El coche secuestrador se encontraba dando vueltas por los alrededores de la Plaza de Mayo. Estaban esperando recibir instrucciones cuando llegó la orden de regresarlo inmediatamente a la Casa de Gobierno, por la puerta y acceso principal, no sin antes confirmar la presencia de todos los medios de comunicación. 

El vocero presidencial se encargó de comunicar a toda la prensa la demostración de comprensión y dedicación que el mandatario brindaba a sus ciudadanos. Se acercaron los periodistas pensando que el llamado se debía para comunicar el cambio de parientes en algún Ministerio, o para intentar aclarar las cientos de causas judiciales por terrorismo de estado o tráfico de drogas y armas por lo cual se lo persigue internacionalmente.

Mientras Andrés Lucas era regresado permanecía en silencio. No contestó a ninguna de las preguntas que le formularon los captores, aunque sí estaba dispuesto a hacerlo frente a su famoso anfitrión,  y allí estarían las cámaras de televisión.

El coche llegó después que montaran un circo increíble en la puerta de la Casa Rosada. Considerable número de fotógrafos y reporteros aguardaban su llegada. La gente tras el vallado de contención celebraba el regreso de ese joven como el triunfo de ser escuchado cada uno de sus reclamos, cada expresión de impotencia y bronca contenida, por el desprecio y la indiferencia del traidor impuesto al mando. Se lo adjudicaban agrupaciones políticas de muy diferente ideología y algunos terminaron a los golpes para intentar aclararlo.

Los hombres que lo retenían entregaron a Andrés Lucas a otros iguales que lo acompañaron hasta el despacho presidencial donde los periodistas que tenían arreglo con los funcionarios accedieron al encuentro. 

Cuando los veinte años de Andrés Lucas ingresaron donde lo aguardaba la vejez de cuerpo e ideas se detuvo a unos metros de ese personaje, como si se sintiera en un juicio frente a un magistrado. El Presidente, sonriente y buen actor, se levantó de su silla, se acercó al muchacho e intentó saludarlo con un apretón de manos que no fue correspondido. Entonces, algo enojado, disimulando ante las cámaras encendidas, dijo: “Parece que el muchacho es  un hombre muy importante ya que no tiene porqué saludar al Presidente de la República”. Sin dejar de mirarlo un instante a los ojos, Andrés Lucas sentenció: “Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada”. 

El silencio y desorientación que sintió inesperadamente el anciano generó una pesada tensión en el ambiente. Por ello quiso alivianar el momento ofreciéndole una copa de licor a nuestro joven, que permanecía de pie, imperturbable ante las cámaras y sin perder la mirada de su interlocutor. Mientras el Primer Mandatario le acercaba la copa dijo a las cámaras, como quién presenta un producto publicitario: ‘Una bienvenida para el invitado pero para nadie más, yo no puedo servirle a todo el mundo, ¿verdad?’ Andrés Lucas, esta vez sin ocultar una leve sonrisa por la picardía que cometería en breve, le respondió: “El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho”.

Liliana y Fernando pudieron ver todo por la televisión blanco y negro -a pesar de encontrarse en el comienzo del siglo veintiuno-,  y porque ninguno de los dos tenía trabajo a la fecha. Se tomaron de la mano y comenzaron a llorar emocionados porque estaban orgullosos de su hijo aunque temían lo peor, sabían que su destino, si era de grandeza, debía serlo igualmente de tristeza.

El Presidente, harto de hacer el papel de ridículo, le hizo una seña a uno de sus hombres y éste generó un desperfecto eléctrico que ocasionó la interrupción de todas las transmisiones periodísticas. Entonces sí se animó a increparlo sin importar los periodistas presentes, que de todas maneras, tenían arreglo con la Casa de Gobierno, diciéndole: “¿Quién carajo te creíste que sos? Un payaso disfrazado como vos, con ropas miserables, no tiene la dignidad para hablar conmigo”, a lo que Andrés Lucas respondió, esta vez mirando a los reporteros: “No juzguen según las apariencias, sino conforme con la justicia”.

Fragmento de La Cruz del libro Astucias dialécticas

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