Canto de furia y de silencios

Prólogo para el libro “Emesis de legionarios” de Oscar Ledesma

El poeta está obligado a hablar, a decir. Es quien debe contarnos aquello que no se ve, de lo que nos podríamos haber perdido de vivir, o anunciarnos cosas que, tal vez, llegaran a venir, cual profeta literario.

También se cree que un escritor es reiterativo en sus obsesiones, pues necesariamente se enamora obnubilado de aquello que le apasiona, siempre. Bien nos lo declara al advertirnos que “los trenes son rehenes de sus rieles”; aceptando que uno es aquello que está llamado a ser. ¿Acaso sería posible que el poeta se callara o no nos lo dijera? Esto mismo resulta tan insensato como no querer oírle. Allá con ellos, con quienes tienen oídos sordos para negar la experiencia de quien ha vivido lo que nosotros no, o que no nos animaríamos a vivir.

Entonces, aquí nos encontramos con un canto poético. Porque Emesis de legionarios es un relato en verso que nos lleva por cauces diversos de sentires que bien pueden suscitarnos simpatía, o producirnos espanto en igual medida. Conlleva furia, porque ella es la rectora de la guerra. Grita silencios, porque eso es lo que nos deja la muerte tras dejarnos aturdidos.

Al ir navegando este escrito uno experimentará el destello del consuelo y la sinrazón de lo indecible. Pero continuará leyendo para ir descubriendo todo aquello que se nos muestra. Porque al momento de zarpar entre sus hojas, no podremos regresar a ser lo mismos, y querremos llegar hasta la salida iluminada de la caverna que el poeta experimenta, para unirnos a él, o para seguirle en cofradía espiritual.

Cuánto más justa se hacen todas estas apreciaciones evaluando el relato poético de quien sobrevivió la muerte en carne propia, es decir, haber actuado en el escenario de la guerra. 

Aquí, una vez más, Oscar Ledesma, un poeta guiándonos por los infiernos que él visitara, y habiendo sido buen soldado, sin haber cerrado jamás sus ojos de poeta. 

Tin Bojanic

Split 2020

No puede morirse el amor

Despertarse sin haber dormido bien, angustiado, llorando. Levantarse sabiendo que la vida no será igual, no será la misma. Incorporarse en la cama y tener que soportar la insensatez de la soledad para luego tener que vestirse. Tener que elegir una corbata para ir formalmente presentable. ¿Cómo hacer esto? ¿Cómo, además, poder ingerir un café antes de salir? Todo carece de sentido cuando debe hacerse para dirigirse al entierro de una amada mujer con la que un hombre compartía los mejores años de su vida. 

La muerte abrazó a Ximena con sus garras sorpresivamente en un accidente. La vida se rindió claudicando, como siempre sucede, sueños compartidos que, ahora truncados, repercuten en las vidas que aún quedan respirando. 

Paolo la soñó viva en actos de ensueños breves e interrumpidos por sobresaltos que tuvo que sobrellevar durante la noche. Era cosa normal soñarla con vida, como cosa normal sería negarse a aceptar la tragedia sin acomodar las penas en los cajones de tristezas del corazón. 

Sin levantar la mirada del volante, y sólo a través de reflejos, condujo su coche hasta el lugar del entierro. Soportó abrazos y besos de gente que no lograba reconocer. Oía frases entrecortadas y rumores sollozados. Todos confirmaban que ella estaba allí sin vida. Pero si ella estaba allí sin vida, entonces, es que ella ya no estaba allí. 

Sólo levantó la vista y aceptó entablar un diálogo con un amigo de la pareja, Marcelo. El mismo que los había presentado cinco años atrás presintiendo que esas dos almas debían estar juntas. Con la naturalidad de siempre intentó consolarlo -cosa inútil- y por ello prefirió acompañarlo en el silencio, en la estupefacción. Se separaron del grupo y se refugiaron de las miradas detrás de unos árboles. Allí le confesó Paolo a su amigo que no se creía lo suficientemente fuerte como para resistir y soportar la partida de Ximena, y menos aún siendo tan repentina. Era el día primero desde la desaparición y ya había pensado más de cien veces en suicidarse. Eso fue la invasión de un terror aún más silencioso que heló sus almas.

