El aleteo del alma

De lo mundano a lo celestial

A mi padre

Por tener que consentir a un hijo 

Que sólo intenta poder honrarlo 

Ennobleciendo el apellido con las letras.

A todos los hombres de todos los tiempos

Que extendieron las alas de la razón

Para volar hacia la sabiduría.

“El hombre no es principio ni fin,

creo que es continuidad”.

Adentrándose

En un mundo donde lo predominante es el dinero y sus sistemas de obtención y administración, yo me he ocupado de observar al hombre por lo que es,  y no por lo que tiene o puede llegar a poseer materialmente. 

            El ser humano es un ser que participa de una creación divina y por ello no puede desentenderse de las razones y causas en las que se encuentra involucrado desde su nacimiento. Negar las condiciones distinguibles que posee el hombre con respecto a toda la naturaleza es absolutamente necio por la falta de sabiduría, cobarde por la falta de atrevimiento a ver más allá de la apariencia, y mediocre por no querer superarse a sí mismo intentando extraer a la luz lo mejor de su esencia.

            Todos los hombres nacen iguales, no hay religiones, leyes, razas, que puedan engrandecer algunos y empequeñecer a otros. Cada uno avanza o asciende según la fuerza y pureza de su corazón. No hay límites para quienes escuchan sus nobles latidos que jamás podrán ser equivocados o malignos. 

            De esta manera creo que los hombres se diferencian entre sí por el nivel de vuelo que hayan alcanzado durante sus vidas entendiendo que su destino es el Cielo. Solamente los desgraciados de espíritu no extenderán sus alas y no volarán. 

            Así me he atrevido a idear un camino de ascenso hacia los aires que va desprendiéndose de lo mundano para alcanzar lo celestial. Esto no es una estructura cerrada ni obedece a un dogma certero, sencillamente es una apreciación poética de la liberación del alma, encerrada en el cuerpo, en el transcurso de la vida a la muerte. A ella van dirigidas estas palabras, al alma mía, para clarificar un poco mis ideas, y quizá debatir con otras de cuerpos ajenos para alcanzar la liberación de todas. 

            No puede ni debe haber un sueño mayor que tenga la vida en la muerte que el de conseguir el ascenso del alma.

Tierras de Adrogué, 2001

El aleteo del alma

“Pocas cosas son en la realidad como uno quisiera, pero al aceptarlas tal como son y suceden, uno puede luego acomodarlas lo más cercano a lo que uno desea”.

“En la política argentina veo que cambian los nombres pero siguen gobernando los mismos hombres”.

¿Será en todas partes?

ASADO ALBANTES

¿Cómo se sale de esto? ¿Qué se puede hacer? Algunos dicen que hay que esperar, prácticamente sin hacer nada, porque las cosas tienden a acomodarse. Otros dicen y proclaman que hay que moverse y generar muchos actos que, en uno de esos, lograremos hallar la salida. Ni quedarse quieto ni saltar y correr al mismo tiempo. Pienso que hay que provocar y esperar, esperar un poco más y volver a provocar. No creo que de la nada surja algo, pero tampoco creo en los resultados mágicos. El tiempo sabe de lo que hablo. Pero hay que hacer, hay que andar, hay que buscar. Hay azar, pero no todos es azar. Hay suerte, pero no siempre es nuestra. Hay esfuerzo, pero no siempre redituable. Hay que andar… ¿Quién llegó temprano?

Agustín – ¿Quién es?

Palote – Policía.

Agustín – ¿Qué delito cometí?

Palote – No lo sé, pero alguno seguramente.

Agustín – ¿Cómo estás?

Palote – Bien, ¿vos? Traje un vino que preparé yo mismo, cosecha Palote, espero que te guste. 

Agustín – Espero que nos guste. Esperamos a que vengan los buitres o nos lo mandamos nosotros dos.

Palote – Como quieras. 

Agustín – Tengo curiosidad. Dame que lo abro. Y acompañame que voy a hacer el fueguito.

Palote – ¿Qué contás? ¿Escribiendo? Yo te traje unos poemas para que después me des tu opinión. También traje algunas fotocopias para repartírselas a tus amigos y que se lleven mi poesía a sus casas.

