Los Carrebici

A mi hermano Andrés Lucas y a mi amigo Francisco

Veranos y vacaciones siempre han sido buenos amigos de todos los niños. Es muy común que liberada la imaginación, con el beneplácito del ocio, se creen un sinnúmero de actividades para saciar la energía de ese período aún más joven que la juventud. Recuerdo, entre muchas ideas y entre muchos tiempos de recreación, la que hizo prevalecer mi hermano Andrés Lucas, quizá porque todos mis amigos estaban de acuerdo o porque ninguno había logrado inventar otra cosa mejor con la misma rapidez.

Así surgió el Club de los Carrebici. Para ser miembro bastaba poseer una bicicleta de carreras y estar dispuesto a acompañar silenciosamente, o con el ruido necesario, cualquiera fuera la misión que surgiera. Seríamos una bicicletería montada al servicio de quién sabe qué y no importaba definir el propósito. Entonces nos reunimos en un campito frente al colegio al que la gran mayoría pertenecíamos para celebrar la inauguración y el día histórico donde quedara por siempre vivo el Club de Los Carrebici. En una de las paredes, mi hermano, por ser el ideólogo o por ser el mayor, pintó con aerosol una C entremezclada con una B que sería nuestro emblema. 

Mientras comenzábamos a montar nuestras bicis para ir en búsqueda de vivencias llenas de fortunas o futuros recuerdos de la infancia llegó tarde al evento, o fue producto de la casualidad su aparición, Francisco, un amigo como los demás pero que no tenía una bici de carreras. La bicicleta de Fran no era muy elegante pero lucía un asiento banana que la distinguía de todas las demás y le brindaba mágicamente el aspecto de una motocicleta que podría alcanzar mayor velocidad que el resto de los vehículos, pero no era verdad. No sabíamos qué hacer. El Club Carrebici no podía tolerar una bici… banana… ¿qué fruta éramos los demás?

No recuerdo cuánto deliberamos el asunto pero yo observaba el rostro de Fran. Se mostraba preocupado pero, a la vez, montado en su distinguida bicicleta, era una amenaza. Bien podría arrollarnos a todos con sus gruesas cubiertas sin poder defendernos con nuestras finísimas estructuras.

Quedó, como tantos otros nombres, anecdótico e irónico. Los Carrebici habían aceptado un asiento banana… o habían hecho prevalecer el valor de la amistad… o habían salvaguardado sus finas bicicletas ante el posible pisoteo de una más grotesca que no soportaba una frutal discriminación…

LA HISTORIA DE MIS OJOS

Yo viajo al Principado de Albanta

En mis años de escolaridad en el nivel primario, así se llama ahora, comencé a frecuentar a los grandes autores de la literatura argentina y universal. Un gran recuerdo para Miguel Cané, Nalé Roxlo, Rafael Obligado, Leopoldo Lugones, Rubén Darío, Jorge Abalos, Jorge Isaac, Pérez Galdós, Baldomero Fernández Moreno (su poesía llevo en el alma) y tantos otros cuyos textos y poemas entraron para siempre en mi vida.

Uno de ellos me supo cautivar desde el primer verso. Poeta provinciano más cerca del folclore que de la literatura. Una frescura y una magia propia de la gran poesía se adueñaron para siempre de mí. Era don Rafael Jijena Sánchez. Poeta argentino nacido en San Miguel de Tucumán y radicado después en San Fernando del Valle de Catamarca.

Por la magia de Internet buscando datos de él, encontré un blog de quién es uno de sus nietos: Agustín Elías. No solo que nos contactamos sino que también nos amigamos bajo el aludo sombrero de la poesía y de la palabra.

Este poeta y escritor es uno de los tantos argentinos que anda por Europa con su talento a cuestas: en Zagreb, en Madrid, en Italia y en vaya Dios a saber en cuántos otros lugares de este mundo terrestre y rampante.

Tiene amigos que valen la pena como Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina y entre otros  el cantautor Luis Eduardo Aute que lo bautizó a Jijena con el título de Príncipe de Albanta. Nada más ni nada menos.

Seguramente no faltará la ocasión para tomar unos vinos con Agustín mientras hablamos de estas cosas que a pocos tal vez importan pero que a nosotros mucho: la poesía, el arte, la palabra, los libros, los viajes, la vida.

Invito a entrar en su blog. No hay que tener títulos nobiliarios ni nada por el estilo solamente pulsar en el teclado: reinodealbanta.press, allí nos  estará esperando con sus vituallas, nunca apurado pero tampoco ocioso, fecundo siempre.

Jorge Castañeda

“De los problemas,

quizá nadie nunca pueda desentenderse de ellos, y no vivirá mejor aquel que los resuelva todos, cosa imposible, sino quien aprenda a convivir con aquellos que probablemente jamás se resuelvan”.

Si vienen…

A Federico García Lorca y a mi fantasma por La Argentina

¿Cuáles ojos arrojaste ante la furia desatada,

sabiendo lo que los brutos iban a buscar?

¿En qué versos y brazos se te ocurrió pensar,

presintiendo que faltaba tan poco para la nada?

Si tú has lagrimeado, te prometo que lloraré,

pero si te has sabido mantener burlesco y entero  

ante ese disparo cobarde que tampoco yo quiero,

si te les has reído, te prometo que yo sonreiré. 

Tú que conocías bien el poder de la palabra en poesía;

yo que sabiendo de tu historia no modifiqué mi destino,

aún si la Demagogia Dictatorial la próxima vez sí dispara.

Tú que en España has muerto por la necedad de un cretino;

yo que por Europa huyo de iguales brutos de mi trágica hora,

si vienen, estate a mi lado, Federico, ¡y hazme caer a tu sombra!

