Adentrándose

Del niño Rafael, letras con miel

Recuerdo que tenía diez años cuando en el Colegio Stella Maris de las Tierras de Adrogué la maestra nos hizo leer el libro Ramón del escritor uruguayo Roberto Bertolino. Quizá fuera la primera vez que leía unas letras absorbiéndolas profundamente. Por ese entonces ya leía bastante y le encontraba un encanto muy particular y artístico a las letras impresas en el papel. Para mí eran, y lo seguirán siendo, pequeños seres sentimentales que al juntarse, en maravilloso teatro, ansían emocionar al lector. 

La suerte o el destino, uno de esos dos arquitectos de la vida, quiso que al terminar la lectura del libro la maestra nos presentara al autor. Desde el anuncio de su visita hasta su aparición estuve ansioso confundiendo inconscientemente ese futuro encuentro con el de mi abuelo escritor Rafael Jijena Sánchez. Conocería a un hombre con el mismo oficio, extraño en cualquier tiempo, que ejerció ese personaje de la familia que no llegué a conocer. No resultaba extraño, teniendo ese legado, que la palabra escritor generase en mí un efecto atrayente que me invitaba a develar un mundo secreto y desconocido.

El día que Roberto fue al colegio me senté lo más próximo a la silla donde él se sentaría para firmar con su puño y letra nuestros maltratados ejemplares. Además de mi maestra vinieron al aula muchas otras, cosa que sorprendió a mi observación, concluyendo se había llenado el aula de mujeres. 

Cuando finalmente el escritor ingresó donde nerviosas maestras y extrañados alumnos lo aguardaban, mi mirada lo golpeó con tanta profundidad que el hombre se sentó rendido. 

Sonreía mucho y era muy cortés. Vestía saco y zapatos aunque nadie podrá recordarlo con exactitud porque sólo sus ojos de niño atraían a admirados alumnos y seducidas maestras.

Luego que él contase las experiencias con las cuales había decidido escribir, que hoy no recuerdo, me acerqué para que firmara mi Ramón. Como si fuera padre del tiempo y de ese libro que yo le entregaba, lo tomó paciente con sus manos, acunándolo, para luego reposarlo en su falda y escribir: “con la amistad de Bertolino, Noviembre del ’87”.

Olvidando mi aspecto infantil le estreché la mano como lo hace un hombre que sella una amistad. A un hombre de letras se le cree lo que escribe porque sus letras son él. Inmediatamente le pedí su dirección y luego su teléfono porque le dije que un día iría a visitarlo como lo hacen los amigos. Accedió encantado y, dictándome, escribí los datos en la misma hoja de la dedicatoria. Allí quedaron registradas su ternura y mi infancia. 

Días después, estaba en mi casa releyendo el libro. Al terminarlo salí ansioso para comprar un cuaderno que sólo utilizaría para escribir poesías. Caminé hasta una librería cruzando la calle y mientras regresaba protegía las hojas de mi futura obra como mi amigo lo había hecho con la suya. Escribí mis primeros versos y fui a la cocina donde no me esperaban muchas mujeres o maestras, sólo estaba mi madre.

Cuando terminé de escribir varias poesías, las cuales algunas tienen títulos al estilo de Ramón, le puse por nombre a ese primer libro, entendiéndolo mejor a mi abuelo, Rafael.

Tierras de Adrogué

“En la vida no basta con plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Eso está muy bien, pero habría que también intentar salvar a un bosque, lograr abrir una biblioteca y transitar el heroísmo de salvar a un niño que no sea nuestro”. 

T i n

“Que no, me niego tal vez a encontrar un lugar en esta tierra, si sólo estoy de paso. Si por momentos creo pertenecer a algún sitio es cuando comprendo que los hombres que me rodean son mis hermanos, y que un verso o un abrazo mío estaban necesitando que les llevara, o que les trajera”.

Te Busco Hermano

En tus últimas poesías te referís al crecimiento. Es la etapa quizá más difícil y decisiva de todas. Porque en ella los cambios son tantos y tan bruscos que no dan tiempo muchas veces para asimilar o entender acabadamente el significado de los hechos.

Es donde nace tu rebeldía incontrolable, salvaje. Donde esperabas respuestas, escuchaste evasivas; donde esperabas apoyo, recibiste indiferencia. Al igual yo. Nuestra paideia fue sufrir en dilemas. Mientras papá y mamá nos enseñaban las buenas cosas: la riqueza interior ante la bancaria, ser buena gente ante todo y demás, en nuestros educadores recibimos la más dura de las agresiones, el resentimiento. Y la burla siempre jugueteando por ahí.

Los ideales causaban risa y el chantaje exigía su estudio para aplicarlo. Nunca lo entendí. Te acordás cuando le mostré a una profesora de literatura unas poesías que había escrito y se me rió en la cara e hizo motivo de risa mi humana condición de querer expresar lo que uno lleva dentro. Horrible.

Sería porque nos consideraban tontos, por nuestra corta edad, que todavía no estábamos preparados para escuchar acerca de cosas tan importantes, como el sexo, las drogas, nuestros derechos, Malvinas. Odiabas ese menosprecio hacia el alumno. Y sabías que yo también, por eso cuando me retaba un profesor o me ponían amonestaciones por mis indagaciones reías disfrutando.

No hacía falta hablar de esos temas. A ellos no les importaba, aquel que contrajo SIDA con una chica que ni siquiera sabía su verdadero nombre, el que moría de sobredosis, o aquel que iba preso por no tener para comer. Y las preguntas encontradas de quiénes eran aquellos soldados en los trenes y subtes que la gente los miraba como delincuentes, ¿no eran héroes? Claro que sí, ambos lo sabíamos.

Cuando necesitábamos escuchar qué hacer vimos al menos lo que no había que hacer. Y te reitero que jamás me molestó en absoluto el trato distinto de muchos por ser tu hermano a raíz de los problemas que ocasionabas con tus reclamos. Sino por el contrario, me sirvió para darme cuenta quiénes eran las personas que valían entre vecinos, educadores, conocidos…

Te cuento con relación a lo expuesto más arriba, muchos reclaman la pena de muerte para determinados delitos. ¡Qué brutos!,  dirías. El hombre sabe escapar de los hechos, así sea con la imaginación, pero no puede de su conciencia. En vez de solucionar el problema radicalmente buscan taparlo o quitárselo de encima. Sólo con educación se soluciona la  necesidad siquiera de discutir la penosa muerte. La sociedad cría a sus hijos.

Somos seres frágiles porque sencillamente podemos morir; tenemos que ser fuertes porque difícilmente debemos vivir.

Agustín Elías