Continuamos recorriendo la ruta mientras nos saludaban familias de cactus por todas partes. En algunos tramos atravesábamos túneles de piedra inmensos que yo suponía serían increíblemente antiguos. La ruta era fascinante y soñaba con poder recorrer de la misma manera toda Latinoamérica. 

Angel permanecía callado. Empecé a desconfiar del silencio. Sabía que algo sucedía. El camión empezó a disminuir su velocidad hasta estacionarse a un costado de la ruta. Inmediatamente sacó una pistola y la puso sobre mi sien. Con un odio sorprendente me gritó que me bajara del camión. Le dije que se tranquilizara y que yo no iba a resistirme. Realmente pensaba qué podía hacer pero cualquier movimiento resultaba muy peligroso. 

Entonces bajé del camión y le pedí que me entregara mis escritos, los documentos y un abrigo porque sabía que en la noche refrescaría. 

Se acomodó sobre los asientos y sin dejar de apuntarme me pidió también las botas, mi pantalón y la remera. No podía quedarme sin nada en el desierto desconocido y sin saber la distancia hasta la próxima ciudad. Quería mis textos que eran la mayor pérdida pero pensé que quienes me querían no me hubiesen perdonado me arriesgase por ellos. 

De todas maneras pensé que había llegado a un fin noble. El poeta moría en el desierto, sin apoyo de nadie y en solitario, defendiendo sus textos y asesinado por la ignorancia. Resultaba profético.

         Decidí complacer a mi familia. En un movimiento veloz cerré la puerta del camión y corrí en dirección contraria a la trompa del mismo. Tenía que evitar que se bajara para dispararme. Sabía que él no iba a abandonar el camión para ir a buscarme. Esquivé varios cactus en mi carrera hasta que escuché el motor alejarse. 

Quería matar a ese desgraciado. No terminaba de entender lo que había pasado. Pensaba en los escritos que me había robado y que sabía jamás recuperaría. Me vi en una ruta desértica sin poesías y me sentí muerto. Me quedé un instante inmóvil frente a un cactus. Sin mis letras mi vida se había acabado. Aunque mi padre tenía en Buenos Ayres copias de muchas poesías, otras tantas, nadie jamás me las devolvería. 

Un escritor es lo que escribe. Las letras son su sangre. Si ellas desaparecen todo pierde su sentido. Las emociones que él quiere dejarle a los demás, si no perduran, siente que no ha vivido porque no quedarían huellas en el camino hacia sus sentimientos. 

Todos los sueños y lucha pacífica, violentamente desaparecían. En el medio de esa escena que bien pudo haber sido la última que protagonizara en este mundo grité los versos de un poema mío que reza ¡No asesinen a la poesía, déjenla vivir, que sea mía! ¡Hagan lo que quieran con sus vidas, sólo denle libertad a ella, que es mi vida!

         No me había quedado nada. Conservaba solamente mi nombre y ni eso podía confirmar sin documentación alguna. Continué el camino en dirección a Monterrey. Cuando pasaba un vehículo me ignoraban haciéndome sentir un espíritu, con lo cual dudaba si Angel en realidad sí había disparado y lo que estaba viendo no eran más que visiones posteriores a mi muerte. 

Después de unas horas llegué a la ciudad y pregunté por una comisaría. Tenía que denunciar la pérdida de mis documentos. Nadie sabía informarme. La gente no me contestaba o me ignoraba. Un taxista finalmente se ofreció para llevarme a un destacamento policial. Al dejarme se retiró rápidamente. 

Ingresé en el edificio y me presenté a la guardia como un argentino que había sido asaltado. No me contestaban. Realmente no entendía qué es lo que pasaba. Todos se comportaban de forma muy rara. 

         Cuando llegó un oficial le expliqué mi situación y me dijo que esperara. A la media hora me encomendó a un patrullero para que con ellos intentara identificar al camión que me había robado. Sabía perfectamente dónde encontrarlo porque el demonio de Angel me había dicho hacia dónde se dirigía. 

Manejaba un hombre acompañado por una mujer. Yo iba en el asiento trasero como detenido y separado de ellos por una rejilla. A los doscientos metros se detuvieron y el hombre descendió del auto para comprar un refresco. Demoró unos diez minutos. Sin poner el auto nuevamente en marcha bebió un poco y le convidó a su compañera. La mujer, más generosa, quiso ofrecerme pero la pobre infeliz golpeó la botella contra la rejilla bañándolo con el contenido al conductor. Mientras ellos discutían pensaba que Angel ya podría haber llegado a publicar mis poesías en Madrid.  

Tomaron la radio y se comunicaron con un superior diciéndole que no habían podido localizar el vehículo y que esperaban nuevas órdenes. No lo podía creer. Debía haber ido a un jardín de infantes a pedir ayuda.

Me trasladaron a unos tribunales para que yo pudiera asentar mi denuncia. Me dejaron en la puerta y desaparecieron igual que aquél taxista. Parecía que nadie quería comprometerse. 

En el tribunal recibieron mi denuncia y me entregaron una copia. Les pedí que se comunicaran con el Consulado Argentino para solicitar asistencia. Hicieron una llamada y me pasaron el teléfono. Hablé con una persona que no era argentina y que no entendía lo que yo le decía y entonces cortó la comunicación. No pudimos volver a comunicarnos. 

         De pronto aparecieron unos periodistas, que aparentemente hacían guardia en el lugar, y me vi ante cámaras y micrófonos relatando lo sucedido. Aproveché para pedir asistencia a la representación argentina y a toda aquella persona que pudiera ayudarme. Ya llegaría una respuesta, sería cuestión de tiempo. 

         Me había convertido en noticia. Se me ofrecía la oportunidad de los medios de comunicación y no tenía las poesías conmigo. Sentía que las cámaras habían llegado demasiado tarde. Aunque entusiasmado con la posibilidad de dirigirme a mucha gente hablé de la solidaridad latinoamericana, descontando que con ella pronto sería auxiliado.  

         Pasaron las horas y cayó la noche. Refrescaba cada vez más. Las autoridades del tribunal me pidieron que les dijese a la prensa que ellos me estaban brindando la correspondiente asistencia. Obviamente me negué a hacer tales declaraciones cuando no me estaban ofreciendo nada. 

En realidad, me habían ofrecido pasar la noche con unos indigentes en un centro de contención. Tenía que comunicarme urgente con alguien que tomara decisiones.

(Tribunales de justicia)

FRAGMENTO DE “LA VIDA ES POESÍA“, DIARIO DE VIAJE DE UN POETA

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