Adentrándose

Hace una semana tuve que renunciar a la Capitanía de los Grupos de Investigación de todos los macabros negocios de la Demagogia Dictatorial luego de cuatro años de trabajo degustando los peores sinsabores. El único apoyo que recibí fue el de mis fantasmas y el de la consciencia de saber que allá, en mi país, las víctimas necesitaban hacerme oír sus lamentos. 

Mi situación de extrema precariedad, los tantos sueños y amores traicionados, la indefensión más absoluta junto al desinterés de los más interesados y la posibilidad de muerte inminente me llevaron a ello y me traen hasta aquí. No renuncié para rendirme sino para que otros hagan lo que ya no puedo.

       Ayer ha muerto el líder de los que me amenazaron de muerte por La Argentina y de los que me acaban de tender trampas por Italia y España por estas últimas semanas. Mi renuncia y su muerte me hacen creer que, tal vez, haya un pasado que ha pasado. A pesar de que no sepa hasta cuándo existirá mi presente y mientras que aún no sé si me espera algún futuro.

Fui escritor desterrado, investigador perseguido, periodista exiliado, amigo ignorado, argentino clandestino, artista desprestigiado, hombre marginado, corazón sufrido, dramaturgo insultado, soldado traicionado, divulgador odiado, cuerpo herido… pero nunca dejé de ser en todo eso, poeta. Por ello se me ocurrió agrupar algunos de los poemas escritos durante este tiempo que, aún no lo sé, quizá pueda ser el último período de mi vida. 

Están las primeras frustraciones vividas en La Argentina, las crudas realidades sobrevividas –aún- en el extranjero, y el testimonio de un escritor que, tal vez, esté despidiéndose, de una particular historia, o de la historia general de su existencia. 

Madrid, octubre MMX

EL GRITO DE UN POETA

TIN BOJANIC

El respeto a la humildad

Me encontraba trabajando, en esta ocasión, en un hostal con forma de casa antigua. Posaba yo en la puerta de entrada dejándome ser mirado por el sol y esperando que sucediera algo que me transportara a otra parte, o que la suerte digna me trajera alguna preciada recompensa por tanta espera en el vacío. Pidiéndolo, ocurrió. 

            Parecerá que los decepcionaré con lo que les entregaré. Porque muy probablemente todos pensarán que el suceso de mi relato corresponde a algo mágico, o a una anécdota memorable que esperará la oportunidad de liberarse en alguna reunión con amigos. Pero he dicho que parecerá una decepción mi asunto, porque el interés comúnmente persigue otras cosas. Pero lo cierto es que he presenciado un caso que, si se le presenta a un escritor, no hay más que hacer que echarlo al papel con la tinta exacta.

            Estacionó un coche en el mismísimo portal donde yo estaba persiguiendo con mi mirada azarosa, la trayectoria de unos pájaros. Descendió del rodado un hombre de unos sesenta años, a juzgar por sus canas, a quien he visto trabajando en la casona el día anterior. Antes de mirarme a los ojos o de pronunciar palabra, este personaje de poca estatura, se puso su traje de carpintero. Recién entonces, y acercándose hacia mí, me entregó su mano, un buen día, y su mirada clara en color y ternura. Le respondí con mi característico entusiasmo y me pidió permiso para pasar a buscar un martillo que dejó olvidado el día de ayer.  Sin necesidad de acompañarle, y tras la gentileza de haberle ofrecido un vaso de agua fresca que rechazó como si en eso pudiera abusar de mi confianza, regresó a los dos minutos con su hallazgo. Me agradeció, se disculpó por haber venido y se despidió cordialmente. También yo le saludé pronunciando con mi mejor dicción croata un hvala, un gracias. Volvió a mirarme con sus ojos tranquilos por última vez, se quitó su ropa de trabajo antes de abordar su coche, y segundos más tarde lo vi perderse por una de las calles que desciende vertiginosamente desde las alturas de Zagreb.

            Aún debo contarles que yo me encontraba vestido con una remera feísima, unos pantalones cortos y, en ese momento, los pies como un hombre en la selva. Sin importar la informalidad que me investía, este hombre, para tan sólo buscar una herramienta olvidada, me brindó una ceremonia y protocolo que conllevó una dulce lección. 

            Su humildad se hizo inmensa en el respeto que se tuvo a sí mismo y en el que entregó a este desaliñado poeta en uno de los tantos trabajos torpes y pasajeros que experimenta. Su actitud me dejó agradecido, tal como se lo hice saber al irse. Un placer haberle conocido, y de haber aprendido un ejemplo de la humildad como edificadora del respeto.  Todo a través de un particular e inmensamente importante carpintero, y mejor aún, de un gran caballero.

 Zagreb 2009

RIENDA SUELTA