Sacramento del padre Oscar

Una cosa que me había quedado pendiente de la visita anterior. No creo estar seguro de llamar a estos viajes como visitas, como despedidas, o como instancias. Aquello que no había logrado coordinar fue que un sacerdote le diera el último sacramento, la extremaunción de los enfermos. 

         El padre fue Oscar, de la Parroquia de la Medalla Milagrosa, donde yo fuera bautizado, comulgado y confirmado. La recomendación fue de Fede, el hijo del otro Fernando que mencionara líneas atrás. Este buen hombre acudió a mi llamado, al de quien fuera uno de los fieles de aquella parroquia cuando él no era el párroco. 

         Nos reunimos en el comedor de la casa. Estaba el padre Oscar, Cristina, yo, y ese hijo de Dios que estaba siendo llamado al viaje eterno, Fernando José. Un Fernando José que decidió agregarse el nombre de Ignacio para rendirle homenje a su santo -convertido también en el mío- Iñigo de Loyola. Cosas del destino, cosas de Dios, el padre Oscar poseía un parecido fascinante con San Ignacio. Yo le miraba a mi padre recibir su última comunión y pensaba si él, en su desvarío, no pensaría que estaba cumpliendo su sueño de estar recibiendo la santa eucaristía por parte de su queridísimo santo a quien amó, admiró y persiguió toda su vida. 

         Mientras el padre realizaba el rito pertinente Cristina lagrimeaba mirando hacia otra parte y yo me aseguraba de hacer lo mismo pero en dirección opuesta donde no existiera la posibilidad de cruzar nuestras miradas. 

         El padre con su temple de soldado de Cristo continuaba con su labor en ese valle de lágrimas, tristeza, despedida, pero todo envuelto en un acercamiento con Dios.

TIN BOJANIC ǀ Artesano de la vida

“¿Acaso no es el amor el que nos controla, descontrolándonos, a pesar de creernos los comandantes de sus latidos cuando en realidad somos sus esclavos?”

‪Hoy hace 20 años Luis Eduardo Aute me nombraba Príncipe de Albanta tras haber escrito el libro sobre aquella eterna canción. Se extrañan sus palabras…‬

Pangea humana

Comenzaré manifestando mi enemistad con las fronteras del viajero, corralitos pueriles que pretenden dividir a los hombres como si fueran de diferentes especies y destinadas a diferentes observaciones en un laboratorio. Tal arbitrariedad, como es de esperarse, no es complacida por la realidad y su fluir. Pues es mucho más sencillo diferenciar ciudades entres sí que muchos países inventados. 

         El terruño sincero corresponde a la ciudad o pueblo donde uno ha nacido o ha sido criado, o bien al lugar elegido para vivir los sueños y desafíos, o tal vez donde la persona encuentra las condiciones necesarias para liberar su potencial.

         Por ello es concebible, en mi caso, sentirme a gusto como buen tanguero por las callecitas de Buenos Ayres, y brindar en Madrid por algún poeta que allí se inspiró para inspirarnos, y proyectar futuros emblemáticos en una discusión llena de esperanza en La Habana… Si no alcanzo a ser muy heterogéneo en los ejemplos citados es porque hay pocas muestras más criticables de la segregación a la que acuso que aquella que entorpece a la hermosa nación del idioma español. 

         ¿Me contradije al detestar las divisiones e intentar, al mismo tiempo, señalar como muy particular el mapa de habla hispana? Es sano que haya conjuntos, es bruto negar y evitar las intersecciones. 

         Es claro, y si prosiguen disculpándome por este soliloquio que no puedo evitar escribir –tenga este un sentido magnífico o sea uno más entre los ejercicios a los que me tiene amaestrado mi cerebro mandamás- quise decir que me ilusiona pensar que la humanidad pueda restituir la Pangea a través del reconocimiento irrefutable de Hermandad. 

Tierras de Adrogué 2006

RIENDA SUELTA

“Me quedo con la felicidad que me produce recordar a tus ojos rescatándome de cualquier tristeza cuando decidían mirarme”.

Angustias paralelas

  En un café del barrio de San Telmo, una noche intensa, un hombre mayor en un viejo bar tomaba un vaso de vodka con la mirada perdida en la silla que tenía enfrente y vacía. A pocas cuadras de allí, una mujer también mayor, tomaba un té sola y en su departamento demasiado grande para ella y nadie más. Ambos habían perdido a sus respectivas parejas un año atrás. Ambos se negaban a creer que su amor estaba muerto y que a quienes amaron toda la vida los hubieran abandonado. 

            El hombre después de terminar su vaso lentamente, porque no quería apurarse a regresar a su apartamento donde nadie lo esperaba y porque ya no tenía muchas fuerzas como para controlar los efectos del alcohol, se arrojó a las calles empedradas sin rumbo, desesperanzado.

            La mujer al terminar de tomar su té, sin azúcar por recomendación del médico, demoraba lavar la taza porque una vez limpia no tendría otra cosa para hacer, en cambio, teniéndola sucia pensaba que sí tenía una tarea que cumplir. 

            Ambos, sin lugar a dudas, sabían de la miseria de la soledad. 

            El anciano se detuvo en una esquina como si alguien se lo hubiera recomendado. Levantó la mirada y le causó curiosidad ver una ventana con luz entre muchas en tinieblas. La anciana quiso espiar a la calle y se asomó por esa ventana. Se miraron a la distancia sin poderse reconocer porque a los dos les faltaban los lentes. Se emocionaron de igual modo porque a los dos no les faltaba mirar con mayor precisión. Creyeron y quisieron reconocer en el otro a su amor, aquel que nunca aceptaron los había abandonado. Ninguno dijo palabra ni se movió de su lugar, temían que la realidad desvaneciera sus sueños. 

            Pasaron algunos años encontrándose de ese modo, ella en la ventana y él en la esquina, inmóviles. Preferían creer que esa otra persona era su pareja a considerar que el amor de sus vidas desapareció. Pero sabían que el paso del tiempo se los llevaría a ellos también y no querían que el otro volviera a sentirse abandonado. Entonces decidieron, dándose a entender por señas, que no volverían a verse para no sufrir el día que uno de los dos ya no asista a la cita. 

Esa misma noche del pacto murieron sin sentirse solos ni abandonados. 

Libro Sur-realidades

“Todas las personas deben ser escuchadas, porque no se sabe quién puede tener algo muy importante y necesario por decir”.