De príncipes y reyes

Gracias al queridísimo escritor Christian Masello he recuperado estas dos entrevistas que él me hiciera, las cuales sirvieron de excusa para crear una amistad. Y qué tesoro es descubrir el haber despertado interés en un hombre de letras que uno admira.

Las Cicatrices de la Muerte

Corría el año 1978 en las Tierras de Adrogué. Aún no había cumplido un año de existencia fuera del refugio de mi madre. El mundo era apenas cosquilleo y sombras extrañas. Todas las emociones que hoy parecen triviales en ese entonces eran tremendas aventuras a las profundidades de lo desconocido. El miedo era siempre la primera experiencia. Cada día que me despertaba parecía que volviera a nacer. Pocas cosas recordaba del día de ayer y lloraba con la misma desesperación que la primera vez, con la misma angustia y desconcierto. 

         Mis días transcurrían reconociendo olores y voces. Practicaba el vértigo cuando arriesgaban mi vida pasándome de unos brazos poco conocidos a otros completamente desconocidos. Creo que en eso se basaban mis pesadillas de aquellos días, por el miedo a caer o que nadie se quedara finalmente conmigo.

         Puedo imaginar la sorpresa de verme en un planeta desconocido. ¿Quién me había enviado? ¿De dónde venía? ¿A qué había venido? Seguramente no utilicé esas palabras por desconocerlas, pero estoy seguro que si la razón y su inteligencia es la misma durante toda la vida debo haberme cuestionado desde ese día estos planteos, los mismos que continuaré reflexionando hasta el final de mi existencia. 

         Allí aparecieron mis primeras sonrisas, ninguna de ellas forzada, libres y sin falsía. En ese tiempo empecé a registrar las vivencias en las que me involucraba. Porque todo transcurría a mí alrededor. No sabía qué otras cosas sucedían a mayor distancia. Mi observación se limitaba a mi entorno y a lo que a mí me pasaba.        

         Un día las cosas cambiaron. Con la señora que más tiempo estaba conmigo, que tras investigaciones concluí era mi madre, y un hombre muy chiquito, que con el tiempo deduje era mi hermano Alejandro, nos metimos en una habitación fuera del lugar donde dormíamos y tras unos ruidos espantosos nos movimos alejándonos de nuestro punto de partida. Definitivamente eso debía ser un coche. 

Yo estaba mojado y no era culpa mía. Mi madre y hermano también tenían agua encima. Imitaba sus movimientos para secarme, estaba entrambos mirándolos a izquierda y derecha. Pero lo sorprendente fue que si bien veía caer agua como bebés de brazos temblorosos, en la habitación que se movía, a nosotros no nos afectaba.

         No sé bien a dónde nos dirigíamos. Recuerdo que a los breves instantes registrados el coche empezó a temblar, como de frío. Estaríamos ya transitando el empedrado de la calle Nother de mis Tierras de Adrogué.

         De pronto sentí el mayor de los sustos. Un ser mucho más alto que mi papá, y de forma extraña, nos golpeó con toda su fuerza metiéndose en el coche y empujándome hacia el fondo del mismo. El ruido que hizo fue tremendo y no escuché más las voces de mi madre y de mi hermano. Los veía gritar, pero yo no les escuchaba. El agua que recorría mi cuerpo ahora era roja intensa y no me acariciaba, me dolía donde había. Luego escuché que el ser que me había lastimado se llamaba Poste de Luz.

         Yo era el único que tenía el agua roja encima. Pero la desesperación era mayor en quienes distinguía confusamente, porque sin darme cuenta me dormía por momentos en el más profundo sueño. Esos eran los descansos de mi dolor. 

         Mi madre me tomó en brazos y mi hermano la siguió en su carrera al hospital. Eran tiempos turbulentos en la vida política de La Argentina y nadie entendía lo que sucedía. No era conveniente para los demás involucrarse en una historia que sentían ajena. El no meterse en los problemas que afectaban a los demás engendró esa enfermedad que invadió gran parte del cuerpo de la sociedad que fue la indiferencia.

         Al llegar al hospital, empujados por la desesperación, manos blancas se me acercaban para luego alejarse bañadas en mi sangre. Todo mi mundo eran formas blancas y de color rojo, de una conciencia asustada y de un sueño profundo que sentía me arrastraba lejos de allí. No sé bien cuánto tiempo estuve entre los esfuerzos de esos que intentaban siguiera despierto y esa otra fuerza que acechaba mi débil aliento. No estaba preparado para luchar por la vida si no sabía qué era la vida. 

