Una noche de verano me encontraba con un amigo en la terraza de mi casa. Ambos disfrutábamos de nuestra charla que, casi siempre, tenía por meta a la física, o a esa física que está más allá. Teníamos por entonces unos veinticinco años.

El tiempo es lo que uno siente, y queríamos sentir todos los tiempos. Intercambiábamos opiniones y quién poseía una botella de vodka en las manos. La botella se iba acabando a la vez que nuestros diálogos iban aumentando en intensidad y profundidad. También fumábamos unos cigarros cubanos para relajarnos y disfrutar de la compañía aventurera por tiempos y espacios de la imaginación. 

         Luego él se fue y me quedé mareado por el alcohol cayendo en el colchón que tenía en el suelo de la habitación. La charla también me había sensibilizado, con lo cual, sumándose a la sensibilidad corpórea, comencé a sentirme mitad agobiado y mitad extasiado. 

         De pronto el mareo me hizo sentir que yo y el colchón comenzábamos a girar como unas hélices, a gran velocidad. No sentía pánico pero sí comenzó angustiarme el comprobar que no podía controlar la situación, y que algo extraño estaba ocurriendo. De la misma manera en que todo comenzó, esa hélice que encarnaba dejó de hacerme sentir esa inusual pirueta. Cerré los ojos intentando calmarme, y al volver a abrirlos, pude ver mi cuerpo en el colchón, observándolo como si lo hubiera abandonado, desde la altura del techo de la habitación. Inmediatamente sentí que me alejaba de mi cuerpo con mi alma con una sensación que pudiera sentirse al morir, porque ya no sentía nada corporalmente, porque había abandonado a mi cuerpo. Con la misma precipitación de hechos, increíblemente, me encontré en un teatro, otra vez como observador incorpóreo. Allí se encontraba mucha gente observando un escenario, y en él, un hombre, igual a mí, pero varios años mayor. 

         Lograba reconocerme en ese hombre ante un micrófono y en un teatro con gente esperando que hablase. No distinguía todos mis rasgos, pero desde que había llegado hasta este teatro, tenía la certeza que era yo mismo en el futuro a quien estaba viendo. El bullicio, ese otro yo, y todos los movimientos de la gentes se congelaron súbitamente, en el preciso momento en que ese hombre, en que un yo del futuro, parecía que comenzaría a hablar. 

         Mientras podía observar la quietud de la escena, congelados todos los movimientos físicos, en un silencio perfecto, una voz me habló diciendo algo así: “podrás decir y hacer todo desde la maldad y todo desde la bondad, está en vos decidir y elegir el mensaje”.

         Después de oír esa voz que me dejó turbado, nunca mejor dicho, el alma me volvió al cuerpo y comencé a despertarme, ya mirando lo que mis ojos veían desde el cuerpo que había abandonado en el colchón. Como en un renacer, fui moviendo los ojos, luego la cabeza, más tarde los miembros hasta incorporarme completamente. Me sentí acompañado por ciertos espíritus en la habitación, que no lograba ver acabadamente, pero que tenía la certeza que estaban allí conmigo. Instintivamente, comencé a danzar torciéndome hacia adelante y hacia atrás y dibujando con mis pasos una circunferencia del mayor tamaño que posibilitaba las mediadas de mi habitación. Sentía que algunos de estos espíritus se encontraban delante de mí, y que otros se encontraban por detrás. Continué con este improvisado ritual hasta que me sentí nuevamente solo y ya en dominio de mi cuerpo. Aunque mi cuerpo poseía facultades extraordinarias porque podía ver, por reflejos, casi todo lo que había a mi alrededor. Las dimensiones se me hacían confusas y lo que no había regresado era la audición, no por completa. Podía oír, pero todo me llegaba de manera lenta y los sonidos parecían retardados. Quise escribir, y no podía controlar mi pluma. Tomé la guitarra e imaginé que compondría lo que nunca hubiera imaginado, y nada sucedió. Fui hasta el baño y al mirarme en el espejo parecía verme como en fotografías, y que fotografías de instantes anteriores se reproducían en el espejo. Estaba fascinado, pero tenía terror de quedarme por siempre en ese mundo de sensaciones trastocadas. Salí a la calle y, de pronto, todo volvió en sí, y los sentidos volvieron a estar bajo mi comando.

         Al regresar a la habitación y dejarme caer en el colchón, me entregué al sueño recordando la escena que había ido a ver al futuro sobre mi actuación en un teatro, sobre mi decisión en cuanto a qué actuación brindaría en los escenarios de la vida.

         Habrá sido pocos días después que escribí el poema Danza con un espíritu premonitorio…

Gubbio MMX

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