Marcelo pensaba a gran velocidad alguna respuesta inteligente, algún camino que pudiera señalar para calmar la angustia de su amigo, la misma que él experimentaba por la solidaridad del cariño. Así, buscando algún pensamiento inteligente y veloz, sin pensarlo dos veces, y sin estar muy convencido, le sugirió que quizá fuera bueno contactarla en el más allá para poder dejarla en paz y él reanudar su vida. Porque casualmente hace unos días recibió por correo una gacetilla que ofrecía, entre otros, este inusual servicio con la leyenda: “el más allá más acá”.

No hizo falta convencerlo. Paolo aceptó enérgicamente la idea de poder lograr contactarse con Ximena. Quizá no para dejarla en paz o para consolarse con un último adiós, sino para planear juntos, tal vez, los próximos pasos de ese suicidio que aún vislumbraba, que aún premeditaba, aunque sin elaborarlo todavía en los campos decisivos de la consciencia.

       Subieron al coche que había traído a Paolo y con espanto se alejaron de la escena mortuoria donde extraños personajes y turistas de la muerte hacen excursión cada vez que un alma se libera. 

       Al llegar a la casa de Marcelo, salieron los dos coordinadamente del coche a buscar en la basura aquella gacetilla que había llegado, tal vez predestinada, al buzón. Y tuvieron suerte, porque allí estaba, algo sucia, la posibilidad de intentar contactarse con los muertos. Al pie del papel había una dirección correspondiente a un barrio peligroso de la ciudad. Pero eso no despertó rarezas, porque hubiera sido menos concebible ir a hablar con la muerte a un sitio con suerte más luminosa.

       Una hora después Paolo golpeaba la puerta de un apartamento con señas de abandono, donde sólo había un papel exactamente igual al que tenía en las manos, fijado torpe y torcidamente en la madera.  

       Una señora muy anciana de trato aniñado los invitó a pasar. Los sentó en una mesa triangular y les ofreció un té verde. Preguntó cuándo había ocurrido la muerte del ser querido y aclaró que si lograban comunicarse no había un precio exacto sino el que sugiriera el alma del solicitante. Rogó, sí, que algo dejaran por ofrenda.

       Le hablaron de Ximena, de un torpe accidente que le quitó la vida, y de la desesperación de Paolo ya sin fuerzas para continuar viviendo. Acto inmediato la señora que nunca indicó su nombre, tomó las manos del viudo y cerrando los ojos comenzó a pronunciar unas palabras difíciles de comprender. Eran mezcla de un idioma gutural y de un lamento que parecía absorber alaridos. De pronto, tensó sus manos con lo cual Paolo fijó sus ojos en los de Marcelo. Todos habían comprendido que el contacto se había efectuado. Luego la guía por el mundo del más allá liberó las manos y comenzó a llorar desconsoladamente, como si sus fuerzas la hubieran dejado abandonada. 

       Paolo no lograba vociferar palabra alguna porque parecía comprender las particulares circunstancias. Pero Marcelo preguntó a la anciana qué sucedía y ella le respondió que no tenía fuerzas ni medios sensoriales suficientes para realizar el viaje espiritual que le permitiera hablar con Ximena, porque ella no se encontraba en el Cielo, sino en el Infierno. 

       Marcelo se desmayó y la señora intentaba reanimarlo. Mientras tanto Paolo se ponía de pie dejando su billetera, alianza y cadena de oro en una mesa triangular. Con rostro autómata y sin expresar palabra ni sentimiento se retiró del lugar al comprobar que su amigo volvía en sí.

       Se sacó la corbata y la dejó caer en la vereda del edificio donde había estado en gesto de claudicación, en un ritual de despedida. Ni siquiera reparó en el  coche estacionado cuando comenzó a correr en una decidida dirección. Conocía bien el camino que lo llevaría a una pequeña capilla en ese mismo barrio donde junto con Ximena habían dejado algunas ropas y alimentos en la última Navidad. Corrió unos diez minutos hasta llegar allí y encontró la puerta cerrada, la que abrió con rabiosa fuerza acorde a su necesidad inmediata.

