Habían transcurrido los años. Antonio ya era muchacho y acompañaba a su padre a las estancias donde trabajaba o donde ofrecía sus servicios. Don Rivero era muy buen jinete y fue enseñándole todo lo que consideraba necesario para que su hijo se convirtiera en un gaucho verdadero, un gaucho digno. Y todo lo que le enseñaba iba acompañado de cierta metáfora aleccionadora o bien de un mensaje concreto que quería transmitirle. 

Cuando le enseñó a domar un caballo quiso explicarle que todo consistía en cosa muy parecida a lo que ocurría en la vida al interactuar con los hombres. Era necesario ser firme y decidido e infundir respeto, pero también habría momento para una caricia, para esa complicidad manifestada al rascar la trompa del animal. En cuanto a las mujeres, él siempre le decía que pronto le llegaría la hora de experimentar aquello que movía al mundo, el amor. Que a las mujeres había que respetarlas para que ellas lo respetaran a uno, que la dulzura proveía dulzura. Pero a diferencia de los caballos, o de las yeguas, era que ellas, de una manera u otra, que siempre lo logran, llegarían a domesticarlo a uno, por más bravo y salvaje que fuera el corazón del gaucho. 

Nunca estuvo claro si Antonio disfrutaba o no del trabajo en sí. Lo hacía para aprovechar de la compañía del padre y porque de él absorbía todo aquello que consideraba le ayudaría a transformarse en un hombre tal cual. Quería imitarlo porque estaba orgulloso de su padre. A pesar que Don Rivero le imponía distancia, veía que todos le tenían mucho respeto, y el joven anhelaba heredarlo. Pero en cuanto a las tareas concretas del trabajo, que si bien las hacía sin regañar ni especular en esfuerzos, el padre notaba que su hijo perdía la mirada en el horizonte de tanto en tanto, o que pasaba demasiado tiempo hablando con los caballos tal como lo haría uno de estar seguro que ellos comprenden nuestro lenguaje. 

Un día que se suspendió unas tareas que les harían regresar muy tarde. El mismo día que le pagaron a Don Rivero por servicios altamente atrasados. Ese día, el hombre le dijo al muchacho de zambullirse en el río brevemente y, si Antonio demostraba que podía ya desarrollar gran velocidad a nado tendría un premio. Llegaron entonces al Río Uruguay, bravo de siempre, y ninguno demoró lo que hubiera significado entrever temor alguno al agua. Se metieron casi desnudos y el padre le gritó al hijo un “ahora” que les hizo nadar alocadamente en la misma dirección. El muchacho tenía para entonces unos dieciséis años y el padre pudo comprobar que ya estaba hecho todo un hombre que sabía administrar sus fuerzas. No expresó mucho más que plantarle mirada de padre, aún en el agua, satisfechos los dos por el resultado. Don Rivero acababa de comprobar que su hijo estaba fuerte para enfrentar la vida y que físicamente pronto lo superaría en todos los órdenes. El hijo no sabía si había estado bien ganarle por tanta diferencia a su padre, un reconocido buen nadador, pero acostumbrado a desenvolverse genuinamente, no hizo más que lo que le pareció hacer. 

Salieron del agua y vistiéndose en silencio el padre posó su mano en el hombro derecho del hijo y le habló.

Rivero  – Muchacho, no te avergüences por haberle ganado a tu padre. El padre no es un competidor del hijo, pero sí le sirve de medida para superarse, para superarlo. 

Antonio – ¿Nadé fuerte, verdad?

Rivero – Nadaste como un gaucho. Un pez salvaje. 

Antonio – ¡Yja!

Rivero – Te prometí premio. ¡A los caballos!

Como si hubieran permanecido en competencia, cabalgaron con mucha rapidez. Pero en cuanto Antonio estaba por frenar para tomar el camino que los llevaría a la casa, vio que el padre tomó el camino que los llevaba al pueblo. Inmediatamente enderezó al animal el muchacho y comenzó a saborear aquella sorpresa que le tenía el padre. Con esa ansiedad, que era compartida, ataron sus caballos frente a la pulpería más renombrada. El del padre se llamaba Libertad y el del hijo Luna, aunque no fuera yegua, porque cuando tuvo que ponerle nombre no reparó en su sexo. Rascaron la trompa de los animales casi como si fueran espejo, con los gestos heredados, algo copiados, del padre por el hijo. Así entraron en la pulpería que todos llamaban Mal Parida aunque nadie supiera o hubiese preguntado el nombre verdadero. Le decían así porque allí uno podía encontrar todo lo que quisiera para la provisión hogareña, pero también, había siempre algún hombre borracho en busca de peleas y algunas señoritas que llegaban de otros pueblos a comerciar con su belleza. 

Ingresar. Primero el padre y luego el hijo. Todos lo conocían a Rivero y no hacía falta andar saludándose, porque eso sucedía sólo cuando uno se presentaba, cuando uno no era del lugar. Entonces bastaron unas señas a la pulpera Doña Remedios indicándole la mesita que ocuparían en un rincón. Y allí estaba, como se decía, un hombre que decía había combatido en San Lorenzo junto a San Martín, completamente borracho y lanzado sablazos imaginarios. Uno de ellos casi da con puño en la señora que se iba acercando a la mesa de los Rivero con una botella y dos vasos en las manos. Apoyó los vasos sobre la mesa, miró al muchacho, sonrió y sirvió por iguales cantidades a los dos, a los dos gauchos. Ahora sí, no como antes en el río, parecía que Rivero estaba algo emocionado al alzar su vaso e intimarle al hijo a que hiciera lo propio. Antonio ocultó con gran destreza el temblor que tenía en su mano pero prosiguió con el consabido ritual de golpear los vasos, de presagiar salud, y tragar lo más rápido que podía aquello que ni se atrevió a preguntar qué era. Aunque parecía que nadie observaba en el lugar a la pareja gauchesca, hubo un cierto silencio que fue interrumpido por la involuntaria escupida sobre la mesa de todo lo que tenía en la boca el muchacho. Allí todos rieron un poco, que nadie buscaba burlarse, y menos del hijo de Rivero. Porque se cuenta que era ducho con el facón y, que allí mismo, lo había demostrado en una ocasión, aún estando borracho, y ante dos que parecían estar enteros. El padre ordenó a la señora que volviera a servirle al muchacho, y luego le dijo lo siguiente.

