatoriano más gilipollas eres!”, gritó Mario.

Con el mismo tono paternal, Manuel, tomándolo de un hombro a Pedro, le dijo: “Bienvenido a España sudaca. Cuidate mucho y tratá que no te manden a ningún lugar peligroso. Ojalá llegues vivo al día que te den la residencia”.

Mario, con tono triste, volvió a decirle: “Qué gilipollas eres. Cuídate Quito”.

Con nervios, ansiedad y miedo, dejó Pedro la casa, con su bolsito, y muy confundido. Caminando fue hasta el puerto donde lo esperaban pensando porqué se habrán confundido los del Ejército mandándolo a África si él estaba en Barcelona. ¿Acaso África no estaba en problemas iguales como en Sudamérica? Quizá no, y por eso España estaba allí. Que al fin, no estaba regresando al Ecuador y también podría decir que había triunfado.

Međugorje 2013

La vuelta al mundo

Tuve muchos juguetes de niño, y no es por eso que siempre digo que mi infancia fue feliz. Pero tuve una vuelta al mundo que tras hacerle girar un mecanismo comenzaba a moverse suavemente guiada por una melodía tiernamente infantil. 

Creo que jamás podría olvidarme de esa canción para dormir de mis primeros años. Porque le pedía a mis padres, y algún hermano habrá tenido que aceptar mi demanda, que hicieran funcionar la vuelta al mundo para mí.

Hace muy poco, mientras las pertenencias de mi casa eran subastadas para huir ilesos de la Demagogia Dictatorial, he vuelto a ver aquella vuelta al mundo, después de muchísimos años, en las manos de un niño aceptando el regalo de mi madre. 

Creo que en mis vueltas por el mundo he escuchado en los rincones de mi memoria aquella melodía acariciándome los pies en mi andar y haciéndome dormir en las noches de soledad. 

Aquel niño anónimo tendrá su vuelta al mundo, y ojalá, cuando se la regale a otro niño cuando él ya no lo sea más, permanezca en su memoria el mismo dulce recuerdo de sus padres como sucedió conmigo.

Medugorje 2013

Amerika

A Mate Bojanić

Stari Grad, Isla de Hvar, Dalmacia, principios del siglo XX.

Los botes se hamacan en el agua. Allá regresa Jure de pescar. Y en la terracita del café está Vlado. No sé si debería estar aquí sentado frente a la bahía observando el pueblo de esta manera, que no me hace bien. No sé si sería mejor erradicar de mi memoria todas estas imágenes. Porque si estoy dispuesto a comenzar una nueva vida en algún lugar lejano, todo esto me comerá el corazón. Pero quién me creería si dijera que algún día me olvidaré de mi Isla y de mi gente, si algún día no querré regresar para ver, al menos, si alguien se acuerda de mí. Fumaría, pero no fumo. Menos mal, porque me fumaría una pipa grande como todo el pueblo. No quiero despedirme de nadie, ¡y aquí me expongo tanto!, ¿dónde está Nikola con su barquito? Sé que mi madre seguirá llorando acostada en su cama, porque le pedí que no viniese a despedirme hasta acá, porque le prometí que sólo aceptaré una bienvenida, en cuanto pueda regresar. Llora también porque sabe que no seré el último que deberá partir, porque el resto de los hermanos también, probablemente, lo haga. Papá estará ocultando sus lágrimas mientras trabaja; sé que por la madrugada vino a darme un beso antes de irse a trabajar y desde que discutimos sobre mi destino, no ha vuelto a hablarme como antes, y ha ido disimulando la despedida. ¿A quién le gusta las despedidas? Respiro el aire de mi Isla, la quiero inhalar para llevármela conmigo. Jure me saluda desde su bote, no quiere descender porque sabe que deberá tener que venir a mí, y prometimos no lagrimear, que ya somos dos hombres, que ya tenemos dieciocho. Ambos sabemos que está haciendo tiempo y que nada lo retiene en el bote más que el evitarnos. ¿Qué será de él que no quiere partir? A la falta de agua y de trabajo se dice que podrá haber guerra, que siempre la hay, una y otra vez. Vlado corrigió su silla en el café y me da la espalda. Los viejos saben que el pueblo se vacía, que sin jóvenes el futuro se acorta cada vez más en desaciertos. ¡Ahí está Nikola! Por fin.