       Volvió a recuperar un paso normal caminando hacia el altar. Había poca luz allí, pero él estaba viviendo en unas tinieblas que ninguna luz podría disipar, pero que otra luz podría sí remediar. Así, aún con un rostro inexpresivo, se arrodilló y liberó las primeras lágrimas. Comenzó a hablar con Dios, como acostumbraba a hacer de manera coloquial cual respetuosa. No hacía falta aclararle al Ser Todopoderoso quién era Paolo y no exigiría ninguna explicación por la cual Ximena había sido enviada al Infierno. Desde que la conoció ella le había confesado que su vida no había sido perfecta y que había vivido experiencias que ansiaba olvidar definitivamente al lado de un hombre bueno como él. Pero nunca, tal vez, él había imaginado la veracidad o profundidad de aquella confesión. 

       Como si pudiera imaginarse el rostro de Dios buscó sus ojos y le habló de su idea de suicidarse para poderse unirse en suerte a su amada. Su suicido sería un pecado mortal pero la misericordia podría perdonarlo y, aún así, no ir al Infierno donde deseaba estar para sufrir junto a Ximena. La vida de ella había concluido y la de él, hasta el momento, había sido en términos naturales bondadosa. Quedaba la posibilidad de vivir el resto de su vida en la maldad para luego ser arrojado a los subsuelos del mundo regido por el Mal. Pero ese plan tenía la insoportable misión de tener que vivir sabiéndola a ella sola ahí abajo. Había que hallar una solución más urgente.

       En desesperación religiosa comprendió que Dios no podría unirlos otra vez con lo cual sólo pensó en poder salvarla a ella de su destino. Hizo un pacto con Dios y una promesa fuerte. Sintió ardor en su alma y se desvaneció.

       Era insoportable tener que despertarse a la realidad entristecida por la ausencia. La mano derecha permanecía protegiendo una cruz colgada al pecho, como si en eso pudiera entibiar su espíritu. Subió al coche y se dirigió al cementerio. No había más lágrimas, sino resignación, y una aceptación de los hechos. De todas maneras, quería rendirle tributo a quien había sido su pareja en los últimos y más hermosos años de su vida. Nunca se atrevería a contradecir los designios de Dios. 

       Llegó hasta donde se encontraba la cruz que señalaba el sitio donde reposaban los restos de su alma gemela transcurrido un año tras el confuso accidente. Depositó unas flores y abrió una botella de vino. Dejó un vaso en ofrenda y el suyo lo bebió rápidamente, de un trago. Luego, pensó que el destino había sido cruel o que Dios tiene unas muy misteriosas maneras de comportarse. ¿Por qué la muerte no eligió al revés? ¿Por qué Dios se lleva a los mejores? Entonces acarició las letras talladas en la cruz del cementerio con el nombre de su amor: Paolo. 

Gubbio 2010

Sur-realidades

“Cuando un periodista incursiona en la literatura es bienvenido, pero cuando un escritor incursiona en el periodismo resulta temido”.

Siempre Unidos

En el quincho de mi casa natal de las Tierras de Adrogué mi hermano Andrés había escrito el lema que mi padre le había adjudicado a la familia en una de sus maderas. En muchas ocasiones mi padre pronunciaba nuestro apellido y el primero que respondiese con un ¡Siempre Unidos! se ganaba un beso y algún regalo a cuenta. 

         Aquel que había crecido entre siete hermanos sabía muy bien del significado de la familia. También sabía muy bien lo que dolía enterrar a un hermano (una hermana suya falleció cuando niña) y fue cosa que siempre nos lo advertía como uno de los dolores más intensos que pudieran sentirse. Lamentablemente pudimos luego saber que tenía razón.

         Siempre Unidos era un mensaje que quiso tomáramos como consigna. Que la familia no se elige y que tan sólo se acepta, que a la distancia uno sabría que siempre el familiar, el de tu sangre, revelaría un valor diferente. Así recuerdo visitas que nos hiciera por Europa e insistía en que nos mantuviéramos unidos.

         En mis visitas a La Argentina fui reencontrándome con tíos y primos que hacía mucho que no veía. Especialmente para quien vive a miles de kilómetros y que ha cambiado su realidad diaria por una completamente distinta, volver a verse en los ojos de un familiar es una experiencia vívida y especial. Tal vez porque todos sabíamos lo que se avecinaba era que el acercamiento se hacía más intenso, más genuino. Ya no éramos los que nos encontrábamos para celebrar la rutina de algún cumpleaños, sino que nos abrazábamos reconociéndonos en el otro, y reconociendo que ese otro, mi padre, llevaba nuestra misma sangre.          

