En tus últimas poesías te referís al crecimiento. Es la etapa quizá más difícil y decisiva de todas. Porque en ella los cambios son tantos y tan bruscos que no dan tiempo muchas veces para asimilar o entender acabadamente el significado de los hechos.

Es donde nace tu rebeldía incontrolable, salvaje. Donde esperabas respuestas, escuchaste evasivas; donde esperabas apoyo, recibiste indiferencia. Al igual yo. Nuestra paideia fue sufrir en dilemas. Mientras papá y mamá nos enseñaban las buenas cosas: la riqueza interior ante la bancaria, ser buena gente ante todo y demás, en nuestros educadores recibimos la más dura de las agresiones, el resentimiento. Y la burla siempre jugueteando por ahí.

Los ideales causaban risa y el chantaje exigía su estudio para aplicarlo. Nunca lo entendí. Te acordás cuando le mostré a una profesora de literatura unas poesías que había escrito y se me rió en la cara e hizo motivo de risa mi humana condición de querer expresar lo que uno lleva dentro. Horrible.

Sería porque nos consideraban tontos, por nuestra corta edad, que todavía no estábamos preparados para escuchar acerca de cosas tan importantes, como el sexo, las drogas, nuestros derechos, Malvinas. Odiabas ese menosprecio hacia el alumno. Y sabías que yo también, por eso cuando me retaba un profesor o me ponían amonestaciones por mis indagaciones reías disfrutando.

No hacía falta hablar de esos temas. A ellos no les importaba, aquel que contrajo SIDA con una chica que ni siquiera sabía su verdadero nombre, el que moría de sobredosis, o aquel que iba preso por no tener para comer. Y las preguntas encontradas de quiénes eran aquellos soldados en los trenes y subtes que la gente los miraba como delincuentes, ¿no eran héroes? Claro que sí, ambos lo sabíamos.

Cuando necesitábamos escuchar qué hacer vimos al menos lo que no había que hacer. Y te reitero que jamás me molestó en absoluto el trato distinto de muchos por ser tu hermano a raíz de los problemas que ocasionabas con tus reclamos. Sino por el contrario, me sirvió para darme cuenta quiénes eran las personas que valían entre vecinos, educadores, conocidos…

Te cuento con relación a lo expuesto más arriba, muchos reclaman la pena de muerte para determinados delitos. ¡Qué brutos!,  dirías. El hombre sabe escapar de los hechos, así sea con la imaginación, pero no puede de su conciencia. En vez de solucionar el problema radicalmente buscan taparlo o quitárselo de encima. Sólo con educación se soluciona la  necesidad siquiera de discutir la penosa muerte. La sociedad cría a sus hijos.

Somos seres frágiles porque sencillamente podemos morir; tenemos que ser fuertes porque difícilmente debemos vivir.

Agustín Elías

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