Nikola – ¿Qué tal hermano?

Mate – Acá estamos, el bolso listo. Vámonos rápido, por favor.

Nikola – Sube. Dame la mano. Deja el bolso dentro y trae la botella de rakija que preparé para el viaje. 

Mate – Vamos, por favor. Acá está la botella.

Nikola – Antes de partir, brindaremos por la Isla y brindaremos por tu suerte.

Mate – Bien, sí, brindemos frente al pueblo, živili! (salud).

No puedo dormir y Nikola se da cuenta que tampoco tengo ánimo para ninguna charla. El oleaje pareciera cantarme una canción de despedida. Porque podrá haber mar adonde vaya, pero no será el Adriático, no será el mío. ¿Qué ha sido mío verdaderamente? ¿Qué será mío alguna vez? Soy yo ante el mundo; yo desafiando al destino y entregándole mi suerte. 

No sé cómo pude dormir. Será la botella de rakija vacía. Me despertó Nikola ante la imponente ciudad de Dubrovnik. Tengo muy tiernos recuerdos de la Perla del Adriático, pero ahora será la última ciudad de mis tierras que veré. Tantas veces se la intentó conquistar sin nadie haberlo lograrlo, y ahora quizá sólo la vengan a ocupar pacíficamente si sigue vaciándose de gente. 

Nikola – Hermano, puedo dejarte aquí en las playas del sur de la ciudad…

Mate – Gracias, Nikola, aprecio mucho lo que has hecho por mí. Cuando vuelvas a la Isla dile a la familia que estaba contento, entusiasmado, cuando me viste partir. 

Nikola – No me hagas mentir. Les diré que te fuiste entero y que volverás hecho todo un señor algún día. Toma, esto es algo que con mi señora decidimos darte. No es mucho dinero, pero te servirá para los gastos de abordo…

Mate – No, no puedo aceptarlo.

Nikola – No lo tomes como un favor, tómalo como un préstamo por si nosotros también un día debiéramos partir y unirnos a tu expedición. Porque voy a ser padre en algunos meses y querré lo mejor para mi hijo.

Mate – No sabía nada, ¡felicitaciones! 

Nikola – Gracias… Mira, allá al norte de la ciudad pueden verse los barcos para ir a América. No los pierdas para no estar sufriendo de ansiedad por la ciudad hasta que lleguen otros.

Mate – No los perderé. Me voy… Nikola: Zbogom! (hasta siempre).

¡Qué grandes son estos barcos! El primero me dicen que va para Grecia y el segundo dice “Amerika”. Iré a hacer la fila para abordar e ir a América. Los más grandes hablan entre sí mientras la espera, los de mi edad mantenemos silencio. Claro, si estamos llenos de miedo. Todos le pagan a ese hombre uniformado; le pagaré también. 

Mate – Voy a América…

Uniformado – ¿Qué dice allí? ¡Pague y suba!

Sí, ¿a quién le importa mi historia y mis preocupaciones? Algunos tienen camarotes. Yo podré dormir en el comedor cuando haya terminado el turno de la noche. No me estoy quejando, si esto ya lo sabía, si hace meses que me preparo para vivir, para sobrevivir, toda esta experiencia.  

Franjo – ¿Hablas croata?

Mate – Sí, claro. Soy Mate.

Franjo – Franjo, encantado.

Mate – ¿De dónde eres?

Franjo – Korčula, ¿tú?

Mate – Yo soy de Hvar.

Franjo – Entonces brindaremos por las Islas.