Agustín – Está muy bien. Me gustó el último poema que me habías enviado por correo. Seguramente lo dejaré en mi página así la enaltecés. Che, brindemos…

Palote – Por la poesía.

Agustín – Seguramente y siempre… Va bien este tintillo, te vamos a contratar como viñedo oficial del Reino de Albanta me parece.

Palote – Me alegro que te guste. Che, me siento que ando cansado, estuve jugando con mi hijo toda la tarde. 

Agustín – ¿Cómo está? Imagino que inmenso, ¿la madre?

Palote – Todos bien, gracias. Aunque me quedé sin laburo. Pero estoy tranquilo porque puedo tirar unos meses y si tengo suerte lo próximo va a ser mejor.

Agustín – ¡Qué quilombo! Yo aún no decidí que voy a hacer. Quiero publicar mi primer libro, ver si se concretan algunas cosas y, sino, volver a salir.

Palote – ¿A vos te parece que afuera te va a ir mejor?

Agustín – No lo sé, pero allá tengo el “puede ser” mientras que acá tengo el “se acabó”. No espero nada mágico. Sólo pretendo sobrevivir para continuar escribiendo. Si ahora, o después, por acá la gente despierta y saca a estos usurpadores, entonces vuelvo.

Palote – Podrías quedarte también para sacarlos vos.

Agustín – Sí, es verdad. Pero no percibo consentimiento. Imagino que si voy a Plaza de Mayo iría solo. La gente puso el pecho y no pasó nada. Me encantaría hacer algo, pero tampoco estoy de ánimos para acciones violentas. Hay que educar, concientizar. Si somos pocos los que vemos la vestimenta delictiva de esta gente, mientras que la mayoría sigue viéndolos como héroes, lo más probable es que nosotros, intentando ayudarles a los sufridos, nos maten confundiéndonos por traidores. 

Palote – La revolución la tiene que hacer cada uno internamente.

Agustín – Sí, claro. 

Palote – Por eso, todos tus dilemas te los vas a llevar al puerto que elijas por destino.

Agustín – Eso lo sé. Pero ahora la premisa es seguir existiendo. Cogito ergo sum. Sin vida no existe el pensamiento ni puedo ser. Por acá, hermano, huelo mucha muerte. Aquellos piqueteros que murieron en Avellaneda no son los últimos. 

Palote – Para peor, estos no se tomaron un helicóptero luego como hicieron los de 2001. 

Agustín – Exacto. Los que murieron en Plaza de Mayo y estos dos que nos quitaron ahora son muertos luchando por lo mismo pero asesinados por dos Sistemas diferentes. Pensá si en democracia se animaron a aquello en aquel diciembre, lo de Avellaneda, por esta gente, es toda una señal de lo que se vendrá. 

Palote – Hay que buscar primero la tranquilidad dentro de uno.

Agustín – Sí, estamos de acuerdo. Yo siempre busque un equilibrio interno, pero ¿qué se hace mientras uno está contemplando el universo cuando se escuchan los gritos de otros como nosotros muriendo por las balas del Sistema?

Palote – Un brindis por todos ellos que murieron luchando por nosotros.

Agustín – Que el trago sea largo para un debido homenaje y que compense su sangre. Llename el vaso…

Los Jardines de Buckingham

La noche de London es el atardecer. Acostumbrado a los horarios latinos siempre llegaba tarde a todos lados. Anoche decidí estar temprano para no perderme los bares típicos ingleses. 

Recorrí algunos y las chicas se encantaban con mis botas y mi inseparable habano. Les resultaba gracioso mi personaje y a mí me gustaba que ellas adivinaran de dónde era. Nunca acertaban y cuando les develaba la verdad no sabían dónde quedaba La Argentina. Su defensa consistía en desestimar el resto del mundo porque solamente obtendrían provecho conociéndolo si fueran a un concurso de preguntas y respuestas.

De boliche en boliche terminé en el barrio chino. Hablé con una portera de un club nocturno que me dijo que allí necesitaban a un animador. Me permitió pasar sin pagar la entrada para ir a conversar con el dueño sobre el asunto. Para ello debía descender una interminable escalerilla poco iluminada. Miré a la mujer y me dije a mí mismo ¿Por qué no? 

