El rugby escuela

A los hermanos Borges de Pucará

El sonido de los tapones en el suelo del vestuario, como si fueran gritos que pidieran pronto la calma que provee ya estar clavándose en la cancha. El ir todos juntos, el equipo completo, al trote debajo de la H, dándonos aliento y venciendo el temor que debe quedar fuera de los trazos de cal en el pasto. Calentando los hombres del compañero a la vez que él calienta los nuestros. Todo mientras que el capitán grita que no debemos aflojar nunca y en ningún momento. Estamos allí para demostrarnos de lo que somos capaces, que es un juego, pero que se nos va la vida en ello. Mirándonos todos a los ojos sabiendo que el esfuerzo individual consolidará la fuerza grupal que nos traerá una buena presentación. Porque el resultado final no estará en el marcador sino en la honestidad con la que nos podremos mirar a los ojos luego, otra vez en el vestuario, sabiendo que lo hemos entregado todo, sin engañarnos a nosotros mismos, cosa que no se puede ni se permite. 

Por eso salimos desde las H aplaudiéndonos a nosotros mismos, dándonos ánimo, de la misma manera que aplaudiremos al adversario si nos supera para rendirle justicia, para brindarle nuestro reconocimiento desde un emocionado respeto. Porque en el rugby, que uno sea superado después de haber realizado ese esfuerzo mancomunado llevando al límite a nuestras fuerzas, uno no debe más que aplaudir al rival si lo ha hecho mejor, porque lo habrá hecho como nosotros quisimos y nos habrá dado una lección. Vencidos y vencedores nos daremos la mano o un abrazo en la celebración de haber podido disfrutar de esa misma pasión, de esa tradición que se transmite de entrenadores a jugadores, como si fuera de padres a hijos. Por ello, todos los integrantes de la gran familia del rugby, de cualquier camiseta, existen porque existen los otros, y eso hace que se conforme una hermandad.

En el rugby uno puedo variar las estrategias del juego dependiendo las potencialidades propias y adaptar las tácticas acorde a las ambiciones y destrezas del oponente. Se puede decidir presionar con los forwards o liberar el juego con los backs, pero hay cuestiones que no se modificarán en ninguna cancha y en ningún equipo: el rugby es un juego en solidaridad y unión. No es posible realizar ningún ataque y ninguna defensa con individualidades. Todo movimiento del juego se realiza coordinando fuerzas y voluntades. Cuando la pelota cae en los brazos de un compañero, que irá siempre hacia adelante, se sabe que se debe ir a ayudarlo, que no se lo puede dejar solo, porque nos necesita, porque sólo juntos podremos avanzar. Lo mismo ocurre cuando es uno quien tiene la suerte de la pelota y encara al adversario sabiendo que no estará solo, que hay otros catorce jugadores que irán a respaldarlo y que estarán pendientes de lo que uno logre hacer con la posesión de la preciada guinda. 

Cuando se conquista un try se felicita al jugador que tuvo la fortuna de sumar puntos para el equipo, pero las felicitaciones, como la satisfacción, es necesariamente grupal, porque no es concebible que un solo jugador vulnere las líneas adversarias por cuenta propia sin la necesidad de participación del sacrificio de los otros. De igual manera, cuando un equipo recibe la sentencia de los puntos del rival, no hay un responsable único, porque el engranaje habrá fallado, no una sola pieza. 

La escuela del rugby enseña conductas y valores aplicables en todos los órdenes de la vida. Es confiar en el otro y es ser solidario con el otro. Que no hay exigencias imposibles, pero que todas ellas requerirán de un esfuerzo tremendo a la vez que decidido. Que uno no lucha por vencer al contrincante, porque no se concibe la humillación; uno lucha para no fallarle a su equipo y para darle la victoria por la tarea cumplida a sus hermanos, por habernos confiado nuestras suertes recíprocamente. 

Al rugby se lo juega también en la vida, siempre.

MMX

Gubbio

ESCUPIR TINTA

“Están los que usan siempre la misma ropa. Están los que llevan amuletos. Los que hacen promesas. Los que imploran mirando al cielo. Los que creen en supersticiones. Y están los que le siguen corriendo cuando les tiemblan las piernas. Los que siguen jugando cuando se acaba el aire. Los que siguen luchan cuando todo parece perdido. Como si cada vez fuera la última vez. Convencidos que la vida misma es un desafío. Sufren. Pero no se quejan. Porque saben que el dolor pasa. El sudor se seca. El cansancio termina. Pero hay algo que nunca desaparecerá: la satisfacción de haberlo logrado. En sus cuerpos hay la misma cantidad de músculos. En sus venas corre la misma sangre. Lo que los hace diferentes es su espíritu. La determinación de alcanzar la cima. Una cima a la que no se llega superando a los demás, sino superándose a uno mismo”.

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“El aerobismo es bueno en dos cuestiones fundamentales y sus particulares derivados. En primer lugar, es bueno porque oxigena al cerebro permitiendo un buen funcionamiento intelectual, y esto es complementado con un fortalecimiento de la voluntad, nutriente esencial del espíritu. En segundo lugar, es bueno porque hace un cuerpo saludable para enfrentar cualquier contingencia, y resulta entonces en una preparación fantástica para el mundo de la sexualidad”. 

Porque siempre jugué como si fuera la última vez, porque cuando todo parecía perdido seguí luchando, porque sabía que el cansancio se terminaba, pero lo único que no desaparecería es la satisfacción de haberlo logrado. No superando a los demás, sino superándome a mí mismo”.

Santiago Gómez Cora