Mate – Sí, pero ¿con qué?

Franjo – Tengo rakija compañero. 

Mate – Muy bien entonces…

Franjo – ¿Qué edad tienes?

Mate – Dieciocho, ¿tú?

Franjo – Veinte. Así que si te sientes triste puedes hablar conmigo.

Mate – Hvala (gracias).

Franjo – ¿En qué puerto desembarcarás?

Mate – Estados Unidos.

Franjo – Pero este barco va para Sudamérica. Podrás desembarcar en Brasil o en La Argentina.

Mate – Pensé que iba a Estados Unidos.

Franjo – No, este va a Sudamérica. Allá en Buenos Ayres me espera un primo, pero no sabe que estoy yendo ni sé cómo lo voy a encontrar.

Mate – ¿Es grande Buenos Ayres? ¿Me convendría desembarcar en Brasil?

Franjo – No, Brasil no es buena idea, La Argentina es mucho más moderna y tienen políticas para la recepción de inmigrantes. Además, hay muchísimos dálmatas allá y eso te hará sentir mejor, eso imagino.

Mate – Sí, claro. ¿En qué idioma hablan allá?

Franjo – Español.

Mate – ¿Tú hablas español?

Franjo – No.

Mate – Yo sé una palabra: ¡Amor!

Franjo – Sí, también yo. Bridemos por el amor entonces…

Franjo y yo nos esquivamos por varios días. Es que él se sentía mayor que yo y que debía entregarme cierta entereza. Y tampoco yo quería que él me viera. Porque en alta mar todos lloraron, todos lloramos. Lloré una noche pensando en mi Isla, mi infancia, los rincones que descubrí y que hice míos, si es que hay alguna cosa que pueda llamarla mía. Lloré luego por mi familia, pensando en mi padre conteniendo las lágrimas en su trabajo y sintiéndose culpable, y mi madre llorando en la iglesia del pueblo rezando porque yo tuviese una mejor vida. También lloré por los amigos, y ya no sé porqué no me abracé con Jure, y ahora estoy enojado con él. Por último lloré por mi destino, por mi suerte, por sentirme desamparado. No sé porqué llevo este bolso haciendo tanta presión con mis manos si nadie me lo robaría siendo yo el que menos tiene de todos, y si no hay nada valioso en él. ¿Qué es lo importante que tengo? Me han dicho que tener dieciocho años, que tener la posibilidad de poder comenzar una nueva vida con más oportunidades. Ni eso que tengo lo tengo por demasiado ni por confirmado. Claro, si también iré sumando años y nadie me asegura si tendré, o nunca, esas oportunidades. ¿Por qué pensaré tanto? Algunos otros, me parece, van mejor preparados que yo. Buenos Ayres, ¿qué hay en Buenos Ayres? Voy a volver un día y le hablaré en español a mi madre, sí, se va a divertir con eso. ¿Qué está más lejos, Estados Unidos o La Argentina de mi Isla?

Estoy flaco, harto de navegar, nunca había estado tanto tiempo sin hacer tierra. No sé dónde habremos parado los últimos días pero cada vez veo más italianos a bordo. ¿Ellos entenderán español? ¿Qué está haciendo Franjo? Parece borracho.

Mate – Franjo, ¿qué pasa? Te tomaste una botella solo.

Franjo – Es mi cumpleaños.

Mate – ¿De verdad? Sretan rođendan! (feliz cumpleaños).

Franjo – “Gracias”, ¿te gusta mi acento español? Allá hay una mujer catalana que me está enseñando algunas palabras.

Mate – Eso está muy bien. Pero, ¿por qué brindaste solo?

Franjo – La mujer catalana me invitó a unos tragos. Me vio llorando en un rincón y le expliqué que era mi cumpleaños. Ella dice que está enferma pero yo la veo muy bien.

Mate – Entonces fue una botella feliz, compartida. ¿En qué hablan? 