El lugar era irreal. La gente que concurría era de lo más extraña y satisfacía sus más delirantes deseos sibaritas. Había alcohol, drogas, prostitutas, mesas de juego. Luces de muchos colores acompañaban un ritmo musical muy extraño que parecía una danza africana que invocaba a los espíritus, a los malos. 

Me quedé sorprendido observando aquella rareza hasta que tres hombres vinieron a saludarme. El del medio, que estaba siendo escoltado por los otros dos, me pidió la invitación para permanecer ahí dentro. Le intenté explicar que yo había ingresado por un trabajo y que la portera me dijo que podría hablar con el dueño al respecto, contestándome que el dueño no me iba a recibir y que debía pagar por estar allí sin invitación. Le dije al payaso de ese circo que no tenía dinero y que por ello me encontraba buscando un empleo. 

Pareció no oírme y me reclamó el pago de una cifra inmensa de dinero a la cual respondí diciéndole que dudaba si un político argentino tendría tanto en el bolsillo en una ocasión cualquiera. Furioso me acercó un teléfono y me pidió que me comunicase con algún conocido para lograr reunir el dinero. Los matones me tomaron de los brazos y me sacaron lo poco que llevaba encima. Cínicamente hicieron la cuenta para luego decirme cuánto restaba entregarles.   

Viendo irreversible la decisión de ellos de retenerme hasta ofrecerles más dinero, y contraria a mi decisión de irme cuanto antes de ese psiquiátrico, sorprendí a los monigotes y corrí hacia la puerta. Subía esa maldita escalerilla lo más rápido que podía resbalando con mis botas. Al mirar atrás vi que los dos matones enfurecidos subían detrás de mí. 

Logré llegar hasta donde estaba la portera y la empujé apartándola de mi camino. Alcancé la primera esquina y no podía creer que todavía estaban persiguiéndome. Decidí correr en dirección al Palacio de Buckingham donde estaba seguro habría muchos policías. Mi velocidad era muy buena pero la de las bestias no aflojaba y por momentos creía que me alcanzaban. 

La persecución se extendió por varias calles hasta que finalmente llegué a los jardines del palacio donde salté una pequeña reja que ellos también sortearon con facilidad. Corrí incursionándome cada vez más en los jardines y trepé una segunda reja más alta que la primera para caer desarticulado del otro lado. Me escondí tras unos árboles para descansar y recuperar el oxígeno. Ya no veía a mis cazadores. Miré a mí alrededor buscando un lugar distinto por el cual había ingresado para poder salir de allí. 

Me sorprendió en ese instante una voz muy clara y decidida que pidió me quedara quieto y que lentamente me voltease. Obedecí volteándome suavemente y me encontré con dos policías enfrente de mí y un tercero que hablaba por radio más atrás.

Revisaron si estaba armado y me preguntaron qué estaba haciendo en esa zona de restricción absoluta de los jardines del Palacio de Buckingham corriendo desesperadamente. Les expliqué que estaba huyendo de unos ladrones, y felizmente al comprobarse que no tenía ningún elemento peligroso, me creyeron. 

El hombre del radio se acercó al grupo y me dijo que toda mi carrera por los jardines fue seguida por la mira de un rifle que no recibió la confirmación de disparar porque era muy extraña mi conducta de mirar constantemente hacia atrás y no poseer ningún objeto extraño. Pedí que le enviaran saludos a ese hombre. 

Mientras me escoltaban orientándome a la salida de los jardines pensaba que estuve cerca de cruzarme a la reina o cualquier funcionario imperialista para exigirle que devolviesen todos los territorios usurpados. Les dije a los policías que si podían hacerme un favor y le dijeran a la reina que me devolviera las Malvinas. Porque de no hacerlo un día muchos como yo, sedientos de justicia, vendrían hasta aquí y quien correría en esa ocasión sería ella y solamente con el oro que pudiera sostener con sus manos delictivas.

Volví a mi hotel y decidí irme de Inglaterra. 

Como no se me permite vía aérea debido al costo pienso en ir hasta París y desde allí cruzar el Atlántico para abastecerme de dinero en Estados Unidos. No tengo el suficiente respaldo como para seguir soportando el precio europeo. En otra ocasión regresaré. De todos modos, en este lugar, ¿Quién me extrañaría?   

(Bar del centro de la ciudad)

La vida es poesía 2001

Diario de viaje de un poeta