Gubbio 2010

Con el facón en la cintura

Antonio tiene dieciocho años, ya es un hombre. El padre murió unos meses atrás en un episodio confuso. Dicen que fue un accidente, pero la bala que recibió en su nunca declara muchas otras versiones posibles. Tampoco estaba su caballo. Los españoles para quienes él trabajaba por entonces ya no se encontraban en la finca, a la que diariamente iba Antonio para encontrar movimiento, hallar alguien a quien preguntarle, indagar en los ojos cuáles merecerían alguna venganza. Pero nada fue posible. 

Aquél día vinieron gauchos amigos al rancho para avisarle al menor Rivero que su padre fue encontrado muerto frente a una tranquera, donde trabajaba. Inmediatamente, junto a ellos, fue cabalgando al lugar y desensilló de un salto para caer de rodillas ante el cuerpo de su padre. El hombre estaba boca abajo y tenía un curso de sangre que regaba toda su espalda. Mientras lo inspeccionaba, o mientras se quedaba admirando la escena, uno de los gauchos amigos decía “fue a traición”. El otro, momentos más tarde dijo, “a sangre fría, porque su facón estaba en su funda y en la cintura” a la vez que avanzó hasta donde estaba el muchacho y adoptando la misma posición de rodillas, se lo entregó. En acto reflejo, al igual que lo hacía el padre, lo introdujo entre el cinturón y su carne. 

         Frente al rancho del Río Uruguay. Allí, un atardecer ventoso. Últimos días del invierno de 1827. El viento favorecía la ceremonia. Los dos gauchos amigos del padre, y por ende del muchacho, observaban uno al lado del otro como en formación militar sujetando con sus dos manos sus sombreros, ambos. Antonio se sumergió hasta la cintura en el río cargando a su padre en sus espaldas. Allí, entonces, lo acostó con ternura en al agua, tomó con su mano derecha la misma del padre y con la izquierda iba hundiendo lentamente su rostro. Fue abriendo su mano y el cuerpo de Don Rivero comenzó a dejarse llevar río abajo. Mientras veía sumergirse y alejarse el cuerpo de su padre vio que donde él estaba caían gotas al agua. Recién entonces comprendió que estaba llorando. Se quedó así un buen rato hasta que le pareció que su padre hubiera querido no llorara de ese modo, y menos ante otros gauchos.

         No reparó en cuánto tiempo estuvo allí metido en las orillas del río, llorando, viéndolo partir materialmente al padre. ¿Cuántas veces había buscando en el agua y en el cielo alguna respuesta? Pudo comprobar que había sido un buen rato el que estuvo allí lagrimeando, porque había dado el tiempo, sin notarlo, para que los gauchos amigos ya hubieran preparado un buen fuego donde estaba asándose la carne. Ni bien se acercó, los dos gauchos se pusieron de pie, como para brindarle respeto, el mismo que le tenían a su padre. Uno de ellos lo abrazó rápidamente y no supo qué decirle. El otro le alcanzó una bota de cuero que contenía vino. Antonio los miró a los dos y luego arrojó sus ojos al fuego mientras dejó caer en su boca un trago muy largo. En ese entonces recordó la primera vez que había bebido alcohol junto a él, y esta sería la primera que lo haría contando nomás que con su espíritu. La bota fue pasando de mano en mano y el huérfano pudo estrenar el facón de su padre cortando muy hábilmente la carne. 

         Uno de los gauchos le preguntó qué haría en adelante. El otro le sugirió que sería bueno se alejara un tiempo del pueblo para no andar buscando venganzas ni andar indagando en cuestiones tenebrosas que no parecían tener respuesta. Él les respondió que tenía el rancho y que no podía dejarlo o, que en realidad, no quería desprenderse de todos sus recuerdos, de lo único que había sido su vida hasta el momento. Pero los gauchos le prometieron que cuidarían de lo suyo, a la vez que insinuándole que muy poco era ese rancho tan venido abajo desde que la señora de Rivero ya no lo habitaba. Acto seguido, y para reforzar la sugerencia, le contaron que en los próximos días una embarcación proveniente de la Banda Oriental pasaría por Concepción del Uruguay para dejar algunos productos y para llevar a algunos hombres a Buenos Ayres. Entre los que iban para Buenos Ayres, se hallaba un capitán por ellos conocido, Gervasio, que tenía por destino final las Islas Malvinas, a donde llevaría mozos a trabajar por un tiempo. Que no sería problema decirle que lo llevaran a él con ellos, con trabajo asegurado, porque le debían favores y porque sería fácil convencerle por ser un gaucho joven con visibles aptitudes. 

         Heredado el gesto adusto del padre, una contextura fuerte y unas manos engrandecidas por el trabajo diario, Antonio, sin saber bien adónde quedaban esas islas que le habían mencionado, asintió con la cabeza, sin ánimos de apalabrar algo tan desconocido, pero aceptaba el ofrecimiento. 

         Los gauchos amigos se retiraron y él se quedó observando cómo las llamas iban extinguiéndose. Algunos vecinos de los ranchos aledaños llegaron en silencio y sin interrumpir los pensamientos del muchacho dejaron en cuestión de ofrenda algunos alimentos y cosas preparadas por sus mujeres. Envolviéndolos, un poncho, algo celeste y con unas terminaciones en blanco. Recogió todo aquello e ingresó en su pequeña casa. Cerró la puerta, se acostó, afirmó el facón en su cintura como preparado por si alguien quería también ir por él, y llorando se dejó dormir.

TIN BOJANIC ǀ Patria mía

“Como una flor de pueblo en la plaza de invierno,

Así quedaste cuando se fueron mis suspiros por ti”.