Franjo – En italiano, mi madre es italiana.

Mate – ¿Te gusta esa señora?

Franjo – Sí, me gusta mucho y hoy nos vamos a casar, si nos dejan…

Mate – No está mal sentir un poco de amor el día de tu cumpleaños. ¡Sé caballero!

¿Se habrán casado de verdad? Recuerdo el día de su cumpleaños que me dijo que lo harían. Ojalá así haya sido. También recuerdo que me dijo que ella estaba enferma, ¿qué le pasaría? Yo imaginaba que íbamos a ser buenos amigos. En realidad, fuimos muy amigos. Es con el último ejemplar de las Islas con el que hablé, y con quien lloré. Nadie me explicó nada muy bien, nadie habla mi lengua. Igual no lloré cuando sus cuerpos fueron arrojados al mar. Me quedé mirando cómo el agua los tragaba y se los llevaba al fondo cuando se supone que deberían ir al cielo. Se fueron juntos. Y tal vez mejor, irse así, con el último recuerdo de sus pueblos y no con la imagen de un lugar desconocido. ¿Por qué no lloré? Me habré cansado de llorar. Si los hombres no lloran tanto este viaje me estará haciendo hombre. En fin, la catalana y el dálmata volvieron al mar, volvieron a sus orígenes. Yo soy el único que no sabe adónde va. ¿Habrá rakija en Buenos Ayres? ¿Qué tomarán allá cuando están tristes? 

Hay gran alboroto en el barco. Han vuelto a gritar tierra. Cuando gritaron Brasil no quise mirar, tuve miedo. No lo sé. Franjo me dijo que era mejor Buenos Ayres y se me ocurrió homenajearlo así. ¿La catalana, que nunca supe su nombre, iba para Brasil o La Argentina? Porque quizá se hubieran separado… Por eso… Tal vez mejor que hayan terminado así, juntos, aunque en el fondo del mar. Si no tenemos nada, si somos tan poco, ¿qué tengo yo? ¿Qué tendré alguna vez? Yo voy a ser siempre el mismo Mate, el que se forjó en Hvar, el que vivirá bajo el cielo que Dios se lo permita. ¡Cuánto escándalo! Entiendo que griten todos por la ansiedad de llegar a tierra, pero ¿acaso nadie se plantea lo que sucederá después? También yo quiero llegar, si estoy harto del viaje, harto de llorar, harto del mar, pero qué voy a hacer una vez que desembarque. Estoy sereno y eso es bueno, eso lo aprendí de mi padre. ¡Si me viera desembarcando en Buenos Ayres, en Sudamérica! Si mi madre me viera ahora curtido por el viaje, dispuesto a pelear por una nueva vida. Espero se sientan orgullosos, espero les haya transmitido algo de tranquilidad al partir. Espero confíen en mí. Espero volver a verlos. Se la ve linda a Buenos Ayres, cuántos barcos. Y llegó el momento de pisar tierra. Haré fila. Hay un policía que grita algo así como “os ke saen abla spaño aka”, “spañol no, aka”. Yo iré con los segundos, español no, yo no soy español. Soy dálmata, vengo de Stari Grad, Isla de Hvar. Deberé mostrar mis documentos. No sé si lo que estoy viviendo es real o lo estoy soñando. Se me viene una inmensa nueva realidad encima. Que Dios me ayude y, ojalá sea el último de mi sangre en tener que experimentar todos estos temores, de tener que sufrir tantas amarguras. Ya vendrá felicidad. Haré lo posible. Me lo prometo. Me la prometo. Pisé tierra, estoy en La Argentina. Franjo, llegué, tendrías que estar acá. Sí, sé qué debo decirle al policía al entregarle los documentos, Franjo, no me olvidaría, ni te voy a olvidar a ti, porque te llevo conmigo. 

Policía – ¿País? ¿Edad? ¿Destino?

Mate – Hola Buenos Ayres, hola.

Madrid MMXI