Entre el niño que juega a ser Príncipe con sus “Rehenes del tiempo” y el Príncipe que juega a ser niño pidiendo “que nos persiga la luna e ilumine nuestra escena” está él, el poeta con la magia de su lírica, su pureza y su noble estirpe desnudando emociones, elevándose como pluma y permitiéndonos levitar con sus versos. 

         Hay en sus palabras un sentido de permanencia oculto y nuevo, ese aire de cosa cotidiana y sabida que maneja sin proponérselo. Hay en su “piel una intensa pasión de deidades” que dejan que sus poemas adquieran una dimensión sagrada por ser los únicos herederos de esa sangre que los alimentó y, abriendo sus ojos adormecidos bajo las manos amorosas de su creador, las palabras con su lumbre miran con solemnidad para contarnos el cuento de la vida del poeta y la aventura espiritual que las sostiene. 

         Sus versos poseen una pureza adánica, anterior al conocimiento, que los hace cristalinos y de una fragancia sensual, en la fábula de los sentidos: “el placer es la única forma de saberse vivo”. Su Caballero enmascarado por la brisa o la espuma, aparece ansioso en cada uno de sus versos cuando dice: “cabalgaba mi corazón con una destreza inusitada” y se vuelve gota de rocío, pétalo de aurora, presagio de vuelo, tierno latir para atrapar el instante. 

         Es Dionisos descubriendo lo esencial para someternos “a la imaginación de mi lengua escribiendo todos los besos románticos que surjan de su pasión sobre tu piel” con la hondura de su alma, con ese destino inquietante como el océano que nos transportará mágicamente a la noche de los sentidos. Su júbilo por el sabor paradisíaco del mundo es la entrada en la materia del “Cuerpo amante” a su elocuencia y a sus aciagos esplendores entregados a los Gemidos del corazón.
         Sálvese poeta jugando, haciendo pura nada, sálvese Príncipe en Albanta desoyendo el timbre eléctrico del mundo exterior, desnudo de ayer, de hoy, de mañana, fugándose en la gracia de su sensualidad ontológica, sálvese hasta cuando esté “enamorado de ausencias”. Sálvese alejándose de la impura realidad, acunado por los sueños, buscando la sensualidad sin pecado… “nuestras bocas leen los pensamientos de nuestra piel”.

         Un poeta genuino siempre halla pretextos para expresar las más profundas apetencias de su sensibilidad en donde el juego y el sueño constituyen el ser de las cosas. El poeta es la palabra anterior a la palabra, la blancura nupcial de la palabra, porque es el espíritu libre de la poesía, es el deseo de ella, esa amorosa persecución hacia la palabra exacta, esa premonición de palabras que tiene, aunque aún, no hayan llegado a sus labios. 

         Ciertas imágenes representan su indefensión de brizna arrastrada por el viento, su andar ligero, sin raíces, sin gravitación como si eso fuera todo y nada más pudiera ocurrir. Por cierto, nada más ocurre después de leer “lo que yo quiero es conquistar la estela de la estrella y musa seductora que bendice nuestros besos”.  Hay un momento en que la radiante inocencia de su naturaleza bendice y celebra a los demonios del deseo “recorriendo la sensualidad nocturna donde es sonámbulo el amor cortejado por el deseo mío”. 
         Los poetas tienen la edad de los Dioses-Niños y su tierra es siempre un paraíso de sensaciones virginales, trémulas, fugaces. En este libro de poemas nos queda de la belleza carnal, inalcanzable, consistente, en la que vive -como linaje de sus despojos divinos- la vida de sus poemas en donde se ha fijado su alma única, su tiempo inmemorial, lo onírico del deseo y su mítico romanticismo.

Longchamps, 2004

María Cristina Valle

Libro Gemidos del corazón

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