La noche de London es el atardecer. Acostumbrado a los horarios latinos siempre llegaba tarde a todos lados. Anoche decidí estar temprano para no perderme los bares típicos ingleses. 

Recorrí algunos y las chicas se encantaban con mis botas y mi inseparable habano. Les resultaba gracioso mi personaje y a mí me gustaba que ellas adivinaran de dónde era. Nunca acertaban y cuando les develaba la verdad no sabían dónde quedaba La Argentina. Su defensa consistía en desestimar el resto del mundo porque solamente obtendrían provecho conociéndolo si fueran a un concurso de preguntas y respuestas.

De boliche en boliche terminé en el barrio chino. Hablé con una portera de un club nocturno que me dijo que allí necesitaban a un animador. Me permitió pasar sin pagar la entrada para ir a conversar con el dueño sobre el asunto. Para ello debía descender una interminable escalerilla poco iluminada. Miré a la mujer y me dije a mí mismo ¿Por qué no? 

El lugar era irreal. La gente que concurría era de lo más extraña y satisfacía sus más delirantes deseos sibaritas. Había alcohol, drogas, prostitutas, mesas de juego. Luces de muchos colores acompañaban un ritmo musical muy extraño que parecía una danza africana que invocaba a los espíritus, a los malos. 

Me quedé sorprendido observando aquella rareza hasta que tres hombres vinieron a saludarme. El del medio, que estaba siendo escoltado por los otros dos, me pidió la invitación para permanecer ahí dentro. Le intenté explicar que yo había ingresado por un trabajo y que la portera me dijo que podría hablar con el dueño al respecto, contestándome que el dueño no me iba a recibir y que debía pagar por estar allí sin invitación. Le dije al payaso de ese circo que no tenía dinero y que por ello me encontraba buscando un empleo. 

Pareció no oírme y me reclamó el pago de una cifra inmensa de dinero a la cual respondí diciéndole que dudaba si un político argentino tendría tanto en el bolsillo en una ocasión cualquiera. Furioso me acercó un teléfono y me pidió que me comunicase con algún conocido para lograr reunir el dinero. Los matones me tomaron de los brazos y me sacaron lo poco que llevaba encima. Cínicamente hicieron la cuenta para luego decirme cuánto restaba entregarles.   

Viendo irreversible la decisión de ellos de retenerme hasta ofrecerles más dinero, y contraria a mi decisión de irme cuanto antes de ese psiquiátrico, sorprendí a los monigotes y corrí hacia la puerta. Subía esa maldita escalerilla lo más rápido que podía resbalando con mis botas. Al mirar atrás vi que los dos matones enfurecidos subían detrás de mí. 

Logré llegar hasta donde estaba la portera y la empujé apartándola de mi camino. Alcancé la primera esquina y no podía creer que todavía estaban persiguiéndome. Decidí correr en dirección al Palacio de Buckingham donde estaba seguro habría muchos policías. Mi velocidad era muy buena pero la de las bestias no aflojaba y por momentos creía que me alcanzaban. 

La persecución se extendió por varias calles hasta que finalmente llegué a los jardines del palacio donde salté una pequeña reja que ellos también sortearon con facilidad. Corrí incursionándome cada vez más en los jardines y trepé una segunda reja más alta que la primera para caer desarticulado del otro lado. Me escondí tras unos árboles para descansar y recuperar el oxígeno. Ya no veía a mis cazadores. Miré a mí alrededor buscando un lugar distinto por el cual había ingresado para poder salir de allí. 

Me sorprendió en ese instante una voz muy clara y decidida que pidió me quedara quieto y que lentamente me voltease. Obedecí volteándome suavemente y me encontré con dos policías enfrente de mí y un tercero que hablaba por radio más atrás.

Revisaron si estaba armado y me preguntaron qué estaba haciendo en esa zona de restricción absoluta de los jardines del Palacio de Buckingham corriendo desesperadamente. Les expliqué que estaba huyendo de unos ladrones, y felizmente al comprobarse que no tenía ningún elemento peligroso, me creyeron. 

El hombre del radio se acercó al grupo y me dijo que toda mi carrera por los jardines fue seguida por la mira de un rifle que no recibió la confirmación de disparar porque era muy extraña mi conducta de mirar constantemente hacia atrás y no poseer ningún objeto extraño. Pedí que le enviaran saludos a ese hombre. 

Mientras me escoltaban orientándome a la salida de los jardines pensaba que estuve cerca de cruzarme a la reina o cualquier funcionario imperialista para exigirle que devolviesen todos los territorios usurpados. Les dije a los policías que si podían hacerme un favor y le dijeran a la reina que me devolviera las Malvinas. Porque de no hacerlo un día muchos como yo, sedientos de justicia, vendrían hasta aquí y quien correría en esa ocasión sería ella y solamente con el oro que pudiera sostener con sus manos delictivas.

Volví a mi hotel y decidí irme de Inglaterra. 

Como no se me permite vía aérea debido al costo pienso en ir hasta París y desde allí cruzar el Atlántico para abastecerme de dinero en Estados Unidos. No tengo el suficiente respaldo como para seguir soportando el precio europeo. En otra ocasión regresaré. De todos modos, en este lugar, ¿Quién me extrañaría?   

(Bar del centro de la ciudad)

La vida es poesía 2001

Diario de viaje de un poeta

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