En un café del barrio de San Telmo, una noche intensa, un hombre mayor en un viejo bar tomaba un vaso de vodka con la mirada perdida en la silla que tenía enfrente y vacía. A pocas cuadras de allí, una mujer también mayor, tomaba un té sola y en su departamento demasiado grande para ella y nadie más. Ambos habían perdido a sus respectivas parejas un año atrás. Ambos se negaban a creer que su amor estaba muerto y que a quienes amaron toda la vida los hubieran abandonado. 

            El hombre después de terminar su vaso lentamente, porque no quería apurarse a regresar a su apartamento donde nadie lo esperaba y porque ya no tenía muchas fuerzas como para controlar los efectos del alcohol, se arrojó a las calles empedradas sin rumbo, desesperanzado.

            La mujer al terminar de tomar su té, sin azúcar por recomendación del médico, demoraba lavar la taza porque una vez limpia no tendría otra cosa para hacer, en cambio, teniéndola sucia pensaba que sí tenía una tarea que cumplir. 

            Ambos, sin lugar a dudas, sabían de la miseria de la soledad. 

            El anciano se detuvo en una esquina como si alguien se lo hubiera recomendado. Levantó la mirada y le causó curiosidad ver una ventana con luz entre muchas en tinieblas. La anciana quiso espiar a la calle y se asomó por esa ventana. Se miraron a la distancia sin poderse reconocer porque a los dos les faltaban los lentes. Se emocionaron de igual modo porque a los dos no les faltaba mirar con mayor precisión. Creyeron y quisieron reconocer en el otro a su amor, aquel que nunca aceptaron los había abandonado. Ninguno dijo palabra ni se movió de su lugar, temían que la realidad desvaneciera sus sueños. 

            Pasaron algunos años encontrándose de ese modo, ella en la ventana y él en la esquina, inmóviles. Preferían creer que esa otra persona era su pareja a considerar que el amor de sus vidas desapareció. Pero sabían que el paso del tiempo se los llevaría a ellos también y no querían que el otro volviera a sentirse abandonado. Entonces decidieron, dándose a entender por señas, que no volverían a verse para no sufrir el día que uno de los dos ya no asista a la cita. 

Esa misma noche del pacto murieron sin sentirse solos ni abandonados. 

Libro Sur-realidades

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