Pude charlar con mis tíos, compartir momentos con ellos, y sentir la hermandad de muchos de mis primos como no creía que ya sucedería con el transcurso del tiempo y sin que supiéramos nada uno del otro. Ese padre, ese tío, ese hermano, había unido a la familia, algo que quiso hacer siempre.

Fragmento Artesano de la vida

Poetas de Buenos Ayres

Por Tin Bojanić, en Tierras de Adrogué, MMXI

Es una ciudad literaria. Tiene muchísimos rincones de poesía. Por sus calles se pueden encontrar, tal vez, a todos los grandes personajes de la literatura universal. Los héroes, los villanos, los monstruos, las mujeres fatales, los desgraciados. Todos. En Buenos Ayres están todos. Por eso, no es raro en particular, que también quieran venir quienes no son de aquí. Que haya algunos que decidan probar la suerte de los nacidos en la orilla sur del Río de la Plata, o que quieran momentáneamente hacer carnes aquellos misterios y enigmas que por acá deambulan por la noche y que caminan por el día. Sean estos anzuelos entes con fisonomía humana, o sean estos ejemplos de cuestiones aún más extrañas, aquel elixir de surrealismo y ensueño: lo que inspira a la literatura.

         Es 1933. Se encuentran en la ciudad el poeta andaluz Federico García Lorca y el poeta chileno Pablo Neruda. Y podría terminar el relato aquí mismo. Porque basta tener una inexplorada imaginación para crear el sinfín y sinnúmero de escenas mágico-teatrales que pudieran ocurrir entre ellos dos en la mencionada urbe. Que, bien basta con generar preguntas que andar respondiendo todo el tiempo (aún cuando nadie lo ha pedido y perdón por ello). Pero, sí, proseguiré con este asunto. Y será especial porque fuera del escenario, cuando dos poetas se encuentran, es festival de amistad, y de amistad con la poesía.

         Para un evento cultural se citó a ambos poetas en un salón para rendirles una recepción especial. Allí, ellos, se encontraron horas antes como excusa para verse, y con motivo de intentar devolver en cierto modo la gentileza que se les venía encima. Se sentaron en la barra de la confitería del lugar, y ante un mozo que parecía estar preparado para servir sin molestar, o que no entendía bien quiénes eran aquellos dos…

Pablo – ¡Federico! ¡Querido mío! Recibe este abrazo y este beso.

Federico – ¡Ese es mi chileno, mío! Y es también mi poesía la que te abraza, la que ya te abrazó anteriormente y nunca te ha soltado…

Pablo –  Qué bello encontrarte aquí entre tanto Buenos Ayres… ¿Vino?

Federico – Sí, claro.

Pablo – ¿Por qué brindamos?

Federico – Por nosotros, aún más claro.

Pablo – Recuerdo que habías venido por poco tiempo y terminaste enamorándote de esta ciudad.

Federico – Hay ciudades que un poeta debe conocer. No es posible llamarse a sí mismo poeta y no haber conocido esta ciudad, no haber desembarcado en New York, o no saber cómo es la noche en La Habana. ¿Acaso no te sentías algo incompleto antes de haber ido por primera vez a Madrid?

Pablo – Me siento incompleto ahora que no estoy allá. Sólo por cierto excentricismo y por ojos curiosos estamos mejor por estos días en Buenos Ayres.

Federico – Pero por ansias sabemos que pronto habrá que estar en España.

Pablo – Y allí estarán todos los poetas que defiendan a la lengua castellana no sólo de palabra y por su belleza, sino también por su acción y por lo que dice y dirá incansable…

Federico – Porque es más bella la palabra que dice el pueblo que canta una vida nueva…

Pablo – Que fea es la palabra de aquellos que quieren quitarnos el poema de la boca como si nos quitaran el pan del corazón.

Federico – Radicales les gritan a los que quieren aplastar como títeres a los intelectuales.

Pablo – Y no saben que mayor radicalismo y convicción hay en quien se arma y protege en poesía.  

Federico – ¡Sí, viva la poesía!

