Una patadita suave en sus botas, mientras dormía, despertó a Antonio. Era Gervasio que sonrió al ver que por miedo a que se las robaran, el muchacho no se las había quitado. Antonio lo miró resignado por presentir que el maltrato era cosa corriente. Inmediatamente pensó, “ahora otra vez a un barco, y a un viaje más largo aún”. Y mientras veía que Gervasio preparaba unos mates le preguntó.

Antonio – Don Gervasio, ¿la navegación en el mar es muy distinta a la del río?

Gervasio – ¡Ja!, gaucho de río, ahora sabrás qué es navegar, qué son las olas, y qué es la inmensidad del agua salada. El río es como una india mansa, calma y llena de sabiduría que basta no contrariarla, pero el mar es como una mujer refinada enloquecida porque le estropearon sus vestidos…

Rió. Sí. Hacía mucho que no lo hacía. Gervasio era tosco, rudo, pero parecía un hombre inteligente y de mundo. Aunque aún no confiaba demasiado en él, que un gaucho no debía tan pronto, le gustaba la idea de ir al sur siguiendo a ese hombre. Después de haber trabajado para tantos patrones macabros, poder hacerlo para un hombre que parecía encerrar leyendas, hacía de todo algo más encantador. No es que se buscara la liviandad de las cosas con tanto acostumbramiento al dolor, pero no venían nada mal tiempos de sueños mejores. 

Gervasio – Ahí llegan los otros gauchos… Vayan pasando la ronda del mate que yo les cebo mientras les cuento un poco… Ya tendrán tiempo a bordo para saber quién es quién. Lo que quiero decirles es que tenemos un viaje bravo hasta el sur y necesito que una vez en alta mar se haga todo lo que yo diga. Que no quiero insensateces, y que seré yo el único en poseer arma de fuego, pa’ que quede bien claro. Si llegamos a las Islas, si Dios quiere, tendremos mucho trabajo que hacer antes que se conforme la nueva gobernación y podremos disfrutar de las bondades de ser los primeros hombres entre quienes nos repartamos tierras. Así nomás, mis gauchos, terminamos los mates y nos vamos.

Nadie sabía el nombre de nadie. Y cada vez que iban pasándose el mate de mano en mano indagaban con sus miradas quién sería quién, quién sería con quien emprenderían esta aventura. Además de Gervasio y Antonio, otros siete muchachos estaban envueltos en la misma incógnita de lo que sucedería. Eran nueve hombres pensando en si finalmente, porque ninguno parecía venir de vida acomodada, tendría un pedazo de tierra que decir propia. Porque cuando Gervasio habló de repartir tierras todos sintieron la ansiedad que generaba soñar con aquello. La mayoría eran jóvenes que, exceptuándolo a Gervasio, hombre de unos cuarenta y cinco años, todos tenían menos de veinticinco. 

Una vez embarcados, la nave comenzó a deslizarse por el Río de la Plata. Gervasio, como capitán, dijo que podían saludar a la Reina Buenos Ayres y, algunos de los gauchos, la saludaron con sus sombreros como si ella fuera una dama. Puede que de alguna manera lo fuera, una mujer…. Rápido volvieron las mateadas y todos comenzaron a cumplir las órdenes de navegación que el capitán impartía. Para Antonio, gaucho de andar a caballo, eso de estar viviendo como un marino le parecía una verdadera encrucijada. Quería aprenderlo todo, pero tenía miedo de no desenvolverse como se esperaba. Por eso, y por juventud, prestaba atención a aquellos que fueran más experimentados para aprender sin andar preguntando. Se sentía uno de los más jóvenes, pero aquello radicaba en si los demás lo descubrían, porque su incipiente barba, que creía iba creciendo con rapidez, debería confundirlos. Se preguntaba si estaría pareciéndose a su padre. Pero estaba él solo. Y a la hora de presentarse ya no le pareció que debía hacerlo como Antonio para diferenciarse de don Rivero, porque ahora, él era Rivero y nadie más lo era. Hombres de introspecciones los gauchos se dirá, pero en el silencioso soliloquio no se hacía alardes jamás, no como aquellos eruditos que había visto de cuando en vez por Concepción del Uruguay, que hacían demostraciones de su oratoria o entendimiento. Cuántos más habría en Buenos Ayres entonces, y menos mal que no habló con nadie allí. Y mirando el río le pareció muy raro y no había pasado demasiado tiempo desde que dejaron a la Reina del Plata atrás…

Gervasio – ¡Allá está el mar! ¡Allá comienza la aventura!

Nadie pareció darle importancia al vozarrón de Gervasio, del capitán, al divisar antes que nadie el mar. Pero a Rivero le produjo cierta emoción. Nunca lo había visto y le parecía una lógica transición en su vida, por haber nacido en las márgenes de un río, de un río que, como todos, desembocaba en el mar. Ya en el mar imaginaba que el cuerpo de su padre, o que su fantasma, siguiera en procesión mortuoria. Ya en el mar, Rivero, estaría viviendo su nueva vida, la que nadie había imaginado, la que nadie sabía imaginar a futuro. 

La navegación marítima se hizo más cruel. Algunos hombres más embarcaron une noche en algún punto sureño de Buenos Ayres, ya mar. Para mitigar el tiempo, o bien, el mal rato, se organizaron competencias de cuchillos y facones. O bien había que lograr clavarlo en unos barriles vacíos ya de vino, o realizar algún malabar impresionante, o batirse a duelo hasta el punto de dejar en posición el facón en la garganta del adversario. La única condición para participar de estos juegos de alta mar, peligrosos de por sí por los movimientos de la nave, era no haber bebido. En ellos, Rivero se destacaba por su velocidad, decisión al empuñar su facón, y parecía siempre dispuesto a matar al adversario, aún en el juego. Estaba claro que todos los demás tripulantes entendieron que a ese gaucho entrerriano había que respetarlo. 

Fragmento PATRIA MIA

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s