Rivero – Tranquilo, gaucho, todo va despacio. Si el río se precipita uno no puede controlar demasiado y se deja llevar, pero en las cosas que están en nuestro poder, debemos nosotros imponer los tiempos, el cómo deben fluir. 

Antonio – Perdón papá.

Rivero – Papá no, acá, Don Rivero, que estamos en sociedad, o pretendiéndola, porque para los gauchos nuestros hermanos están en los campos y no en las ciudades. Pero este es nuestro pueblo y hacemos excepciones. Disculpas le deberás a tu camisa que la has ensuciado toda. 

Antonio – Pedirle disculpas a la camisa, eso me gusta. Que es como pedirle disculpas a mi madre, quien me la hizo. 

Rivero – Deja a la madre tranquila, que en paz descanse. Y mientras bebas ahora más lentamente entrégale tu salud a ella, que yo lo hago siempre. Y dejala tranquila porque no es bueno pensar en la madre cuando uno está mirando a esas bellas mozas que están en la barra, ¿verdad?

Antonio – Sí, hermosas mozas. Quisiera saber tocar la guitarra para cantarles algo.

Rivero – ¿A todas o a la que te guste más?

Antonio – Le compondría una canción a cada una.

Rivero – ¡Picarón! Eso no está bien. Hay que elegir la que nos gusta y entregarle el corazón. 

Antonio – Me gusta la más chica, la que no está con las demás.

Rivero – ¡Ah, qué bien! Te gusta la hija de la pulpera. Se llama Azucena. Y esa mujercita sí pedirá que le compongan algunas canciones, aún sin guitarra. Que yo pensaba que te gustaban las otras más grandecitas que les da igual si uno sabe cantar o no, que lo que pretenden es que uno sepa invitarlas a un trago. 

Antonio – Me gusta Azucena…

Rivero – Tendrás que apalabrarla. Pero no sé si mejor antes a la madre o hacerlo todo sin que la madre se entere. Te esperaré afuera, y vas tranquilo.

Rivero se levantó de la mesa, pasó por la barra, pagó lo que habían bebido y le dijo algo a la señora al oído. A lo que ella se puso un dedo debajo del ojo y estiró las pieles como en señal de advertencia. Rivero mostró una cara de desinterés y se fue a ver cómo estaban los caballos. Entonces, Antonio volvió a tomar de un trago lo que tenía en el vaso, que nunca tuvo tiempo de preguntar qué era, y esta vez, mirándola fija a la china, no escupió. Sintió que algo le quemaba cerca del corazón, y nunca pensó que fuera el alcohol, sino que se lo adjudicó, lo dirá siempre, al amor. Se acerco decidido y tras tomar algo torpe la mano de la muchacha le dejó allí un beso y hasta se animó a hablarle.

Antonio – Yo quería que supieras cómo me llamo.

Azucena – ¿Y por qué pensás que yo quiero saberlo?

Antonio – Porque yo sé que te llamás Azucena.

Azucena – Yo sé que te llamás Antonio.

Antonio – La última vez que sentí muy dulce mi nombre fue cuando lo dijo mi madre, y la primera vez desde entonces es ahora que vos lo decís.

Azucena – Decí mi nombre vos ahora.

Antonio – Azucena… Azucena… (y lo hubiera repetido el día entero).

Azucena – ¡Basta! No te pongas en ridículo. Tendrás que practicarlo para que yo pueda decir que me gusta también a mí que lo digas…

La madre, la pulpera, miraba la escena con mucha atención. Hacía que fregaba unas copas pero no perdía el ojo de la situación. Cuando vio que el muchacho besó a su hija en los labios sin guardia, y que su hija no reaccionó, fue hasta allí y le dio un cachetazo al gauchito. Y lo único que pensaba Antonio era cuántos cachetazos como esos soportaría si llevaba a la práctica todos los besos que iba imaginando con tanta rapidez. ¿Y qué pasaría si se animaba a tocar la muchacha porque nunca antes, desde destetado, había estado tan cerca de unos pechos tan hermosos. Volvió a besarla delante de la madre plantada allí y un nuevo cachetazo recibió. Comprendió que debía irse y mientras lo hacía, la muchacha corrió tras él y fue ella quien le dio un beso, e instantes después se puso a llorar por un cachetazo aún terrible que recibió de su madre. Al salir de la pulpería, Antonio, con sus copas encima, con sus primeros besos, con dos formidables cachetazos, se sintió todo un hombre. Allí lo encontró al padre sonriendo y sonrieron los dos. Montaron y regresaron al trote al rancho lanzando carcajadas por el camino. Eran padre e hijo, pero eran también dos gauchos a su suerte, dos hombres orgullosos de ser gauchos argentinos.

FRAGMENTO PATRIA MIA

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