El camarero pareció despertarse del desinterés que le causaban esos dos extranjeros que gritaban la palabra poesía. Lo cierto es que le produjo algo de miedo sentir que aquellos dos no eran hombres comunes. E intentando indagar un poco lo que sucedía, se les acercó para ofrecerles otra copa, y que invitaba la casa. Que mal sería si no se les calmara la euforia que les causaba tanto escándalo (según él) y que podría traer problemas precisamente el día en que le habían dicho vendrían dos personalidades para que se les brindara un homenaje.

Mozo – Disculpen, caballeros, ¿les ofrezco otra copa? Oí hablarles de los radicales y de la poesía, ¿me podrían decir qué tiene eso que ver lo uno con lo otro?

Federico – Es que somos políticos y sólo hablamos de una sola cosa hasta no aburrirnos jamás y en servicio del pueblo: de poesía.

Mozo – ¿No era de política de lo que hablaban?

Pablo – Es que somos poetas y sólo hablamos de una sola cosa hasta no aburrirnos jamás: de política.

Mozo – Bueno, no tienen por qué burlarse de mí que les estoy dando una copa e invita la casa. 

Federico – Se agradece.

Pablo – A tu salud, compañero.

Ambos tomaron un sorbo mirándose a los ojos mientras se sentían como si hubiesen cometido una picardía al igual que cuando eran niños. Y sonrieron. Pablo le dio a Federico un cachetazo de esos afectivos como el que le da un padre al hijo para corroborar que está bien, o como quien quiere comprobar que ese que está en frente está de verdad allí, que a los poetas, muchas veces, se les hace dudar lo que es real y lo que es fantasía.


Federido – ¿Qué diremos en ocasión de la recepción que se nos brinda?

Pablo –  Yo no puedo escribir unas líneas en tu nombre, no lo haría bien.

Federico – Y yo, tal vez, podría escribir todo un teatro con tus versos. ¡Pero qué incomodidad! ¿Verdad? Si no necesitamos hacerlo delante de nadie y parecerá un espectáculo obsceno de poesía.

Pablo – Absolutamente. Entonces hagamos otra cosa.

Federico – Sí, nos vamos a recorrer la noche porteña…

Pablo – No, digo que hagamos otra cosa como función y en función de quienes vendrán. 

Federico – Por supuesto. Les recitamos poesía de Chile y de La Argentina.

Pablo – Y de España también.

Federico – ¡Ay, que yo quisiera incluir a toda Latinoamérica!

Pablo – Hagamos eso entonces. Rindámosle tributo a la poesía hispanoamericana. Que se sientan aludidos todos los poetas sin que estemos nosotros en ello. 

Federico – O sintiéndonos en ellos tan sólo por ser poetas sin importar que tú te llames Pablo o que yo sea Federico.

Pablo – Estamos en Buenos Ayres y es el año 1933.

Federico – Es como si yo dijera España y es 1936.

Pablo – Me dice poco y nada tal como si yo dijera Santiago y es 1973.

Federico – Basta con eso… Pero como buena fuente de la poesía es la melancolía…

Pablo – Nos iremos al pasado para que quede mejor. 

Federico –  Honremos entonces… ¡a Rubén! ¡A Rubén!

Pablo – ¡Darío!

A Rubén Darío, por García Lorca y Neruda

(texto original)

Neruda- Señoras…

Lorca- y señores: Existe en la fiesta de los toros una suerte llamada “toreo del alimón”, en que dos toreros hurtan su cuerpo al toro cogidos de la misma capa.

Neruda-  Federico y yo, amarrados por un alambre eléctrico, vamos a parear y a responder esta recepción muy decisiva.

Lorca-  Es costumbre en estas reuniones que los poetas muestren su palabra viva, plata o madera, y saluden con su voz propia a sus compañeros y amigos.

Neruda-  Pero nosotros vamos a establecer entre vosotros, un muerto, un comensal viudo, oscuro en las tinieblas de una muerte más grande que otras muertes, viudo de la vida, de quien fuera en su hora marido deslumbrante, nos vamos a esconder bajo su sombra ardiendo, vamos a repetir su nombre hasta que su poder salte del olvido.

Lorca-  Nosotros vamos, después de enviar nuestro abrazo con ternura de pingüino al delicado poeta Amado Villar, vamos a lanzar un gran nombre sobre el mantel, en la seguridad de que se han de romper las copas, han de saltar los tenedores, buscando el ojo que ellos ansían; y un golpe de mar ha de manchar los manteles. Nosotros vamos a nombrar al poeta de América y España: Rubén…

Neruda-  Darío. Señores…

Lorca-  y señoras…

Neruda-  ¿Dónde está, en Buenos Aires, la plaza de Rubén Darío?