         Entonces, aunque tan pequeño, viví una experiencia que marcaría no sólo mi rostro con heridas, sino también mi inconsciente con el certero encuentro, el primero, con la muerte. Tendríamos muchas más citas luego.

Por alguna razón el destino quiso que aún no me fuera. Alguien había decidido que me quedara. Gracias al esfuerzo de los médicos y una bendición que trascendía las circunstancias normales fui recuperando las fuerzas. Ya no tenía que preocuparme por los riesgos de caerme que pudieron haber sido los protagonistas de mis primeras pesadillas: había vencido a la muerte… o ésta me daba más tiempo. ¿A qué otra cosa le tendría miedo tras superar esa contienda?

         Volví a ese mundo que poco conocía pero donde tanta gente se había preocupado para que continuase junto a ellos. Debía haber una causa oculta que debería develar con el tiempo. Si alguien más poderoso que la muerte había resuelto que yo la venciera respondía a un plan misterioso que mi vida entera, quizá, develaría.

La historia de mis ojos

“La censura es un poder otorgado por la fuerza del miedo, o intereses mezquinos, que le entrega el periodismo -y el pensamiento popular- a quien gobierna”.

Ensueño del surrealismo

A Luis Eduardo Aute

La Poética cansada por no ser comprendida

dejó el ámbito ideal altivo y lejano

para transformarse en el hombre más cercano

al concepto preciso con el que soñaba largas noches afligida. 

Ahora pinta con su propia mano a la imaginación

atreviéndose en el ocaso a vislumbrar el sol

cortejando los deseos de locura que hasta hoy

yacían débiles sin la obra de su inspiración.

Ahora escribe ella misma los ausentes versos

que sin su luz no habría quien los viera

liberando a la poesía de la prisión y la ceguera

devolviéndole al mundo el romanticismo de los besos.

Ahora canta la pasión por la belleza

la voz del hombre que ha sido elegido

para conmover al corazón que se ha rendido

a continuar la lucha por más cruel que se parezca.

La Poética bien puede regresar a su resguardo

porque lo ideal ya no dista de lo terrenal

debido a la obra de un hombre o deidad

¡me refiero al artista Luis Eduardo!

Príncipe de Albanta

Prólogo de Luis Eduardo Aute

Qué arriesgada y difícil tarea la de escribir unas palabras, aunque sean pocas, sobre un trabajo literario que le tiene y contiene a uno mismo como texto y pretexto.

         Por pudor y consciente del riesgo, sólo me siento capaz de agradecer muy hondamente a Agustín Elías, Príncipe de Albanta, el bellísimo regalo que con tanta benevolencia y generosidad me dedica a través de esta entrevista imaginaria tan mágica como hiperrealista, entendiendo el realismo radical como un maravilloso espejo, como una reflexión evidente de lo fantástico.

         Asediado el Príncipe por las dudas hamletianas que lo sitúan entre “la impotencia en la tristeza y la sonrisa en la felicidad” decide recorrer, recorriéndome, otros laberintos que pudieran transportarle a los umbrales de la dudosa luz de “la verdad”.

         Qué carga de responsabilidad la que me echa encima al ser utilizado (en el mejor sentido de la palabra) como referente y guía en esa tan terrible como apasionante andadura que es la experiencia y el milagro de vivir. Qué puedo decir sino manifestar el tremendo vértigo que se siente en estos casos cuando uno tiene la clara consciencia de que sólo puede arrojar más oscuridad, si cabe, a la ausencia de luz.

         Así es, mi muy querido Agustín, y además es la pura verdad. ¿No la andabas buscando? pues ahí la tienes: está claro que donde no hay luz, hay oscuridad… ¿Verdad? ¿O será al revés?

         Aunque también, Príncipe amigo, existen los sueños como sabes. Y son tan verdad como la mentira misma; sólo que en los sueños, fíjate bien, nunca nadie miente, todos siempre hablan de verdad y en verdad. Como sucede en Albanta, allí donde tú y yo decimos…

         Gracias, Agustín, por despertarme de la realidad para hacerme caer en el sueño más real: el de la imagiNación, en ese Reino real sin realeza de nobleza sin nobles, en esa Matria de los sin-Patria que es nuestra Albanta.

         Un fuerte abrazo albantés de tu rey “NO”,

Madrid 2002 

         Luis Eduardo Aute