Lorca-  ¿Dónde está la estatua de Rubén Darío?

Neruda-  Él amaba los parques. ¿Dónde está el parque Rubén Darío?

Lorca-  ¿Dónde está la tienda de rosas de Rubén Darío?

Neruda- ¿Dónde está el manzano y las manzanas de Rubén Darío?

Lorca-  ¿Dónde está la mano cortada de Rubén Darío?

Neruda-  ¿Dónde está el aceite, la resina, el cisne de Rubén Darío?

Lorca-  Rubén Darío duerme en su “Nicaragua natal” bajo su espantoso león de marmolina, como esos leones que los ricos ponen en los portales de sus casas.

Neruda-  Un león de botica al fundador de leones, un león sin estrellas a quien dedicaba estrellas.

Lorca-  Dio el rumor de la selva con un adjetivo, y como fray Luis de Granada, jefe de idiomas, hizo signos estelares con el limón, y la pata de ciervo, y los moluscos llenos de terror e infinito: nos puso al mar con fragatas y sombras en las niñas de nuestros ojos y construyó un enorme paseo de gin sobre la tarde más gris que ha tenido el cielo, y saludó de tú a tú el ábrego oscuro, todo pecho, como un poeta romántico, y puso la mano sobre el capitel corintio con una duda irónica y triste de todas las épocas.

Neruda-  Merece su nombre rojo recordarlo en sus direcciones esenciales con sus terribles dolores del corazón, su incertidumbre incandescente, su descenso a los espirales del infierno, su subida a los castillos de la fama, sus atributos de poeta grande, desde entonces y para siempre e imprescindible.

Lorca-  Como poeta español enseñó en España a los viejos maestros y a los niños, con un sentido de universalidad y de generosidad que hace falta en los poetas actuales. Enseñó a Valle Inclán y a Juan Ramón Jiménez, y a los hermanos Machado, y su voz fue agua y salitre, en el surco del venerable idioma. Desde Rodrigo Caro a los Argensolas o don Juan Arguijo no había tenido el español fiestas de palabras, choques de consonantes, luces y forma como en Rubén Darío. Desde el paisaje de Velázquez y la hoguera de Goya y desde la melancolía de Quevedo al culto color manzana de las payesas mallorquinas, Darío paseó la tierra de España como su propia tierra.

Neruda-  Lo trajo a Chile una marea, el mar caliente del Norte, y lo dejó allí el mar, abandonado en costa dura y dentada, y el océano lo golpeaba con espumas y campanas, y el viento negro de Valparaíso lo llenaba de sal sonora. Hagamos esta noche su estatua con el aire atravesada por el humo y la voz y por las circunstancias, y por la vida, como ésta su poética magnífica, atravesada por sueños y sonidos.

Lorca-  Pero sobre esta estatua de aire yo quiero poner su sangre como un ramo de coral agitado por la marea, sus nervios idénticos a la fotografía de un grupo de rayos, su cabeza de minotauro, donde la nieve gongorina es pintada por un vuelo de colibríes, sus ojos vagos y ausentes de millonario de lágrimas, y también sus defectos. Las estanterías comidas ya por los jaramagos, donde suenan vacíos de flauta, las botellas de coñac de su dramática embriaguez, y su mal gusto encantador, y sus ripios descarados que llenan de humanidad la muchedumbre de sus versos. Fuera de normas, formas y espuelas queda en pie la fecunda substancia de su gran poesía.

Neruda-  Federico García Lorca, español, y yo, chileno, declinamos la responsabilidad de esta noche de camaradas, hacia esa gran sombra que cantó más altamente que nosotros, y saludó con voz inusitada a la tierra argentina que posamos.

Lorca-  Pablo Neruda, chileno, y yo, español, coincidimos en el idioma y en el gran poeta nicaragüense, argentino, chileno y español, Rubén Darío.

Neruda y Lorca: en cuyo homenaje y gloria levantamos nuestro vaso.

Buenos Ayres, 1933

Federico García Lorca y Pablo Neruda

“Para los lingüistas en la palabra amor se encuentran dos vocales y dos consonantes, el poeta allí mismo encuentra a la vida”